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viernes, 21 de junio de 2013

Capítulo 11: El Paseo de las Mariposas






Capítulo 11: El Paseo de las Mariposas

Me quité la capucha, descubriendo mi rostro para Sebastián, quien sonreía con ese acrisolado regocijo oscuro. Su cabello plateado caía desordenado sobre sus ojos.
–¿Cómo te libraste de Nico? –me preguntó en voz baja, seductora.
Estacioné mis ojos en su boca, percatándome de la exquisita carnosidad rosa de sus labios. Un impulso feroz me hizo querer acercarme para morderlos, o quizá lamerlos. Lo necesitaba con urgencia.
–Le dije que daría un paseo para tomar aire.
Él sonrió, poniéndose un poco más cerca de mi cuerpo, de mi cara.
–Sabe que estás conmigo –afirmó.
Negué, ofuscada por su cercanía. Mi corazón había comenzado a latir a mil por segundo.
–¿Cómo lo sabría? Creo que he sido bastante convincente.
–Él no es un tonto. Me conoce –Sebastián guardó silencio, pero sus labios permanecieron entreabiertos, por lo que deduje que continuaría departiendo. ¿O no?–. ¿Por qué viniste? ¿Por qué no te has quedado disfrutando del baile con tu príncipe?
Porque he querido verte, sería la respuesta ortodoxa. Porque es el último día en el que estarás en Etruria y quiero entenderte. Necesito que no seas ese maquiavélico asesino que ha imaginado mi mente que eres.
–Porque he estado aburrida –fingí indiferencia e inclusive hice una mirada petulante–. He hecho lo mismo durante años. Podrías enseñarme a salir de la rutina, a ser como tú.
Sebastián se rió. El aire tibio que se escapó de su boca golpeó mis palpitantes labios, los cuales tuve que humedecer con mi lengua. Involuntariamente, me puse un centímetro más cerca de su rostro, donde podía oler su aliento a hierbabuena, su aroma a canela. Mi nariz casi rozaba la suya.
Dioses, ¿qué pasaba con mi cuerpo?
Mis pechos se habían endurecido, el interior de mi vientre parecía contraerse, mis labios estaban cada vez más secos, mi corazón no dejaba de aporrear mis costillas con premura. Cada fibra de mi ser estaba suplicando por sus manos, por su boca, por su tacto, su calor. ¡Por los cielos, bésame!
–¿Estás segura de ello? –me preguntó.
¿Había leído mi mente?
–Sí –susurré de forma trémula. Me sentía frágil, temblorosa y caliente.
–No, no creo que nadie quiera ser como yo.
Oh, estaba hablando de eso. Mientras yo anhelaba poner mi mano en la parte de atrás de su cuello y enterrar mis dedos en su cabello.
–Vamos –cogió mi mano enguantada para tirar de mí–, te llevaré a un sitio que te deslumbrará. ¿Recuerdas a Ramsés?
¿Ramsés? ¿Quién era ese...? Sebastián tiró de la cuerda de un caballo negro para traerlo cerca de nosotros. El animal era de gran tamaño, robusto... Se trataba del corcel rebelde del primer día en el que había paseado por Somersault con el Sr. Von Däniken. Sonreí ampliamente, pero cuando quise acariciarlo, retrocedió con violencia.
Sebastián haló sus correas e intentó susurrarle para calmarlo. Despacio, el corcel empezó a relajar sus macizos músculos mientras que sus bufidos de miedo disminuían.
–Ven, dame tu mano.
Vacilé antes de coger la mano del señor Von Däniken. Él me hizo un gesto afirmativo con la cabeza, alentándome. Cuando mis dedos rozaron los suyos, sentí que mi pulso se aceleraba y que mis piernas flaqueaban.
–Ella no te hará daño, amigo –le murmuraba con ternura a Ramsés–. Su nombre es Luciana. Tienes que confiar en la princesa –mis dedos tiritaban cuando los puso sobre el húmedo hocico del atemorizado caballo–. Es una muchacha hermosa, ¿verdad?
Acaricié con suavidad la nariz alargada del animal, cuya respiración estaba empezando a sosegarse paulatinamente. Sin embargo, sus ojos continuaban cerrados con fuerza, como si esperase ser lastimado. Su cálido aliento me puso las manos pegajosas. Poco a poco, Ramsés permitió que tocara sus orejas y cuello. Hasta que él mismo frotó su hocico contra mi cara para que no me detuviera. Fue entonces cuando le besé cerca de los ojos y abracé su prominente cuello.
Junto a mí, Sebastián se reía.
–Te ama –me avisó–. Es tan fácil confiar en ti... –dejó de hablar abruptamente, poniéndose serio. Puso sus manos en mi cintura–. Déjame ayudarte a subir.
Le obligué a soltarme.
–Quiero hacerlo sola –repliqué.
Él arqueó una ceja.
–¿Por qué?
Sonreí.
–Te lo dije, quiero aprender a ser como tú, a hacer lo que haces.
–Ojalá no lo hagas –protestó–. Al menos no demasiado bien –añadió antes de señalar hacia los estribos de la silla–. Coloca tu pie aquí –hice un torpe intento al tiempo que Sebastián reía–. Ése no, el otro. Dame la mano... Eso es, ahora debes pasar tu pierna hacia el otro lado del caballo –me enredé con las pomposas telas de mi falda. Ambos nos reímos–. Si quieres comenzar a parecerte a mí, deberías empezar a usar pantalones.
–No, no lo haré –discutí.
Sebastián se subió al lomo de Ramsés con gran facilidad. Su cuerpo se juntó al mío, sentí su pecho contra mi espalda y sus fuertes brazos rodeándome para coger las riendas.
–Entonces no te parecerás jamás a mí. Créeme, podría matar por verte en unos ajustados jeans.
Sentí que la piel de mi rostro ardía. Ramsés comenzó a caminar despacio.
–Eres un atrevido –me quejé, pero sin enfado.
–Tú también –me acusó–. También eres Sebastián. Coquetéame, quiero escucharte.
Erguí mis hombros orgullosamente.
–Sebastián no flirtearía con otro hombre, ¿o sí?
Sentí la vibración de sus abdominales. Se estaba riendo.
–De acuerdo, supongamos que yo soy Luciana, coquetéame –empezó a hacer una mala imitación de mi voz–. Oh, Sr. Von Däniken, bésemeeeee.
Sentí que mi cuello y orejas también se sonrojaban.
–¡Sebastián! –le reproché, mirándolo por encima de mi hombro con los ojos entrecerrados.
Él comenzó a parpadear numerosas veces, meneando sus pestañas.
–No soy Sebastián. Soy la aburrida Luciana, siempre huelo a narcisos y estoy enamorada del Sr. Von Däniken.
–Si no estuviera sobre este caballo, te estaría golpeando el rostro.
–Perfecto, ya empiezas a sonar como yo. Pero todavía no me has coqueteado.
Me enfurruñé.
–Luciana, eres muy bonita.
Escuché su estridente carcajada.
–¿Alguna vez te he dicho que eres bonita?
Apreté mis labios.
–Luciana, tus pechos son bonitos. ¿Quieres ir a mi cama ahora? –traté de imitar su voz.
Esta vez su risa fue más auténtica. Más hermosa.
Me encantaría ir a su cama, Sr. Von Däniken. Pero no le diga nada a mi padre –continuó imitándome. Le dediqué una exterminadora mirada.
–Entonces... ¿siempre huelo a narcisos?
Para mi completo asombro, sus mejillas enrojecieron de pronto.
–Sí, cuando no hueles a pescado podrido –hizo una mueca fingida de náuseas.
–¡Te arrojaré del caballo! –le grité.
–Inténtalo –se burló. Esta vez su tono fue tremebundo. Ese chico sabía cómo hacer una amenaza.
Noté que los talones de Sebastián golpeaban con suavidad el estómago de Ramsés para hacerlo apresurar el paso. Puse mis manos encima de las suyas, las cuales sujetaban las cuerdas.
–¿Puedo conducir? –le consulté.
–No –negó de inmediato–. Ramsés es bastante salvaje, podría tirarnos si se da cuenta de que llevas las riendas.
–Él confía en mí, tú no.
–Bien dicho, preciosa.
Aquella respuesta casi me deja sin aliento, me sentí herida. ¿Por qué siempre ponía un muro entre los dos? No obstante, mis manos todavía estaban tocando las suyas. Él no había protestado al respecto, pero yo deseaba acariciar sus largos dedos con los míos, memorizar cada surco, recoveco o cicatriz en su piel. Ese simple contacto cálido estaba dejando mi boca seca. Cuando Ramsés comenzó a galopar más raudamente, apreté sus manos con fuerza.
No me dejaría caer, ¿verdad?
Confías demasiado en ese joven...
Mientras él me ayudaba a desmontar, rompió el silencio.
–Está asustado, eso es todo –profirió, refiriéndose al rebelde corcel negro. Le acarició el pelaje–. Solía vivir con un hombre que lo golpeaba para forzarlo a trabajar. Un día casi logra escaparse, pero aquel tipo lo halló y fracturó sus cuatro patas, de modo que no pudiese volver a ir a ninguna parte. Es normal que piense que todos los humanos somos una miserable basura.
Mi corazón se saltó un latido.
–¿Estás hablando en serio? –pregunté compungida–. ¿Cómo sabes su historia?
–Me la ha contado el viento –respondió–. Ya sabes que en la ciudad subterránea el aire sopla las desventuras de sus habitantes.
La luna violeta estaba coloreándolo todo con sus matices púrpuras. El bosque terminaba en un oscuro callejón asfaltado. Esta noche parecía demasiado fría y lóbrega.
–No puedo creer que exista gente tan cruel –mascullé, apesadumbrada.
–Todavía no has visto nada.
Durante un instante, imaginé que el Sr. Von Däniken sonreía perversamente. Mis absurdos pensamientos trataban de atemorizarme. En realidad, él sólo estaba ahí de pie, con su mirada puesta en mi rostro y una expresión impávida, inflexible. Hacía tres días que lo conocía personalmente. Pero hacía meses que mis predicciones lo habían traído a mis sueños.
Tres días parecían una eternidad. Tanto parecía haber sucedido, tantas cosas parecían haber cambiado. Salvo que yo seguía temiéndole. Me sentía como el estúpido insecto que caminaba hacia la inmóvil araña, atraído por sus colores, sus formas. Ahí estaba yo, atrapada en la red que él había tejido para mí, danzando al ritmo de su música, moviéndome debido a los hilos que controlaba. ¿Tanto me había sometido ante ese pirata despreciable?
No sabía nada acerca de él. Todavía no descifraba quién era, por qué actuaba o qué quería de mí. Pero ansiaba más que nada conocerlo. Saber sus razones, sus causas, sus motivos. Cada uno de sus pensamientos, de sus ideales, de sus sueños. Lo seguí a través de la escabrosa oscuridad. Tan solo esperaba que no me dejase atrás, sola. Él estaba guiando a Ramsés, de modo que decidí aferrarme a sus correas para evitar perderme. La Ciudad Violeta podía ser tan peligrosa como fantástica.
–Tu... esposa me mostró muchas cosas –departí.
Reparé en que su espalda se tensaba.
–Sí, estaba por preguntártelo. ¿Qué has visto?
Estaba empezando a molestarme que no me mirara al hablar, que tan solo me diera la espalda.
–No lo sé con certeza –admití–. Había gente desconocida. Y ese chico... Massimilianus. Creo que he descubierto aquello que deseabas saber sobre su futuro.
–Ah, ¿sí?
¿Eso era todo lo que iba a decir?
–Su boda con la princesa Charity se cancelará. Eso es lo que he visto.
–¿Nada más?
Tuve que respirar profundo antes de aventurarme a continuar.
–Algo sobre ti –involuntariamente, mi voz vibró–. Te disparabas con un arma de fuego... –finalmente logré captar su atención. Se giró para verme a los ojos–. No tienes que preocuparte, ha sido una visión opuesta...
Él sacudió la cabeza.
–No, no ha sido una visión opuesta –me contradijo–. Ha sido una visión... –tragó saliva–, del pasado. De pasado –sentí un nudo en la garganta, me llevé una mano a los labios antes de que él sujetara mis brazos bruscamente–. ¿Por qué Timandra te ha enseñado eso? –sus ojos estaban perforando los míos con ímpetu.
–No lo sé –balbuceé–. ¿Te has suicidado?
Me soltó, se dio la vuelta y continuó andando. Se llevó las manos al pelo, exasperado, y largó una exhalación atropellada.
–No quiero hablar de ello.
Estaba perpleja. ¡Santos Dioses! ¿Sebastián se había suicidado?
Pero aún tenía que saber algo...
–No volverás a hacerlo, ¿verdad?
Lo escuché reírse con amargura.
–Claro que no, he aprendido mi lección. Nada bueno pasa cuando estás muerto.
–¿Estás muerto?
Me adelanté para caminar a su lado. Él me echó un vistazo, esbozando aquella vil sonrisa.
–¿Tú qué crees? –mi cuerpo tembló. Su rostro cambió al percatarse de ello–. ¿Tienes frío?
Mis dedos estaban ateridos y la piel descubierta de mi cuello había perdido su color debido al aire glacial de la noche.
–¿Tú qué crees?
Sonriendo, se quitó la chaqueta para dármela. Ésta estaba impregnada con su exquisito aroma picante, que había comenzado a marearme.
El callejón por el que andábamos era estrecho. Apenas podían caminar dos personas, una junto a la otra, sin tocarse. A cada lado, dos paredes de concreto nos rodeaban, las cuales tenían pintado un formidable mural de exóticos colores. El dibujo representaba un bosque en matices fríos, azules, grises, púrpuras; esclarecido por los tonos fluorescentes de las mariposas que se posaban sobre los árboles o revoloteaban por encima de la hierba. Eran cientos de ellas. Había algunas naranjas, verdes, amarillas, fucsias, rojas, azules e incluso blancas. Un desborde de color.
Estaba fascinada por la obra. Parecía tener vida propia.
–¿Te gusta? –inquirió Sebastián, mirándome por el rabillo del ojo–. Este lugar se llama El Paseo de las Mariposas –se detuvo para interceptarme–. ¿Recuerdas mi truco de antes?
Convirtió su mano en un puño, el cual acercó a mí. Cuando volvió a estirar los dedos, una preciosa mariposa roja apareció posada en su palma. Estaba muy quieta, abriendo y cerrando las alas lentamente. Era de color grana, con algunas manchas blancas en forma de pequeños ojos. Era casi tan grande como la misma mano del Sr. Von Däniken.
Separé mis labios, alucinada.
–Debes enseñarme a hacer eso –susurré, temerosa de asustar al insecto–. ¿Puedo sostenerla?
Él asintió.
–Adelante.
Tan pronto como acerqué un dedo a las pequeñas alas, el insecto emprendió vuelo. Grité cuando aterrizó sobre mi nariz. Al principio retrocedí con violencia, después me quedé absolutamente quieta. Desde ese ángulo, la mariposa era horrible, gigantesca, con asquerosos ojos saltones, antenas retorcidas y el cuerpo de un gusano peludo.
–¡Quítamela! –chillé al tiempo que Sebastián se doblaba de la risa–. Quítamela, por favor –le rogué de nuevo, con la voz tensa.
Sin parar de reírse, se acercó para soplar aire sobre mi rostro. El insecto alzó vuelo en cuanto su fresco aliento se estrelló contra mi pálida cara. Exagerando, me llevé una mano al pecho, el cual ascendía y descendía pesadamente debido al alterado ritmo de mi respiración. Mi corazón estaba desbocado.
–Miedosa –se burló entre carcajadas.
Levanté mi barbilla con suficiencia después de fulminarlo con mi mirada.
–No era miedo, era asco.
Él seguía riendo.
–Eso dicen todas.
Levanté una ceja.
–¿A cuántas les has mostrado ese truco?
Sus labios temblaron como si estuviera reprimiendo una sonrisa.
–¿Celosa?
–¿Por qué estaría celosa?
Dejó que su sonrisa se extendiera lentamente sobre su cara.
–Porque te gusto –dio una zancada para estar más cerca de mí.
Una minúscula distancia separaba nuestros labios. Se sentía demasiado cerca y demasiado lejos al mismo tiempo. Mi rostro se sonrojó cuando recordé su respuesta la última vez que yo le había hecho aquella acusación. "¿Sabes qué? Tienes razón, me vuelves loco". Había estado mintiendo, por supuesto.
–¿Qué te hace pensar que me gustas? –repetí sus palabras. Parecía que realmente habíamos intercambiado de papeles.
–¿Acaso no me ves? Soy irresistible. Estarías loca si no te gusto.
Mordí mi labio inferior para evitar reírme. Su mirada estaba acariciando mi boca.
–Entonces debo estar loca.
–Sé que te gusto –fanfarroneó–. Tal vez no te has dado cuenta, lo cual es poco probable. Vamos, nena, admítelo.
Ignorando su comentario, cogí sus manos para examinarlas. Desabroché los puños de sus magas, tanteé sus antebrazos.
–¿Qué diablos haces?
–Quiero saber de dónde sale tu magia.
–Te lo dije, no hago magia. Hago trampas. Y no está en mis manos.
Fruncí el ceño.
–Ah, ¿no?
–Mira –señaló con un dedo a una de las pequeñas mariposas que estaba dibujada en el muro–. Presta atención.
De pronto, el insecto dejó de tener dos dimensiones para tener tres. Sus alas parecían desprenderse de la pared al igual que lo haría una estampilla de una carta. Ahora no estaba dentro de la pintura, sino fuera de ella, de pie sobre la superficie lisa del muro. Mis ojos se ensancharon.
Antes de que pudiera reaccionar, centenares de mariposas estaban brotando fuera de la pintura. Ellas comenzaron a revolotear por todas partes, arremolinándose en torno a ambos. Eran como millones de luciérnagas alumbrando la oscuridad de diferentes matices iridiscentes.
–Por los dioses –murmuré–. Es hermoso.
Sentí sus diminutas alas rozándome, algunas de las mariposas se habían estacionado sobre mis hombros, encima de mi cabello o a lo largo mi vestido, igual que pequeños adornos. El resto de ellas franqueaban el aire de forma desordenada, atestando el callejón.
Levanté la vista al cielo, donde éstas parecían hacer una danza de colores, persiguiendo al viento. Tal vez eran miles. En cambio, el mural de la pared solamente mostraba un taciturno bosque solitario, lúgubre. Regresé mi mirada hacia los ojos de Sebastián, que destilaban aquellas fenomenales tonalidades violetas plateadas.
Nunca había visto ojos tan preciosos, nunca había presenciado un momento tan mágico. Estaba consciente de que una multitud de animales voladores nos rodeaban, embelleciendo nuestro entorno. Mientras que el callejón se quedaba entre las sombras, su mirada relumbraba más intensamente que un faro. Y sus labios... eran como la seda. ¿Qué sucedería si me atreviera a besarlos? Nadie lo sabría.
Sentí que mi boca se secaba, que mi garganta se agrietaba. Necesitaba... Me puse de puntillas y besé su tibia mejilla. Cuando me aparté, mi rostro ardía, mi sangre calentaba mi cuerpo entero. Él parpadeó, inmóvil.
–Gracias –me justifiqué–. Gracias por este momento.
Él sonrió de manera presuntuosa.
–Me besas porque te gusto –entorné mis ojos antes de golpearlo en el brazo. A continuación, un estruendo hizo eco entre los muros del estrecho callejón. Era similar a un ruido de tambores, junto con personas marchando–. ¿Qué es eso? –interpeló con una sonrisa en los labios. Supe que aquel estrépito tenía que ver con él. Estaba actuando, tal como lo hacían los magos en su espectáculo. Fingió agudizar el oído–. Es música –tomó mis dos manos–. ¡Baila!
Largué una risa de felicidad mientras dábamos vueltas en medio de un torbellino de mariposas. El sonido de las trompetas era ensordecedor, pero agradable, alegre. Los tambores hacían que el suelo retumbara. Sujeté su brazo y comenzamos a saltar por todo el lugar. Danzamos durante un largo rato, haciendo movimientos sin sentido, muecas, giros.
Solté un gritito cuando soltó mis manos para atrapar mi cintura. Apretujó mi cuerpo al suyo con fuerza. Ambos estábamos tan mareados por las vueltas que caímos al suelo entre risotadas de júbilo. Al principio creí que me aplastaría con su cuerpo, pero él hizo un veloz movimiento para ponerse debajo de mí. De modo que caí cómodamente sobre su fuerte pecho.
Respiramos con dificultad, agotados, al tiempo que veíamos las paredes girar a toda velocidad.
–Bailas terrible –jadeé, respirando con fuerza sobre su barbilla, riéndome.
–También tú –me culpó.
Mi mano descansaba sobre los botones de su camisa. Un extraño impulso me hizo imaginar que los desabrochaba, uno a uno, develando el bronceado de sus pectorales. Sacudí esos pensamientos al tiempo que sentía su corazón latir con prisa bajo senos, el asenso y el descenso de su tórax mientras respiraba, el aroma de su cuello en mi nariz.
Esta vez no pude resistirlo, acaricié su rostro con un dedo, delineando los bordes de sus facciones, palpando la textura de su piel. El área cuadrada de su mandíbula era más áspera de lo que pensaba. Eso era porque se afeitaba. Volví a dibujar sus cejas, el ángulo de su nariz, la sombra de sus pestañas, la curva de sus pómulos, el contorno de su boca... Entretanto, él retiraba los cabellos que me caían sobre la cara.
–No –terció de repente–. Nunca fui real.
Hice un mohín.
–¿Qué?
–La otra noche me preguntaste si era real. Estoy respondiéndote.
Sacudí la cabeza, confundida.
–No es cierto, no lo hice.
–Lo hiciste –objetó.
¿Cómo...?
–Sebastián, fue un sueño –rebatí–. No estuviste ahí, ¿cómo es que...? –me senté rápidamente, llevándome las manos a las sienes–. Por Tinia, ¿tú eres...?
Él se incorporó en sus codos.
–No, tienes razón. Debo estar confundido.
–¿Eres un Visitante Noctámbulo?
–Shh –atrapó mi rostro en sus manos, su boca estaba cerca de la mía–. No hables tan alto –me susurró–. No se supone que existimos. No se supone que las personas, inmortales o mortales, vean o toquen a un Visitante Noctámbulo.
Eso era cierto, la existencia de esos seres era un completo misterio. Nadie sabía de dónde provenían, o qué poderes tenían con exactitud, o a quién servían. La información acerca de esas criaturas mágicas era escaza. Eran un enigma. Ellos no deberían habitar en dimensiones físicas. Estaban limitados al mundo de los sueños, el mundo de las sombras o el mundo opuesto. Inclusive se decía que no podían sobrevivir demasiado tiempo en la tierra de los mortales.
–¿Eres uno de ellos? –musité, un escalofrío me recorrió la piel.
–Sí –confesó.
Palidecí.
Mi cabeza palpitó cuando me di cuenta de que mis pesadillas no habían sido predicciones. Eran reales. Él había estado ahí, amedrentándome, torturándome. ¡Desnudándome! La última vez había visto mis desnudos pechos, me había...
–¿Cómo has podido? –le reclamé con furia–. Tú has... ¡Has estado...!
–Perdóname –me interrumpió–. Soy un Dreamchatcher. Yo... capturo a las pesadillas. Intenté colarme en tus sueños hace unos meses para conseguir las predicciones acerca de Massimilianus de Velathri. Los dioses me enviaron a ti. Siempre he sido bueno provocando miedo, disculpa si te he hecho pasar malos momentos.
–¡Imbécil! –lo insulté antes de ponerme de pie. Mi cara estaba del color de las frambuesas. Me levanté–. ¡Te has encargado de aterrorizarme cada noche! Algunas veces sentía miedo de quedarme dormida. No quería encontrarme contigo. Yo... yo pensé que este Sebastián podría ser distinto al que me lastimaba en sueños.
Su semblante estaba serio.
–Has cometido un error al hacer juicios positivos sobre mí.
–¿Qué quisiste decir con que no eres real?
–No existo en tu dimensión. Estoy muerto. Soy únicamente la materialización de alguien que fui. Un Visitante Noctámbulo viola las reglas al caminar por las dimensiones físicas. A veces somos castigados por ello. Pero siempre logro salirme con la mía.
Inhalé aire por la boca.
–¿Cuánto hace que estás muerto?
–Poco más de un año.
Las preguntas hacían doler mi cabeza, acopiándose en mi cerebro.
–¿Nicodemus te mató o lo hiciste tú mismo?
Él suspiró con cansancio.
–Lo hice yo. Él solamente puso la pistola en mi mano.
–¿Él es...?
–¿Cómo yo? Sí, es un Dreamcatcher desde hace más de trescientos años. Cuando un ser humano está destinado a morir joven, es elegido para servir a los dioses. Yo fui uno de esos elegidos. Nicodemus era el encargado de ir a buscarme.
–¿Qué eres exactamente?
–Un sirviente. Los dioses nos obsequian cierta cantidad de magia y nos hacen inmortales. Dominamos las dimensiones alternas, podemos viajar de un lado a otro y tenemos dones especiales. Nico puede curarse a sí mismo. En el rango de poder, estamos por debajo de las hadas.
Ése era un rango bastante alto. Entre los seres mágicos, las hadas estaban por encima de los adivinos, los inmortales, los Vanthes, los vampiros, los duendes, las Doxys, los Dredones e incluso los hechiceros. Superadas casi exclusivamente por unicornios u otros seres divinos como los Leives y los dioses mismos.
–¿Cuál es tu don? –le cuestioné.
–Ser atractivo, ser un gran besador, ser un maestro de las armas, hacer llorar a princesas –enumeró con total seriedad–. ¡Oh! Y el más importante, puedo lamer mi codo, ¿quieres ver? –le miré con arrogancia–. ¿Qué? Soy privilegiado, tengo un montón de habilidades.
–¡Sebastián!
Él hizo ademán de besarme cuando me aproximé para retarlo. Retrocedí con rapidez.
–Bien, te lo diré –soltó con aburrimiento–. Se supone que puedo volar.
–¿Se supone?
–No lo hago.
–¿Por qué?
–Mis alas están rotas.
Parpadeé un par de veces.
–¿Tienes alas? –exclamé con asombro.
–No se ven en este momento, pero puedo hacerlas aparecer. Sin embargo, han estado rotas desde que brotaron por primera vez. Están heridas. Nico piensa que siempre han estado en mí, inclusive cuando era un humano. Cree que las heridas de mi pasado las han mutilado.
Mis labios se separaron levemente.
–¿Puedo...?
–¿Verlas? –alzó una ceja–. Ni hablar.
Exhalé aire a modo de rendición.
–Pensé que los Visitantes Noctámbulos no eran capaces de mostrarse en dimensiones físicas. Nunca he visto a ninguno.
–Seguro que los has visto –replicó–. Probablemente no sabías que era uno de nosotros. No tenemos permitido revelar a nadie nuestra condición. Ni siquiera a ti. Ahora tendré que matarte –di un brusco paso en retroceso, casi estrellándome con la pared. Él se echó a reír de manera ruidosa–. No es cierto –se burló–. Pero, en serio, no debes decirle a nadie que conoces mi secreto –asentí velozmente, asustada–. Puedo ir de aquí para allá tanto como me plazca –siguió explicándome–. Puedo residir en ciudades como Etruria o Somersault sin problema alguno. También puedo materializarme en la tierra de los mortales, pero al cabo de algún tiempo empiezo a perder mis poderes de forma temporal. No los recupero hasta regresar a la dimensión de los sueños u otra similar.
¿Un Visitante Noctámbulo? ¿De verdad existían? ¿De verdad tenía alas? Aún mi cerebro no podía asimilarlo. Sus palabras se reproducían en mi cabeza una y otra vez. Él había muerto, se había suicidado. ¿Por qué?
Quería saberlo, quería preguntárselo. Pero más temprano me había dejado en claro que no deseaba tocar ese tema. ¿Había sufrido tanto como para querer acabar con su propia vida mortal? La sola idea hacía que mi pecho rabiara y mi corazón se paralizara. Realmente aquello que Timandra me había mostrado era el pasado, no el futuro.
Eché un vistazo a mi entorno, percatándome de que la música se había ido y las mariposas habían regresado a la pintura a la que pertenecían. Todo parecía desierto, silencioso. El mundo desapareció ante mis sentidos, dejándome solamente consciente de Sebastián, de su cercanía, de su mirada penetrante. Él no dejaba de ver mis labios, lo cual provocó que un rubor intenso cubriera cada pedazo de mi piel, encendiéndome.
–¿No crees que es mi turno de hacer preguntas? –se movió hacia adelante, haciéndome retroceder–. Considerando que he respondido a cada una de tus interrogantes...
Hice un gesto sagaz.
–¿Qué es lo que quieres saber? No guardo secretos, ninguno igual a los tuyos.
Sonrió malintencionadamente.
–Y, ¿qué tipo se secretos guardas? –bajé la mirada hacia mis manos, aparentando que examinaba mis guantes. Necesitaba una excusa para poner distancia entre su boca y la mía antes de que una recóndita, pecaminosa parte de mí se abalanzara violentamente sobre esos labios suculentos–. ¿Te gusta él?
La pregunta me hizo regresar los ojos hacia su cara.
–¿Quién?
–Nico.
Tragué visiblemente mientras intentaba dejar de pensar en la diminuta separación de nuestros labios.
–El señor D' Volci es un caballero cordial y amable.
–Te gusta, ¿no es así? –sus labios casi rozaban los míos al hablar. Su aliento me acariciaba.
Estaba volviéndome loca. Completamente loca. Me hizo retroceder hasta que mi espalda se encontró con el muro. Cuando apoyó su mano sobre éste, junto a mi cabeza, largué un gemido de dolor. Él frunció el ceño.
–¿Estás bien?
–Yo... sólo... –tartamudeé–. Es mi espalda, aún duele.
Lo decía en serio. La fricción contra la pared ocasionó que mi herida ardiera hasta casi arrancarme lágrimas.
–Lo lamento –se disculpó, todavía sin separarse de mi rostro–. ¿Me dejas ver?
En menos de un segundo, me había quitado su chaqueta y mi capa. No obstante, no sentí frío, sino todo lo contrario. Sentí su mano descansar en mi cintura antes de que la misma se deslizara lentamente hacia mi espalda, recorriendo mi espina dorsal. Cada uno de mis músculos se tensó cuando sus dedos rozaron la piel desnuda de mi espalda debido al escote. Sin advertencia, comenzó a desatar los lazos de mi corpiño. Y se lo permití.
Sabía que debía detenerlo. No podía dejar que me desnudase como lo había hecho en sueños. Pero era incapaz de moverme, mi cuerpo no respondía, mis rodillas se debilitaron. Tan pronto como la parte superior de mi vestido estuvo desabrochada, su mano escaló hasta mis hombros y comenzó a deslizar hacia abajo las mangas. Yo estaba enmudecida, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar fuera de mí.
Mi vestido se hizo un ovillo en el suelo. En el momento en que Sebastián advirtió que llevaba corsé, soltó un gruñido feroz. A pesar de eso, sus manos empezaron a trabajar en cada complicado broche y cordón, desatándolo uno a uno, despacio. Entretanto, su pierna se metió entre las mías, separándolas. Su rodilla estaba entre mis muslos. Luché para no jadear. Mi cuerpo picaba, ardía. Sentí la misma urgencia de desvestirme. El calor se había apoderado de mí.
Tras mi corsé, los vendajes envolvían mis pechos. Casi salté al sentir su mano sobre mis caderas, buscando el extremo de las vendas para comenzar a desenrollarlas. Empezó a retirarlas con lentitud mientras que su respiración acariciaba mis mejillas. En lugar de sentirme desnuda, sentí que respiraba por primera vez. Mi cuerpo estaba siendo liberado de una tortuosa jaula. Mi pecho se hinchaba y se hundía, porque podía, porque ningún corsé aplastaba mis costillas, porque los vendajes no aprisionaban mis endurecidos, palpitantes senos. Una sensación caliente se escurrió entre mis piernas, atenazando mi vientre.
Él me rodeó, situándose detrás de mí. Desde ahí, arrancó la última de las tiras de la tela que cubría mi torso. El brillo en su mirada hizo que sus ojos se pusieran vidriosos cuando logró despojar mis pechos. El rubor me cubría desde los pies hasta el último de mis cabellos pelirrojos.
Prácticamente grité cuando sus grandes manos ahuecaron mis senos. Mi cuerpo dio una sacudida salvaje, mi espalda se arqueó. ¿A dónde se había mi fuerza de voluntad? Sus dedos palparon suavemente mis tersos pezones. Lo sentí respirar con fuerza contra mi nuca, en mi oído. Me estremecí en sus brazos.
Sentí una mordida sobre mi hombro, sus dientes apretando con delicadeza mi piel. Un sonido gutural se escapó de mi garganta. Con un dedo, dibujó la cicatriz que se extendía a través de mi columna. Siseé por el ardor.
–¿Te duele? –preguntó de forma ronca cerca de mi oreja. Incapaz de hablar, asentí. Él mordisqueó el área de mi espalda que no estaba magullada. La sensación de placer permaneció sobre esa zona igual que otra cicatriz, una deliciosa–. ¿Qué tal ahora? ¿Te duele?
La nueva palpitación en mi piel me hizo olvidar el dolor de la herida. Únicamente sentía aquella área sensibilizada por su boca, por sus dientes. Justo ahí, ardía mucho más, mucho mejor. Negué con la cabeza.
–Estás temblando –murmuró. Cogió mi mano, la cual no paraba de oscilar bajo su tacto–. Luciana, tú nunca has estado con nadie –su tono estaba teñido por un borde de ira. Empujó mi hombro con el suyo al rodearme para ubicarse delante de mí. Sus ojos lanzaban llamas de rabia–. Me engañaste –me acusó, hablando con los dientes tan apretados que un músculo había empezado a palpitar en su mandíbula–. Me mentiste.
–¿Qué? –fue todo lo que conseguí decir, cubriendo mis pechos debajo de mis brazos. ¿Qué había hecho mal? ¿Qué lo había hecho enojar?
Deslizó sus manos por su pelo, suspirando de furia.
–Pensé... pensé que tú... ¿Por qué no me lo dijiste antes de que empezara a tocarte? ¿Por qué has dejado que te desvistiera? –agarró mis hombros y me agitó con fuerza–. ¡Nunca has estado con nadie! ¡Nunca un hombre te ha tocado!
Su irascible tono envió una oleada de pánico a mi organismo. Tirité.
–¡Pensé que lo sabías! ¡Pensé que era obvio! –me defendí.
Su mirada se estrechó.
–Lo era. Hasta que apareció esa carta en mi dormitorio, firmada por un tal "Conde Diácono".

32 comentarios:

Susy dijo...

Que bueno que todavía tengo tiempo para enviar la historia. Estaba algo preocupada por que quizás no tendría tiempo.

Pero me alegro de tenerlo

El capítulo genial

Anónimo dijo...

Pará pará this is too much!! Un catchdreamer? Cómo van a hacer para seguir y terminar juntos?
Sebastián qué te vienes a hacer aquí el victima pobre que no sabía que Luciana no había estado con nadie, te faltan 3 dedos de frente o qué? Además más allá de eso Luciana dejó que le hicieras todo eso, no es ninguna tonta ni ninguna nena, si te dejó que lo hagas, por qué será mmmm?? Aveces los hombres pueden ser tan cortos, jeez encima tiene el tupe de darse de ofendido de histérico. Y por qué la carta terminó en su habitación? Bueno veremos que pasa. Igual sigo sosteniendo que esa visión es parte pasado y me da la sensación que parte futuro también algo tiene que ver, veremos. Un beso.
MH

PD: Gracias por dedicarme el capítulo! :)

Susy dijo...

Ahora si comentare "largo". Este capítulo me ha dejado con miles de dudas, miles de teorías y miles de peleas en la cabeza.

Comenzare por decir que Nico y Sebastián son los causantes de mis dolores de cabeza. Estos dos tienen tantos misterios juntos. No puedo creer que Sebastián este muerto. Me siento más tranquila por Nico no lo mato, pero aún así estuvo presente y tuvo algo que ver. Me gustaría saber que fue lo que lo llevo a matarlo. Pero sólo me queda seguir leyendo.

Antes no quería que hubiera una relación entre Liciana y Sebastián. Ahora muero por que se besen. Aunque no te creas Puede que Seba me comience a gustar un poco , pero Nicodemus sigue siendo mi favorito. No puedo creer que el lleve más de 300 años muertos. Tanto cosas me vuelven loca.

Cuando vi las letras rojas creí que se acostarían. Por un momento lo pensé. Hablando del final tengo muchas teorías para lo que leí.

1. Sebastián y Nicodemus son la misma persona.
2. El cuarto era de Sebastián y no de Nico.
3. El cuarto era de Nico pero Sebastián entró vio la carta y por presentado la leyó.
4. Nicodemus le entrego la carta a Sebastián.
5. Nico se izó pasar por Sebastián en este capítulo.

Bueno son muchas cosas que pasan por mi mente pero esto me dejo en totalmente shock. Ahora lo otro es que no puedo creer que todas las pesadillas eran reales. Eso era totalmente wow. Esta historia siempre me deja en shock. No puedo creer que Jerry y Char no se casen. Quiero que terminen completamente juntos.

Bueno creo que he dado todos mis puntos. Cuídate adiós

Anónimo dijo...

Este cápitulo de verdad me ha dejado picando, estoy en shock como va a seguir esto? Sube rapido porfis

Anónimo dijo...

siiiiii por fin letritas rojas!!! igual no me gusto como sebastian reacciono y trato a luciana despues, quiero el primer beso yaaaaa, tantas cosas develadas y tantas por saber!! seguila!!

Anónimo dijo...

No puedo creer todo lo que ha sucedido en un solo capitulo, casi me matas steph! quiero mas letritas rojas, quiero otro capítulo ya!!

Anónimo dijo...

Se me habia olvidado que existia las letras rojas.
Este capito ha estado muy bueno. Estoy super ansiosa por saber que mas pasara.
Amo tus novelas.

Anónimo dijo...

Estoy ansiosa
Quiero leer mas y mas
Esta novela esta en es punto culminante
Es muy obvio que Nico sabe donde esta su esposa el no es estupido como piensa luciana
Y por mas convincente que ella hubiera sonado el sabe que ella se fue con sebastian.
Espero que no salga lastimado

Anónimo dijo...

Quiero leer masssss :( y si los capítulos fueran mas largos? jajjaja me encantaaa esta novelaaa, siempre te deja con las ganas de querer leer mas y mas . sebastian y Luciana= the perfect couple.

LittleMonster dijo...

IMPAKTADA jajaja

Estuvo increíble el capítulo' no se exactamente como describir como me siento sobre lo que acabo de. Leer estuvo woow esas. ,mariposas y lo del final aaawwww jajaja aunque no lo hicieron.completamente jaja y lo que te daba vergüenza escribir era lo del pezon¿ jajaja xd estuvo muy genial el capitulo igual que todo lo que escribes *-* sigue así ;) itiesyou see

Noelia dijo...

Pee...per... pero...Que forma de cortar el royo es este!!! Es inhumano!! jajajajaja
QUIERO LEER MÁS!!!!!!!!!!!!!!!!!!! Ya tenia ganas de un momento asi entre ellos. que ilusión!! ^^

Anónimo dijo...

Eustace.

Anónimo dijo...

):

Sherl dijo...

SOÑE CON ÉL.

NOMAME!!!


hahah te digo la verdad! NO ME GUSTO ESTA NOVE.




la verdad es que LA AMÉ ♥

no tengo mucho tiempo por que acabo de llegar de trabajar y encontre el ciber abierto, solo estoy esperando a que me echen!
espero y no subas capitulo asta despues del martes que viene! por qe trabajo de 12 a 11pm y descanzo los martes hoy no descanse por qe falto una putilla!!
;/ asi qe hermosa no subas asta elmartes OKAY!!!
si no me ases caso me voy a prostituir en la esquina de mi casa!! o voy a subastar mi virginidad! hahhahaha yaps
sobre todo por "virgen" aaahahahaha yaps!!
me voy mija cuidese pues!!
bye
te leo pronto!!!
by:Sherl

pd:see ya soon

Anónimo dijo...

Siguellaaaa..!!

Anónimo dijo...

Tu si que sabes matar la buena vibra tan bien q iba la nove

Anónimo dijo...

Me encantoo

Anónimo dijo...

Como las dejas asi quiero mas letras rojas

LittleMonster dijo...

PERFECT*_______*
NO PUEDO ESPERAR POR EL SIGUIENTE CAPITULOO!!
lo que te daba pena escribir era lo de los pezones? xd jajaja
Ese Sebastian es TODO un loquillo jaja xD
Se que esto no tiene nada que ver con el cap pero te queria comunicar jaja que mietras se acompletan los 30 comentarios para que subas capitulo leo novelas anteriores tuyas para revir momentos jaja xd Ultimamente estuve leyendo mas aya de la atraccion y el otro dia estuve hasta las 2 am leyendo sobre Damien y Ania <3
y de esta novela puedo decir que...
THIS IS JUST GETTIN' HOTTER AND HOTTER, SEXY AND HOTTER ;3

Mora dijo...

Letras rojas,ya las extrañaba.
¿Entonces las visiones de Luciana eran sobre el pasado? Oh.. :(
Cuando leí sobre la visión que tubo Luciana sobre Ania lo primero que pensé fue "¿Esta embarazada?" :O Pero ahora.. no se que pensar.
Déjame decirte que me eh convertido en una "lectora fantasma" eso es malo, pero capitulo que subes, capitulo que leo :D Desde ahora procurare comentar mas, dar a conocer mi opinión. Soy un poco tímida al escribir, creo que se nota :$

Adiós.

Anónimo dijo...

Quieroooooooooooooooooo leeeeeeeer masssss!!!!!!!!!!!!

Anónimo dijo...

IMPAKTADA! jajajajjajxd YA QUIERO LEER MaS!!!!!

Anónimo dijo...

step amo tus novelas me pareces una chica que sabe como entusiasmarnos con cada nove que haces, nos llevas al extasis y dejas que mi imaginacion vuele no he leido esta nove xq no puedo conectarme todo el tiempo pero intentare hacerlo o esperare a que la termines para descargarla I LOVE STEP

Anónimo dijo...

Me ha encantado bastante el capitulo.
Cada vez la historia se pone mejor.

Anónimo dijo...

sigela sigela sigela siiii???!! prontoooo!!!??? qiero..no correccion..necesito saber qe pasa despues siii?

pregunta..sebastian es el mismo dreamcatcher qe atrapa a las pesadillas de dimitri en angeles noctambulos???

-brenda

p.d.mencione qe amo tus novelas y qe aunqe casi nunca puedo comentar me paso segido por tu blog?

DANIELA dijo...

hola lei todos los libros y me encantaron....
casi nunca comento pero este capitulo me encaaanto , cuando vas a publicar el proximo ¿?

Anónimo dijo...

sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!sube!capitulooooo! pleaseeee?

Anónimo dijo...

hola me gustaron muchoo todoos los libros anteriores y este tambn , tienes muchooooo talento.
cuando vas a puplicar el proximo capitulo ¿?

Anónimo dijo...

COmentando tarde pero comentando, la única pregunta que tengo en la cabeza es cómo llegó esa carta a manos de Sebastián?

Anónimo dijo...

INCREIBLEE NOVELAA!!

Anónimo dijo...

OH POR DIOS!
Sebatian leyo esa carta!!!! en lugar de Nicodemus :O
NO PUEDE SER!! ya quiero seguir leyendoooo

Anónimo dijo...

hola steph queria decirte que me fascino el capitulo y que esta es mi novela favorita tienes mucho talento, sos una gran escritora, espero algun dia pasar por alguna libreria y ver tu libro y comprarlo, ok te dejo besitos

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