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jueves, 9 de mayo de 2013

Capítulo 6: Mientras Más Grande Sea Tu Gula







Capítulo 6: Mientras Más Grande Sea Tu Gula

Si antes había sentido un ligero mareo, ahora sentía que desfallecía. ¿El Sr. Von Däniken estaba casado? ¿Tenía una esposa que le esperaba con angustia en casa? ¿Tendría hijos? Nunca habría imaginado algo semejante. Él nunca la había mencionado, ¿no la amaba? No se comportaba como un hombre casado, sino como un joven pirata de quince años. A pesar de que podía apostar a que tenía quizás unos dieciocho, lo cual era edad suficiente como para que un hombre estuviese comprometido a una mujer o a una familia.
Pero Sebastián era un criminal. ¿Robaba para alimentar a su esposa e hijos? Tantas preguntas me invadieron mientras el tiempo parecía haberse detenido en el momento idóneo en el que aquel soldado le miraba con ese desprecio mortal.
Súbitamente, el Sr. Von Däniken se movió hacia adelante para dar una estocada experta a su adversario con aquella daga corta que empuñaba. La enterró en medio de sus costillas, incluso pude oír el crujido áspero de los huesos del soldado al quebrarse. Este último, sorprendido, se dejó caer de rodillas debido al dolor.
Los dos soldados restantes se movieron para asaltar a Sebastián. Uno de ellos consiguió hundirle su espada en el hombro, hiriéndolo de gravedad. Como si apenas doliera, él examinó su brazo rápidamente, tocando la sangre, sintiendo la textura de la misma entre su dedo pulgar y el índice.
Sin perder la elegancia peligrosa de sus movimientos, me cogió por la cintura, alzándome para hacerme subir sobre el corcel del hombre que ahora yacía en el césped lamentándose. Algo hizo que cada uno de mis músculos se contrajera, incluso los de mi garganta. Ahora casi no podía respirar.
El Sr. Von Däniken subió al caballo después de mí y empezó a cabalgar a una velocidad tenebrosa. Mi corazón palpitaba en mi boca, mi estómago se había hecho un nudo. Todo lo que podía ver era un paisaje alrededor de mí, distorsionado por la rapidez. Era como mirar a cientos de líneas horizontales avecinándose.
Podía oír la persecución, cada fuerte bufido de los caballos cuando respiraban de forma agitada, sus pesados pasos haciendo temblar la tierra, su rechinar; los gritos impacientes e iracundos de los soldados.
La brisa aporreaba mis ojos, obligándome a cerrarlos cada tantos segundos para evitar que se irritasen. Y, antes de que nos perdiéramos en las fauces salvajes de los bosques, había escuchado una serie de voces que aclamaban mi nombre. Posiblemente eran mis hermanas, junto con los guardias y cocheros del castillo, buscándome. ¿Qué harían si yo no regresaba? ¿Qué sucedería si Sebastián no cumplía con su promesa de traerme de vuelta?
Lo sentí detrás de mí, su masculino cuerpo frotándose contra el mío al constante ritmo del galope, sus brazos envolviéndome de una manera casi protectora. Era fascinante sentirlo u observarlo moverse. Era delirante.
Las palabras "delincuente", "asesino" y "casado" se arremolinaban en mis pensamientos. Eran ecos en mi mente, voces.
Él disminuyó el paso una vez que no hubo rastro aparente de los soldados. Una pequeña aldea se alzaba frente a nosotros en medio del bosque. Había pequeñas cabañas dispersas bajo los árboles, pozos de agua en lo que parecían plazas rurales, humo saliendo de las chimeneas,  senderos de arena delimitando caminos.
Desmontamos el caballo para empezar a andar en silencio, de modo que no interrumpiésemos a aquellos que descansaban pacíficamente en sus hogares.
Una señora anciana estaba de pie a un lado del camino, su piel era verde y su nariz puntiaguda, curvada hacia abajo, adornada con una verruga extravagante. Su cabello era gris ceniza, como alambres escapándose por debajo de su negro sombrero en punta. En su mano derecha había una manzana, en la izquierda, un pañuelo de seda con el que la limpiaba minuciosamente, haciéndola cada vez más roja, brillante y apetitosa. Tal como lo era la sangre para un vampiro.
Ella me descubrió mirando de manera anhelante aquella fruta. Y me la ofreció. Extendí mi mano para cogerla, pero Sebastián se la devolvió.
–¿Tus padres nunca te enseñaron a no aceptar dulces de extraños o manzanas de ancianas espantosas? –me riñó en voz baja–. Camina, Blancanieves.
Advertí el cuero roto de su chaqueta, a través de esa abertura se derramaba un oscuro líquido rojo que le humedecía la piel.
–Está sangrando profusamente, Sr. Von Däniken. ¿Cree que podamos hallar un médico en este sitio?
–Luciana –comenzó en tono aburrido–. Soy un asesino, ladrón, que te ha traído a este lugar sin tu autorización. ¿Y tú te preocupas por mi salud? Debes estar demente.
Tragué ante ese comentario. Era mucho más aterrador que él mismo admitiera sus pecados. Cambié de tema.
–¿Dónde está su esposa, Sr. Von Däniken?
Él me miró con el ceño fruncido.
–¿Qué te importa?
Me mantuve admirando la rudeza de esa mirada rutilante. Estaba perdida en un lugar al borde del abismo, entre el gélido color plateado de sus pupilas y el fuego violeta que ardía sobre mí. Había algo irracionalmente sensual en su expresión vehemente, en su semblante hosco.
Era tentadora e inverosímil la idea de irritarlo para que mantuviera su ceño fruncido, sus provocativos labios apretados y sus intensos ojos entrecerrados. Le sonreí, desafiándolo. A pesar de que sabía que no iba a gustarle.
Su ceño se hizo más profundo.
Temblé. Tal vez por miedo, o tal vez porque su sensualidad era demasiado excesiva para que mi delgado cuerpo la soportara. Me inclinaba a pensar que eran ambas cosas. Mis huesos parecían debilitarse con su sola presencia.
–¿Tiene usted hijos? –dije en tono curioso.
Sebastián puso los ojos en blanco.
–Por el amor de Dios, no. Tengo dieciocho años.
Apresuré el paso para aproximarme hacia un pequeño ciervo que se ocultaba tras los arbustos. Toqué con suavidad su hocico antes de que pudiera marcharse. El animal pareció tiritar de miedo, hasta que mis caricias terminaron relajando sus músculos.
La mirada de Sebastián me quemaba en la espalda.
–¿Qué haces? –gruñó.
Froté mi mejilla contra la del animal.
–¿No es hermoso?
Los ojos de Sebastián ahora eran grandes y curiosos.
–Oh –soltó–. Ya entiendo, eres de esas princesas que besan sapos en busca de un príncipe.
Ignoré la acidez de ese comentario y me despedí del ciervo para dejarlo regresar con su madre. Desde que era una niña, había sido apasionada por la naturaleza. Podía tumbarme durante horas a la sombra de un árbol, leyendo poesía y jugueteando con las mariposas o pájaros.
–¿Para qué me ha traído aquí, Sr. Von Däniken? –demandé después de volverme para mirarlo.
–Adivina, pitonisa.
–Si mis predicciones son acertadas –di golpecitos a mi barbilla con dos de mis dedos–, me has secuestrado para cortar mi garganta y lanzar mi cuerpo en algún arrollo.
Durante un segundo Sebastián pareció sorprendido por mi comentario. Hasta que su expresión volvió a ser estoica y sus ojos herméticos.
–¿De verdad piensas que soy capaz de eso? –se mostró ofendido. Me encogí de hombros–. Me sorprende que seas tan inteligente –cuando dio un paso adelante, yo di otro hacia atrás simultáneamente–. ¿Estás asustada?
–Eso depende –admití.
–¿De qué depende?
Caminó más cerca de mí, acorralándome.
–¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Qué quieres? ¿Qué eres?
Él puso un dedo bajo mi barbilla, levantando ligeramente mi rostro.
–Un secreto a la vez, ¿no es así?
Su dedo recorrió la línea de mi mandíbula, tan suave y lentamente que su tacto me torturaba. Me escaldaba, me ardía.
–Eres un bárbaro, Sebastián, ¿de dónde vienes? ¿Naciste en las tierras de Somersault?
Lo escuché hacer un sonido de satisfacción.
–Nací y me crié en New York. Ahora vivo en Somersault. Nunca he visto una luna más hermosa que la de aquella ciudad. Y, a pesar de que siempre es de noche, la oscuridad nunca me fatiga.
Me quedé perpleja debido a sus declaraciones. Acababa de confesarme sus sentimientos. Sus pensamientos. Aquellos que evocaba cuando estaba a solas en sus momentos de reflexión.
–Etruria es una tierra hermosa –me defendí–. Las horas que paso sumergida en el lago no tendrían sentido sin este cálido sol que hace a los días naranja y calienta mi piel del agua fría. Y, por más que deteste admitirlo, la luna de los mortales es la más bonita. Siempre tiene secretos guardados que comienza a revelar cuando uno le recita poesía o le canta una canción.
Sebastián hizo descender dos dedos hacia el hueco de mi clavícula desnuda, trazando líneas invisibles sobre mi piel. Mis rodillas flaquearon ante la debilidad que me provocaba. ¿Por qué me sucedía algo así? ¿Por qué no tenía el control sobre mi cuerpo.
–Al anochecer, quiero que me demuestres tu punto. También quiero descubrir los enigmas de tu adorada luna –me propuso Von Däniken.
Cuando sus dedos comenzaron a trazar círculos sobre el hueso de mi clavícula, creí que me desmayaría a causa de un inaceptable placer que me invadía. Las puntas de sus dedos, que antes escasamente me rozaban, ahora comenzaban a presionar con ligereza. Sentí que mis pechos se endurecían en una oleada tórrida de fuego.
¿Qué estaba pasándome? ¿Qué estaba haciéndome? ¿Hechizándome?
–Aunque la luna sea hermosa –murmuré en voz baja–, si he de adorar a un astro, ése sería el sol.
Al igual que un mago, Sebastián estaba utilizando sus ilusiones y distracciones para robar mis joyas. Sus trucos estaban funcionando. Sabía que sus manos trabajaban en quitarme el collar con gemas que colgaba de mi cuello, pero no iba a detenerlo.
–He escuchado... –Sebastián musitó cerca de mi oído–, que aquellos que vuelan cerca del sol, se queman. ¿No temes a que se derritan tus alas?
La cadencia de su voz casi arranca un gemido de mi boca.
–Alas no tengo, porque no soy un ángel. No temo perder lo que no poseo, como comprenderás. En este momento, temo mucho más a tus hechizos, capaces de robar mi voluntad.
–Tus acusaciones son falsas –se defendió–. No poseo hechizos, porque no soy hechicero.
–Si no eres hechicero, ¿qué eres?
–Oh, no. Deja de hacer preguntas cuyas respuestas no desearás oír –con sus dedos, hizo que mi rostro girara ligeramente–. Mira eso, pitonisa.
Observé una cabaña en la distancia, era pintoresca y grande, repleta de esplendorosos colores. Estaba hecha con esos dulces del mundo mortal. Había grandes bastones de caramelo con espirales de color blanco y rojo a cada lado de la puerta, había ventanas con alfeizar hecho de galletas de jengibre, simulando madera. Había una gran puerta marrón con una textura suave y brillante. Podía jurar que se trataba de una gran barra de chocolate, aunque no podía saberlo con seguridad. En Etruria el cacao era traído de los países terrestres, por lo tanto era escaso. Sabía poco sobre su textura y prácticamente no recordaba su sabor.
Por impulso, empecé a dar zancadas apresuradas hacia la cabaña. Había escuchado sobre este mito que corría entre los aldeanos, había oído que en medio del bosque poseían la dulzura y los sabores de un mundo de ensueño. Había escuchado sobre dos hermanos desaparecidos, Hansel y Gretel, que al igual que yo, habían sido seducidos por todo ese encanto de colores.
La desesperación me consumió tan pronto como me di cuenta de que la cabaña se alejaba a cada paso que daba para aproximarme. La vi hacerse más pequeña ante mis ojos al tiempo que el aroma dulce hacía que mis instintos fuesen voraces. En mi interior creció la ansiedad, la necesidad, el hambre.
Miré a mi alrededor, confusa.
–No te alarmes –Sebastián me apaciguó, llegando desde atrás–. No está alejándose, nada más se hace pequeña. Concéntrate, ¿sientes el aroma cálido?
Respiré una profunda bocanada de aire. Pude sentir el calor, el aroma a maple.
–¡Está cerca! –aclamé.
El Sr. Von Däniken se rió de mi impaciencia. Tenía ese tipo de risa que siempre ocultaba algo oscuro.
–Camina un par de pasos, Luciana, con calma.
Me moví con la mayor lentitud posible, mis pies lucían prácticamente torpes, mi cuerpo temblaba de impaciencia. Fue entonces cuando me percaté de que la cabaña estaba justo delante de mí, tan cerca que si alargaba mi brazo tocaría la superficie lisa y esplendente del chocolate de la puerta. Pero ahora la cabaña no era tan grande como antes me había parecido. La puerta tenía escasamente la mitad de mi altura, el tejado a penas me alcanzaba.
Sin embargo, las fragancias eran abrumadoras. El olor a azúcar, a las brasas de un horno, a jengibre, a miel, a pasteles, a fresas, a bizcochos. A chocolate con toques de café, a caramelo, a dulces con leche.
A esta distancia de la casa pude distinguir cada pequeño detalle, cada pequeño dulce que conformaba la fachada. Había grandes conos de galleta bañados con nieve rosa, ventanas con cristales de caramelo y marcos de pan de jengibre, piedras redondeadas en el jardín, cada una de un color distinto, su aspecto era enteramente comestible; había grandes ovillos de algodón dulce en lugar de arbustos, flores que parecían estar hechas de crema.
El sendero hacia puerta, en lugar de estar hecho de arena, estaba hecho con centenares de maníes. La campana en la entrada era en cambio una gran nuez y las paredes parecían ser de una especie de mármol elaborado con almendras. Las fresas, bañadas en algún sirope rojo, adornaban las ventanas. El tejado estaba recubierto de una capa helada de escarcha blanca.
–Mientras más grande sea tu gula, menor será el tamaño de la cabaña –murmuró Sebastián a mis espaldas. Mi apetito prácticamente me había hecho olvidarme de él–. Si llegase a cruzar este prado un alma golosa, la casa se hará tan pequeña como una hormiga, privando al pecador de los placeres que se encuentran en su interior –eso era lo que decía el letrero del jardín–. Tienes suerte, todavía podemos entrar si nos agachamos.
Sacudí la cabeza.
–¿Entrar? Yo pensaba en comer.
Sebastián negó.
–Si comes de su exterior, te perderás del suculento interior. La leyenda cuenta que pocos han logrado entrar a la cabaña, bien sea por su enorme gula, o por acabar muertos. He escuchado que cada dulce en la fachada es venenoso y mortal, mientras que el interior es un paraíso que pocos quieren dejar. En realidad, Hansel y Gretel nunca regresaron con su padre. Ambos acabaron con la bruja y decidieron jamás volver a pisar este cruel mundo.
Le dediqué una sonrisa.
–¿Te gusta cambiar los finales de las historias?
–Si eso te hace sonreír, entonces me gusta –mi rostro se sonrojó. Él levantó una ceja–. Y si te hace sonrojar, entonces empezaré a obsesionarme con ello.
Cuando menos lo imaginé, me cogió de la mano. Sentir su palma contra la mía produjo que mi vientre se contrajera con fuerza. Un cosquilleo ascendió a través mi abdomen. Igual que un caballero, hizo una reverencia, invitándome a entrar primero en la diminuta cabaña.
Tiré del picaporte de la puerta para abrirla. Los aromas que atiborraron el ambiente eran tan amenos que me hicieron marear. Olía a galletas tibias de mantequilla y limón. Seducida por el hambre, me agaché para pasar por debajo del umbral. Sebastián me siguió, sin soltar mi mano.
Tal como pensaba, el interior de la cabaña era diminuto. Escasamente logré sentarme contra una pared, abrazando mis rodillas. El misterioso caballero de bronce hizo lo mismo, sentándose delante de mí. El espacio nos obligaba a estar tan cerca que sus piernas dobladas rodeaban las mías.
–Mentiste –lo acusé–. No veo a Hansel, o Gretel.
Él levantó una mano y presionó con delicadeza un dedo contra mis labios. Instintivamente, los separé, dejando que un gélido aliento se escapara de mi boca. Ese contacto estaba atormentando a mi boca.
–Shh –me susurró–. A esta hora, ambos duermen –convirtió su mano en puño–. Sopla –hice lo que me pedía, soplé aire a su puño cerrado. Cuando lo abrió, había una esfera de chocolate en su palma–. Para ti, pitonisa.
Estudié aquello que me ofrecía durante medio minuto.
–¿Por qué debería aceptar cualquier cosa comestible de un hechicero asesino?
Su mirada descendió lentamente hacia su mano extendida. Hubo silencio durante largos segundos mientras sus ojos se volvían oscuros. Cerró su puño súbitamente, aplastando el bombón de chocolate. Cuando volvió a abrirlo, su palma estaba nuevamente vacía.
–Tienes razón –dijo en un susurro tan bajo que se me hizo difícil comprender sus palabras. Sus ojos regresaron a los míos. Éstos albergaban fuego en su interior–. ¿Por qué demonios ibas a aceptar algo de mí? –sus dientes estaban apretados cuando habló–. ¡¿Por qué confiarías en mí?! –alzó la voz hasta gritar–. ¡Contéstame, maldita sea, ¿por qué?!
Sujetó mis hombros y me sacudió con fuerza. El terror en mi cuerpo era tan grande que mi garganta se estrechó hasta dolerme. Tratando de detenerlo, me aferré de lo alto de sus brazos.
–Por favor, no me hagas daño –rogué en un hilillo de voz rasgada.
–¡Joder, deja de tocarme!
Lo solté, percatándome de que mi mano se había manchado de un líquido rojo. Su sangre. La manga izquierda de su chaqueta de cuero estaba empapada debido a su herida.
Me olvidé de que estaba gritándome, o agitándome agresivamente, o de lo fuerte que estaba apretando mis hombros.
–Sebastián –lo llamé, tratando de sacarlo de su estado iracundo–. Sebastián, escúchame –volví a sujetar sus brazos.
Se echó hacia atrás, tanto como se lo permitía el diminuto espacio. Su rostro estaba blanco, su pecho agitado.
–¡Suéltame!
Me arrodillé, poniéndome más cerca. Él apretó su espalda a la pared, parecía estar huyendo de mí. Atrapé sus muñecas, forzándolo a darme un lugar cerca de su pecho. Él tembló con fuerza cuando le rodeé el cuello con los brazos al tiempo que ponía mi mejilla contra la suya.
–Tranquilízate, Sebastián –musité en su oído.
Lo sentí entre mis brazos, su cuerpo daba sacudidas involuntarias. Era como si reaccionara a una tortura. Luego de un segundo, dejó de hablar, pero todavía luchaba contra mi sujeción. Soplé aire en su frente para apartar los cabellos adheridos a su piel con sudor frío.
Un escalofrío lo atravesó. Se quedó quieto, en silencio, tratando de sosegar el ritmo alterado de su respiración. Era como si se hubiera rendido, como si todo lo que hacía era esperar a que el tormento acabara. Anhelando con desespero que terminara pronto.
Sentí su aliento golpeando mi cuello irregularmente, el calor de su piel enfebrecida, los músculos tensos como piedras por debajo de su ropa. Su aroma me embriagó, una esencia similar a la canela, pero más picante, mezclada con el olor de su sangre y la sal de su sudor.
Tirité.
–Hazlo otra vez –me pidió con voz ronca.
Di un suspiro inaudible.
–¿Esto? –pregunté antes de volver a soplar mi aliento contra su frente–. ¿Te gusta eso?
Bruscamente, sus puños se cerraron en la parte media de mi espalda, atrapando la tela de mi vestido entre sus dedos. Por un momento creí que me apartaría con violencia lejos de él, pero no lo hizo. En su lugar, me puso un par de centímetros más cerca y frotó suavemente su mejilla contra la mía. La textura de su piel era sedosa y áspera al mismo tiempo, al igual que el modo en el que se movía o en el que me sujetaba. A cada segundo me sentía más frágil.
–Di mi nombre –exhortó de manera suplicante.
–Sebastián –acaté su mandato, moviendo lentamente mi mejilla contra la suya–. ¿Es esto tan malo? ¿Por qué te molesta tanto ser tocado?
Finalmente, me obligó a alejarme tanto como era posible.
–No me molesta ser tocado –protestó de manera hostil–. Me molesta que tú lo hagas.
Sentí como si alguien me hubiera pateado el estómago, el dolor fue portentoso.
–¿Por qué? –no respondió, empezó irse. Tiré de la manga de su chaqueta–. Estás sangrando. ¿Puedo mirar tu herida?
–Adelante, sigue buscando excusas para desnudarme.
Volvió a tumbarse.
–Sebastián –balbuceé en tono de reprimenda.
–Luciana –me imitó.
Escucharlo decir mi nombre indujo a que un escalofrío ascendiera a través de mi columna.
–¿Puedo? –pregunté antes de comenzar a abrir su chaqueta.
Una sonrisa malvada se dibujó en su rostro.
–Ya te lo dije, soy todo tuyo.
Deslicé lentamente su chaqueta fuera de sus hombros, teniendo cuidado de no lastimarlo mientras lo hacía. La abertura provocada por la espada había abierto su carne hasta el hueso. Hice lo posible para reprimir una mueca de espanto.
Cuando comencé a desnudar sus brazos, me percaté de que uno de ellos estaba tatuado. Era el dibujo de un ángel con apariencia oscura, cuyas alas se curvaban sobre su cuerpo. Alas rotas, sangrantes, repletas de clavos. Había una inscripción debajo del ángel en la que se leía "Alas de arcilla, corazón de papel".
Retiré por completo la única prenda en la parte superior de su torso. Me ponía nerviosa la visión de su abdomen, de toda su piel desnuda de bronce, de los músculos que ondulaban sus brazos, incluso de las cicatrices de sus múltiples heridas que comenzaban a desvanecerse con el tiempo.
Mi garganta se secó, al igual que mis labios, los cuales tuve que humedecer con mi lengua. Sentí que Sebastián se ponía aun más tenso.
–¿Te he lastimado? –le cuestioné. Negó con la cabeza–. ¿Qué significa ese tatuaje?
Se aclaró la garganta antes de contestar.
–Mi primer tatuaje me lo hice con un buen amigo –comentó–. Su nombre era Adrien. Mientras él se tatuaba algo sobre su novia, me dijo que si yo, al igual que él, fuese un Leive, tendría las alas rotas. Me mostró este boceto en un catálogo, así que me lo hice.
Rebusqué en los bolsillos de la chaqueta de Sebastián hasta hallar un cuchillo, con el cual corté un trozo de tela de la falda de mi vestido para envolver su hombro.
–¿Cómo es tu esposa? –interpelé.
Un músculo palpitó en su mandíbula.
–Es... Ella es... hermosa.
Algo hizo que sintiera dolor en el pecho. Respiré profundamente, con la esperanza de disiparlo.
–¿Es tan hermosa como yo?
Él soltó una corta risa.
–No, no tanto –murmuró.
–Pero... tiene otras cualidades, ¿verdad? –comenté mientras hacía un nudo con el trozo de tela que envolvía su laceración–. ¿Es amable? ¿O cariñosa, o dulce?
–No –negó–. Es buena en la cama.
Mis mejillas adquirieron un tono sonrosado, las sentí arder.
–¿La amas?
El Sr. Von Däniken soltó un resoplido.
–No seas tonta, Luciana, el amor no existe.
–Eso no es verdad.
–Lo es.
–No sabes nada –me enfadé y apreté con fuerza el nudo de su vendaje improvisado.
Él gritó.
–¡Ouch, salvaje!
–¿Por qué te has casado con una mujer a la que no amas?
–Porque ella es una verdadera hechicera. No puedes mantener una conversación con esa mujer sin sentirte perdido por su encanto. Una vez que me arrastró a su cama, su padre, un importante duque en la provincia de Cortona, me obligó a casarme. Luego ella me engañó con un maldito cabrón. De modo que, por venganza, saqueé la ciudad antes de marcharme. Maté al tipo con el que Timandra me engañaba en un duelo justo. Todo el pueblo de Cortona me busca para cortar mi cabeza.
Parpadeé varias veces seguidas, observando su rostro. Sus labios, sus labios, sus labios. ¿Por qué no podía dejar de mirarlos? Quería estirar la mano y tocarlos.
–¿Por qué es tan importante para ti saber el futuro del dios destructor de Etruria?
–Massimilianus no es el dios destructor de Etruria, Luciana. Es el dios de la paz. Y a mí me interesa una mierda su futuro. Trabajo para los dioses, son ellos los que me enviaron para averiguarlo. El destino acaba de ser brutalmente cambiado, las páginas de cada historia de vida se están reescribiendo en hojas en blanco y ni siquiera los dioses pueden saber lo que nos espera. Es importante que Massimilianus tenga paz propia, para poder proporcionársela al resto del mundo.
Había algo fuera de lugar sobre esas declaraciones. Si tan poco le importaba, ¿por qué me había presionado tanto? ¿Acaso se había acercado al castillo con más intensiones además de llevarse el oro de recompensa?
Cuando eché un vistazo alrededor, todo el entorno había cambiado. El espacio había dejado de ser pequeño y cerrado para convertirse en una amplia mansión con suelos de baldosas de chocolate blanco y negro. Había fuentes con ángeles esculpidos en caramelo y chocolate espeso, marrón, sustituyendo el agua que salía de la boca de los querubines. Había muebles hechos de galletas glaseadas, sofás suaves hechos de biscocho, un árbol de cerezas rojas entrando por la ventana, muñecos de jengibre adornando las paredes de almendra.
–Te lo dije –Sebastián afirmó al percatarse de lo mismo que yo. Se puso velozmente de pie, cogió varias galletas de mantequilla y las metió en su boca con apresuramiento–. Están tan buenas.
Lo imité, llevándome a la boca una galleta con chispas de colores. El sabor que explotó en mi lengua fue majestuoso, el dulzor era ameno, combinado con la sensación crujiente cada vez que daba un mordisco.
Nunca había probado una galleta con un sabor tan exquisito. Sebastián estaba probando mordidas de cada cosa que encontraba. Cada vez que masticaba dejaba escapar un gemido de gusto que ocasionaba que mis pechos se endurecieran.
¿Por qué reaccionaba mi cuerpo de esa manera? Con el rostro ardiendo, examiné la figura escultural de ese pirata. Su inmaculado torso desnudo, su piel brillando con ese exquisito bronceado color canela, sus músculos flexionándose, relajándose y endureciéndose con cada movimiento. Podía mirar durante una eternidad la tensión en su larga espalda, el tatuaje en sus bíceps, las marcas imperceptibles de sus cicatrices.
Uno de sus brazos continuaba manchado de sangre seca.
Mi corazón se había acelerado a un ritmo descomunal, el calor envolvía mi piel de manera tan cruel que necesitaba con urgencia arrancar mi vestido fuera de mi cuerpo. Mi mente lo evocaba, imaginando una y otra vez esa escena en la que dejaba caer mi indumentaria a mis pies. Toda mi indumentaria.
El Sr. Von Däniken se volvió hacia mí con una sonrisa radiante en la cara. Mis piernas se debilitaron ante su sonrisa. Metió un dedo en una de las fuentes de chocolate y se lo llevó a la boca para saborearlo. Algo de ese gesto hizo que una sensación caliente se instalara entre mis piernas. El interior de mi vientre se contrajo de nuevo.
–Tienes que probar esto.
Se aproximó hacia mí con un dedo mojado en chocolate y manchó la punta de mi nariz. Hice un mohín, arrugando mi cara.
–¡Hey!
Removí el chocolate de mi nariz con un dedo, el cual me llevé a la boca. Tuve que reprimir un gemido de goce al degustar los sabores mezclados del maní, el caramelo y el cacao.
–Hazlo –Sebastián me animó–. Dilo.
Me reí.
–¿Qué cosa?
–El sonido. Hmm...
Volví a reír.
–Hmmm...
Me tomó de la mano, guiándome hasta la fuente.
–Vamos, bebe.
Repetí sus acciones, mojando mis dedos en la fuente y llevándolos uno por uno a mi boca. Me sentí tan feliz como no me había sentido desde que era una niña ensuciándome en un charco de lodo frío con las manos ennegrecidas. Me sentí libre. Satisfecha.
Los ojos de Sebastián seguían cada uno de mis movimientos, vigilaban el modo en que lamía mis manos con un oscuro placer escondido tras sus pupilas. Parecía totalmente deleitado.
–Hacía tanto tiempo que no comía chocolate –clamé con alegría.
Él me ofreció una galleta de nueces, mostrándome el modo en que podía mojarla en la fuente y comerla bañada en chocolate. Repetimos el proceso con las cerezas. Con cada nuevo sabor me parecía alcanzar el éxtasis.
Habíamos probado cada dulce que se cruzaba por nuestro campo visual, habíamos comido hasta estar complemente saciados mientras compartíamos comentarios sobre cuán delicioso era uno u otro.
–Mi favorito es el chocolate con maní y aquellas doradas galletas de mantequilla cubiertas con chispas de colores –le aseguré.
–¿Qué pasa con el helado?
–Prefiero el de mantecado –señalé un cono gigante de galleta que parecía estar cubierto de nieve.
–Buena elección.
De pronto hallamos un piano en una esquina de la estancia, hecho de un oscuro, lustroso chocolate negro. Salvo por las piezas blancas del teclado, que eran de chocolate blanco. Sebastián caminó con una mirada lujuriosa hacia el instrumento, pero, cuando estaba a punto de coger una de las pequeñas piezas negras del teclado para comérsela, lo detuve.
–No –dije después de alejar sus manos de las teclas. Me senté en la silla frente al piano–. ¿Sabes tocar?
Él hizo una mueca de astucia.
–Depende de a qué te refieres con eso.
Mi malicia no era la suficiente como para comprender su enunciado, de modo que repetí la pregunta, sin inmutarme.
–¿Sabes tocar el piano?
Sacudió la cabeza.
–Pitonisa, soy un bruto pirata. No soy capaz de hacer algo como eso.
Le di un espacio en la silla para que se sentara a mi lado. Lo cual hizo sin refunfuñar. Mi espalda se puso rígida tan pronto como su brazo desnudo tocó el mío. Trabajé mucho para ignorar la calidez suculenta de ese contacto. Toqué una pieza rápida con una melodía alegre antes de cogerle ambas manos para posicionarlas sobre las teclas blancas.
Guié sus dedos hacia las teclas adecuadas, dándole indicaciones sobre cuándo o dónde moverlos. Tenía unos preciosos dedos largos y estilizados. Masculinas manos. Él era un rápido aprendiz, capaz de imitar cada uno de mis movimientos instintivamente. A mí me había costado años de estudio alcanzar la preparación que tenía.
De vez en cuando, nuestros antebrazos se rozaban, al igual que nuestras manos, cuando tropezaban en medio de una nota. Era entonces cuando mi cara se volvía roja y mi corazón salvaje se ponía a dar respingos.
–Trata con esta –hice una corta melodía rápida, con la intención de que no pudiera seguirme.
Con una sonrisa pérfida, copió cada nota, cada acorde.
Estaba empezando a rendirme.
–Trata con esta –me desafió él, inventando algo veloz, que sonaba hermoso y tenebroso.
Comencé a repetir sus notas incluso antes de que acabara, de modo que nuestros dedos se encontraron en numerosas ocasiones. Los dos nos reímos, sentí la energía potente escalando hacia lo alto de mis brazos.
En lugar de seguirlo, empecé a tocar mis propias canciones y él las suyas. Sin embargo, los sonidos mezclados hacían una perfecta sinfonía, eran tan compatibles como el mismo chocolate con maní que había probado. El sonido era tan delicioso que, de la misma manera, sentía ganas de gemir.
Él se detuvo, sentí sus ojos clavados en mí mientras tocaba. Lo miré.
–Todavía no contestas a mi pregunta –le recordé–. ¿Por qué me trajiste a este lugar?
Su rostro estaba impávido, un brillo perverso cruzó su mirada.
–Oh –esbozó una sonrisita malvada–. Tú no quieres saberlo.

35 comentarios:

LittleMonster dijo...

MAGNIFICO!!!
me encanto el capitulo!
se me antojo todo lo que estaba en la casa!! jaajajaa
sigue asi!
eres genial ;)

Anónimo dijo...

Ha estado genial

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo muy bueno

Anónimo dijo...

simplemente, me encanta!
sinceramente cro que eres una muy buena escritora y espero con muchisimas ganas el próximo episodio

estate orgullosa
felicidades diosa

Alba Maestre dijo...

ME HA ENCANTADO!!!!!
Tengo unas ganas de comer dulces ahora y creo que sé que quería hacer Sebástian en la casa jijiji :$

No comenté antes porque no tenía internet y no podía mirar si habías subido capítulo obviamente.
Tengo unas ganas de que sigas con la historia y no sé que mas.

Bueno chao y hasta el próximo comentario

Anónimo dijo...

Sebastian es tan ...
Estoy mas curiosa de saber porque odia que Luciana lo toque o porque odia que ella lo contradiga. El se molesta que ella no confié en el, pero cada cosa que hace la pone a temblar.

Anónimo dijo...

Amo esta novela Steph, es fantástica. Tienes un estilo único.
Sebastian es extraño.

Anónimo dijo...

Steph, este capitulo estuvo tan delicioso.
Me dio hambre con leer de chocolate, galletas de verdad
que el apetito se me abrió bien brutal

Anónimo dijo...

Lo ame, lo ame
Este capitulo estuvo fantástico
Luciana celosa jajaja
Se que ha ella le molesta que Sebastian sea casado.
Ese final me dejo en shock.

Anónimo dijo...

Like muchos like.
Me encanta esta novela
Poco a poco comienzo a entender porque su titulo
Interesante lo que dijo Sebastian
Cada historia esta se esta escribiendo .
Supongo que la de ellos también.

Anónimo dijo...

Me encanto
simplemente me dejo
Hambrienta

Anónimo dijo...

Amo esta novela
Amo a Sebastian
eres la mejor escriora

Anónimo dijo...

Sube pronto ya no aguanto mas

Anónimo dijo...

Eres la mejor escritora del momento

Anónimo dijo...

Me encanto este capitulo estuvo muy interesante

Anónimo dijo...

Sebastian, Sebasian
¿Porque tiene que ser así de idiota?
Cada cosa que el hace me resulta inrresistible

Anónimo dijo...

Genial, genial, genial
mil veces genial

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo muy bueno

Anónimo dijo...

Sigue así
ere una escritora estupenda
te admiro

Anónimo dijo...

Eres grande Steph
Este capitulo me dio hambre

Anónimo dijo...

Sebastian es un dolor en el trasero

Anónimo dijo...

siento que Sebastian es un imbecil pero que hay una parte linda e inocente en el pero que esta muy lastimada para salir. Povechito de mi bebee :3

Anónimo dijo...

que delicioso capitulooo! :P jaja tanto CHOCOLATE!!! sii jajajaj

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo rico
Ame a Sebastian
En cada cap me provoca saber mas de el

Anónimo dijo...

El final me encanto
Estoy loca por saber que se trae este entre manos

Anónimo dijo...

Espero pronto poder leer el nuevo capitulo

Anónimo dijo...

Ame eo capitulo
Amo esta novela
Amo todas tus novelas y por ultimo
Amo a sebastian

Anónimo dijo...

Sube pronto porfa
Me estoy muriendo por saber como continuara esta historia.
Amo como va.

Anónimo dijo...

Sabes es increible lo mucho que se ha adelantado la historia y eso que apena van dos dias y el segundo no ha acabado.
Esta novela es genial

Anónimo dijo...

Genial
Sebastian es un idiota, pero lo amo es hermoso

Anónimo dijo...

Hey me encanto el capitulo
Estoy con ganas de comer muchos dulces y caramelos.

Anónimo dijo...

Este capitulo me abrió el estomago demasiado.
Estuvo genial.

Steph dijo...

Por razones médicas no subiré capítulo esta semana. Tuve una cirugía en un ojo.

Att. Steph

ShiKary..! dijo...

Holis holis llegue yo.. Aunque e leído todos tu novelas nunca había comentado pues no las leí de ti.. No se si me entiendes.. En fin al final en uno de los libros aparecía tu biografía y tu twitter y decidí acosarte ok no jajaja (bahh se que no soy graciosa XD) pero ahora que estoy aqui .. Prometo leer la nove y comentar en la salud y en la enfermedad .. Truene llene o relampaguee .. Amar a Sebastián así como ame a Joe, Damien, Eustace, Jerry, Dimitri, Allan, Adolf.. En fin creo que la lista es larga incluso ame a Nina..jamas bueno una vez hecho mis votos va mi comentario para la nove .. Todos los capis los leí hoy

Cuando leí el epilogo no estaba muy convencida de la nove y mucho menos al leer el titulo del primer cap " las princesas bailarinas " y menos al saber que eran doce jajjaja eso me recordó a una de las películas de barbie que tuve que ver con mi primita pero como no soy de esas que juzgan por la portada .. (aunque la de este libro me dejo sin palabras). Y ya que tus libros no me han defraudado lo empece a leer y menos mal que lo hice la nove me dejo enganchada enseguida ... Amo el personaje de Sebastián a pesar de sus extraños cambios de humor .. Estoy segura q su negatividad a ser tocado es por lo mucho que a sido lastimado .. Es decir si yo hubiera sido lastimada tampoco me dejara tocar.. Pero ya vera que con mis cariños se endulza ejemm digo digo con los cariños de luciana .. Como siempre e dejado claro amo somersault es mas me mudo si llego a encontrar uno de los portales aunque claro la casa de chocolate del capi 6 con Sebastián no suena nada mal aunque me gusto mas la versión miniatura  jjaajaj saben hay que ahorrar espacio.. Cuando mencionaron que estaba casado me que sorprendida pero claro que es una novela de Stephany Owen sin momentos como esos y el toque de humor picante en sus personajes 

P.D: quizás solo quizás a veces mis comentarios puedan ser directos o incluso críticos espero no te molestes es solo que no se cerrar la boca ni detener el hormigueo de mis manos al comentar justo lo que pienso ..

Ahora sin mas espero que los sigas pronto y no me molestaría para nada maratón ;;) bye estaré pasando 
   
 O y mejorate prontito y paces un Buen fin de semana 

                                                                                        Atte: Nay 

Anónimo dijo...

Porque te operaron???
Mejorate aqui seremos paciente.
Primero tu tienes que estar bien.

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