.

.

Translate

Nota: Está prohibida la republicación, copia, difusión y distribución de mi novelas en otras páginas webs.

domingo, 21 de julio de 2013

Capítulo 14: El Ladrón de Cortona






Capítulo 14: El Ladrón de Cortona

–No me toques –le gruñí a Nero, prensando los dientes.
El hombre sonrío de forma sórdida.
–Los rumores han llegado a mis oídos –me susurró–. Otra de las princesas se ha escapado, una bella pelirroja –cuando quiso tocar mi pelo, lo empujé–. El rey ha enviado tropas a buscarla. Ha dado órdenes secretas: "Si la encuentran, mátenla. Les daré una recompensa". ¿No se llamaba Luciana una de sus hijas? –volvió a acortar la distancia que nos separaba. Su aliento olía a sangre–. De pronto apareces tú, diciendo que trabajabas en el Castillo Real, revolcándote con nuestro capitán.
Forcejeé, despidiéndole una mirada desafiante.
–No me revuelco con nadie.
Se rió.
–También he oído que el joven Nico se ha casado, todos nos hemos percatado de que lleva un anillo. Se dice que arregló su matrimonio con una de las princesas. ¿No fue por eso que visitó al monarca? –cogí una daga de mi cintura para atacarlo. Me la arrebató con prisa–. ¿Crees que eres la única que ha sido entrenada por nuestro capitán? –arrojó el arma en la cama–. Ven aquí –me sujetó los brazos–. Me importa poco la recompensa, es por eso que no voy a matarte. Pero sé de otros soldados que necesitan dinero extra. Es posible que mi lengua hable de más, podría contar este secretito...
–¿Qué es lo que quieres?
–Qué inteligente –su mano me apartó el cabello de la frente mientras mi rostro trataba de esquivarlo–. Sólo quiero que me hagas un favor –observé sus ojos con rabia–. Desvístete.
Tal como Nico me había enseñado, metí una pierna entre las suyas para golpearlo en la parte trasera de su rodilla, haciendo que doblase la pierna. Nero escupió una maldición, recomponiéndose para volver a atraparme. Me agarró del cuello.
–Quítate la ropa si no quieres que lo haga yo.
Moví mis piernas tratando de aporrearlo en la entrepierna al mismo tiempo que él esquivaba los asaltos.
–¡Sucio cerdo! –le increpé–. ¡Haré que corten tu cabeza! ¡Y no sólo la que está sobre tus hombros!
Largó una risotada.
–¿Tú harás eso? ¿La princesa a la que el rey quiere muerta?
Intentó besar mi boca mientras yo sacudía la cabeza de un lado a otro, emitiendo alaridos.
–¿Qué diablos haces?
Al oír hablar a Galeo, Nero se detuvo, sin soltarme. Este último le lanzó una sonrisa triunfal.
–El capitán ha traído una nena para nosotros. Mira –luché con sus manos, que intentaban retirar mi pechera–. Hace tanto tiempo que no estamos con una mujer...
–¡Bastardo animal! –escupí.
–¡Suéltala! –Galeo lo agarró desde atrás, lanzándolo al suelo–. ¿Estás demente?
Su compañero negó.
–No, estoy necesitado. Es distinto.
Respiré dificultosamente.
Cuando Galeo intentó tocar mi brazo, salté, evadiendo su tacto.
–Calma –me dijo amablemente–. No voy a tocarte si no quieres, ¿bien?
Asentí, mirando de manera suplicante sus ojos.
–No se lo digas a nadie. No pueden saber que soy mujer. Por favor, por favor.
Galeo hizo un gesto de asentimiento.
–No le diré a nadie.
Le eché un vistazo a Nero, que estaba poniéndose en pie.
–¿Qué hay de él?
–No le dirá a nadie, tampoco. Tienes mi palabra de guerrero.
El joven tenía unos bonitos ojos claros, parecían indulgentes.
–Gracias –musité, corriendo fuera de la tienda.
En las afueras del toldo, tropecé contra el férreo pecho de mi esposo. Mi esposo. Tenía que acostumbrarme a llamarle así. Al sonido de la palabra en mi boca, incluso en mis pensamientos. Lancé mis brazos a su alrededor, descansando mi mejilla contra su corazón. Mi piel estaba más pálida que el papel.
Sus brazos me correspondieron, rodeándome.
–¿Qué ha pasado?
A mis espaldas, Nero y Galeo salían de nuestra tienda. Nico me obligó a levantar el rostro, poniendo dos dedos bajo mi barbilla.
–Mírame, ¿te han hecho algo?
Negué con la cabeza.
–Galeo lo impidió.
Cada músculo en su cuerpo se puso rígido.
–¿Nero ha intentado tocarte? –luego de una pausa, fui capaz de asentir. Él me separó de su cuerpo para examinarme–. ¿Estás bien?
–Sí, no consiguió hacer nada.
–¿Estás segura?
–Sí.
Su mandíbula se tensó.
–Expulsaré a ese cabrón de aquí.
Comenzó a marcharse, dando pesados pasos.
–Espera –lo detuve, asiendo su brazo–. ¿Es cierto que mi padre ordenó mi asesinato?
El príncipe miró a su alrededor, verificando que nadie estuviera escuchando. Despidió un lento suspiro.
–Sí –confirmó en voz queda–. Incluso, cuando tu hermana Micaela escapó, ésa siempre fue la orden. Capturarla para matarla.
Mis ojos se ampliaron.
–¿Por qué no me lo dijiste?
–No era necesario. Estás a salvo conmigo.
–¡Micaela podría estar muerta ahora!
–No ha sido encontrada, ni lo será. New York es una ciudad enorme, repleta de gente. Además, ella reside en una academia segura.
–Oh por Dios –froté mi nuca con una mano–. Mi padre es un monstruo. ¿Cómo es capaz de matar a sus propias hijas?
–Su Excelencia –un soldado apareció para hablarle a Nicodemus. Un dolor palpitante estaba creciendo dentro de mi cabeza–. Correspondencia.
Le entregó un sobre sellado con el símbolo del monarca. Él comenzó a leer la carta mentalmente, con los ojos puestos sobre la letra de manera intensa. Parecía que en cualquier momento su mirada chamuscaría la hoja de papel. Cuando hubo terminado, aplastó la correspondencia en su puño.
–¿Qué es lo que dice?
No me contestó, regresó silenciosamente a su tienda. Lucía furibundo, abatido. Se sentó en la mesa de escriba, garabateando palabras sobre un papel amarillento. Demoró unos minutos escribiendo, de vez en cuando exhalaba con irritación o reposaba su frente sobre su puño cerrado.
–¡Galeo! –llamó al guerrero, que no tardó más de un minuto en presentarse. Le entregó el sobre con la carta que acababa de redactar–. Envía esto a nuestras legiones aliadas.
–Sí, señor.
–Ah, también informa a Nero que está expulsado.
A pesar de que Galeo pareció levemente sorprendido por eso, no protestó antes de retirarse.
–¿Qué sucede? –interrogué a Nico.
–Tan pronto como rescatemos a Sebastián, ejecutaré un alzamiento contra tu padre. Atacaremos el castillo.
Sus palabras me dejaron perpleja.
–No puedes hacer eso –refuté–. Mis hermanas estarán en el castillo. ¡Ellas corren peligro!
–¡Tengo que hacerlo! –me alzó la voz–. Toma, lee –me entregó la carta que el rey le había enviado, la cual era una bola arrugada en su puño.

En tres días, nuestras legiones militares ejecutarán a cada ser mágico, hereje, o practicante de hechicería que habite en el reino de Etruria. Será un exterminio total de adultos, niños, mujeres y ancianos. Además, serán quemadas las grandes bibliotecas. Cualquier archivo, documento o libro esotérico de magia, embrujos o conocimientos intelectuales, debe ser destruido. Perseguiremos a los escritores, filósofos, gitanos, piratas y científicos. Serán cerradas las fronteras con mayor seguridad que la habitual, de modo que nuestros pobladores no sean capaces de huir, ni tengan acceso al mundo mortal. Así como también será prohibido el ingreso de extranjeros. Sobrevivirán únicamente los mortales, esclavos, militares y nobles.
Te escribo para que tus legiones sean partícipes de este acontecimiento. No debe quedar con vida ninguna persona que me supere en poder. No es algo admisible. Soy el rey, por lo tanto, la entidad más poderosa que debe morar en este imperio. Darle tanto poder a los campesinos, o pobladores corrientes, supone un riesgo para mi mandato. Ellos podrían usar su magia en mi contra, lo que me dejaría indefenso. Tengo temor de que ya se esté planeando mi muerte.
Sé que puedo confiar en ti y en tus hombres para manejar este asunto. Te pido discreción, los aldeanos no deben saber acerca este asunto hasta el mismo día de la matanza. No quiero que logren huir ni planear alzamientos o rebeliones.
La mañana del exterminio, publicaré una proclama que dictamine esta medida, la cual será nombrada como "Gran Sacrificio a los Dioses". Se informará a cada pueblo que los dioses han hecho un contacto divino conmigo, exigiendo un gran sacrificio de sangre mágica para que las calles sean finalmente limpiadas de herejes. Se les dirá que nuestras deidades han prometido la paz plena para el reino luego de que se les fuera otorgada la sangre.

Lord Vittorio el Grande,
Majestad Imperial y Real.

En mi mente permaneció grabada la letra cursiva de mi padre, su firma en tinta roja. O sangre. Mis ojos ardían, por lo tanto dejé que se cerraran. Tras mis párpados habían quedado impresas sus palabras.
–Las legiones de mi padre superan a las tuyas en número –murmuré–. Si se entera de esto, exterminará a todos tus hombres.
–No va a enterarse –rebatió Nicodemus de forma queda–. Y tengo aliados.
Mis ojos llamearon cuando encontraron los suyos.
–Estás poniendo en peligro a demasiada gente. Esto es una locura.
–¿Demasiada gente? –levantó las manos–. Luciana, tu padre acabará con demasiada gente. ¡Eso es una locura! Soy etrusco, tengo más de trescientos años. Y, desde el día de mi nacimiento, este reino ha estado sumergido en la oscuridad. La dinastía de los Morte estaba conformada por un montón de sanguinarios. Cuando su gobierno se hundió, las personas pensaron que verían el amanecer, sin embargo, nunca salió el sol. Massimilianus y la princesa Charity habrían puesto fin a ese sufrimiento. Pero, como no lo hicieron, es mi deber acabar con esto.
–He trabajado duro durante años para obtener mi lugar entre los cortesanos, dentro de la nobleza y en el mismo ejército. Me he ganado la confianza de ese maldito, miserable monarca. Tengo todo el poder que necesito para impedir ese jodido holocausto. Si dejo que toda esa gente muera, jamás me lo perdonaré.
–¿Puedo participar en la sublevación?
Me fulminó con un gesto.
–¿Te has vuelto loca?
Quería estar ahí, porque una paranoica parte de mí deseaba protegerlo. Él estaba arriesgando demasiado. No quería que algo le pasara, que nadie le hiciera daño. Aunque sabía que probablemente no sería más que una carga.
–Si algo sale mal y mi padre continúa siendo el rey...
–Nada saldrá mal.
Me froté los ojos cansados.
–Bien, eso es lo que tú crees. Pero, ¿sabes la condena que pagan los traicioneros y conspiradores? El rey te torturaría y, cuando tu cuerpo no fuese capaz de resistir, te decapitaría para exhibir tu cabeza por todas las aldeas.
–Lo sé –fue lo único que repuso.
Suspiré, mi pecho se sentía apretado.
–Cuida de mis hermanas –le rogué–. Por favor, no dejes que nada les pase.
Él tomó mis manos en las suyas.
–Lo haré, te lo prometo –su mano en mi mejilla guió mi rostro hacia el suyo–. Confío en ti, ¿lo sabes? Entrenaremos rigurosamente durante los próximos días para que seas capaz de ejecutar el rescate de Sebastián. No pondría a mi mejor amigo en manos de ninguna otra persona.
Asentí, conteniendo algunas lágrimas que amenazaban con humedecer mis ojos.
–Lo sé.

Había sombras azules serpenteando encima de la hierba, cerniéndose sobre mí, enmascarándolo todo. Acababa de verlo. A Sebastián. Había venido a buscarme en sueños. Pero luego había salido corriendo como alma que lleva el diablo.
Me precipité tras él, levantando mis faldas para evitar pisarlas. Podía oír sus pasos, incluso oler su aroma. ¿Dónde estás, Sebastián? La desesperación estaba empezando a derrumbarme. ¿Dónde estás? ¿Por qué te escapas de mí? Mis mejillas estaban empapadas con frías lágrimas. Necesitaba verlo, tocarlo, saber que estaba bien.
Alguien me atrapó, enganchando mi cintura. Mi corazón latió con más vehemencia. Sin embargo, cuando me giré para mirarlo, la decepción me golpeó. Era Nicodemus.
–Acabo de verlo –jadeé.
–Lo sé –me confirmó el príncipe–. He estado días buscándolo en esta dimensión, pero no lo he hallado. Sabía que él estaría en tus sueños.
Liberándome de la sujeción de mi esposo, continué corriendo. Lo encontraría, lo haría.
Por favor, no te vayas.
Distinguí su chaqueta de cuero, su cuerpo oculto entre los arbustos.
–Sebastián –vociferé.
Él avanzó por encima de un inestable puente de madera que unía dos montañas separadas por un acantilado. Me paré al inicio de puente, vacilando. Lo vi detenerse en medio, su cuerpo girando despacio para capturar mi mirada.
Me estremecí, respirando de manera entrecortada. Nos miramos durante largos segundos, hasta que decidí caminar hacia adelante con prisa. Apenas había dado dos pasos cuando Sebastián saltó al vacío.
Y desperté.

Estaba temblando de pavor mientras exploraba los foscos pasillos adyacentes a los calabozos. Esta vez deseaba que fuese un sueño. Me encontraba sola, sabiendo que Nicodemus hacía guardia en la entrada del espeluznante castillo y que sus soldados aguardaban en los alrededores por si algo salía mal. Ese pensamiento no me reconfortaba.
Mis músculos todavía quemaban por las inexorables horas de entrenamiento a las que me había sometido en los últimos días. Al mismo tiempo, habíamos estado viajando hacia Populonia para el rescate.
–Lo harás bien –me había animado Nico antes de que me filtrase en el edificio–. Si todo sale bien, esta será una misión de estrategia en lugar de fuerza. Tú eres inteligente, sabrás qué hacer. Yo te entrené, no hay forma de que falles.
Ahora estaba poco segura de eso. Tenía náuseas, mis piernas se sentían temblorosas. Con las manos sudorosas, me alisé el uniforme, que constaba de una armadura de cuero con símbolos del reino grabados en tela o hierro.
Tenía que resistir. Por Sebastián.
Descendí a través de los escalones de piedra que me darían acceso a las tenebrosas mazmorras subterráneas donde no había atisbo alguno de luz. En mi mente, recordé las líneas irregulares del mapa que tanto habíamos repasado al planear la estrategia. Podía escuchar todavía la voz de Nico, dándome las indicaciones, advirtiéndome que cuidara de mis espaldas, que no cometiera un solo error.
Mis pasos fueron silenciosos mientras bajaba, mis manos se aferraban a las paredes, dejando el rastro de mis dedos sobre la capa de polvo y telarañas que servía de tapiz. Oí sollozos, gritos, gemidos. Un nudo se formó en mi garganta al pensar en que uno de esos sonidos podría estar siendo emitido por Sebastián.
El ambiente cada vez se hacía más denso, pegajoso y caliente. Era difícil respirar, había vapor ardiente flotando en el entorno. La ropa se me estaba pegando al cuerpo y el cabello a la frente. ¡Divinos dioses, ¿era aquí en donde mantenían a los presos?!
Un rumor atroz surcó el aire, erizando los vellos de mi nuca, suscitando que mi cuerpo se sacudiera. Fue como un rugido, una respiración ronca. Había sonado de manera tan estridente que podría haberlo emitido un cíclope gigante. ¿Qué demonios era ese ruido?
Una andanada de vapor seco y ácido me rodeó, nublando mi visión un poco más, aunque ya era suficiente con las tinieblas que cerraban el espacio. Yo estaba al final de la escalera, lanzando miradas hacia arriba, anhelando permanecer en ese mínimo, escaso esplendor que procedía de la superficie. Una vez que me adentrara en los túneles, no volvería a verla otra vez.
Encendí una cerilla. Al segundo siguiente, me quedé petrificada. Mis labios se separaron, mis ojos se ampliaron, mi garganta se secó y mis rodillas trepidaron, aflojándose. Había una criatura de tamaño monumental protegiendo la entrada a las mazmorras, recostada sobre el empedrado, profundamente dormida.
¡Santísimo Cristo!
Yo ni siquiera era cristiana, pero en ese momento parecía correcto usar la expresión. Había un dragón bloqueando el paso. Éste tenía unos seis metros de altura y otros seis más de anchura. Y sus alas eran inclusive más amplias que su cuerpo, a pesar de que estaban plegadas en su espalda.
–Esto –musité con un jadeo–, definitivamente no estaba en el mapa.
La bestia cuidaba de que ningún condenado se escapara. Pero, ¿qué tal si una inocente e inofensiva adolescente de cabellos rojos quisiera entrar? A pesar de que el dragón dormía, mi sangre estaba poniéndose helada por el pánico que barría mi cuerpo. Mi sudor se convirtió en una sustancia fría y espesa, mi rostro estaba perdiendo todo su color.
Comencé a retroceder, asustada. ¿Debía derrotar a este monstruo? Respiré pesadamente. Si quería salvar a Sebastián, lo haría. Tenía que hacerlo. Yo había sido entrenada mejor que esos caballeros en armadura dorada que vencían dragones.
Sin embargo, no era necesario recurrir a la violencia, ¿verdad? Quizá si pudiera pasar por encima de su cuerpo escamoso sin despertarlo... Claro, qué buena broma. Me atraparía y me devoraría con sus asesinas fauces. Luego me hospedaría en su ardiente estómago por el resto de mi vida.
De un momento a otro, la criatura chilló como el mismo demonio. Fue tan repentino que dejé caer el fósforo antes de precipitarme escaleras arriba, a gatas. Las escalinatas se convirtieron en polvo luego de que el dragón las derrumbara de una embestida.
Solamente el tamaño de su pata superaba el de mi cuerpo entero. Y lo supe porque me aplastó con ella, tan fuertemente que el mundo se volvió aun más oscuro de lo que era. No podía respirar, ni siquiera para dar un alarido. Con debilidad, moví mis manos hacia mi cintura, buscando mi espada. La empuñadura se sentía demasiado pesada, demasiado fría.
La piel escamosa del dragón era tan gruesa que fue difícil penetrarla. Tan pronto como la hoja atravesó su carne, la bestia dejó escapar otro agudo aullido estrepitoso. Con cada una de sus pesadas respiraciones, su nariz escupía llamaradas de fuego ardiente. Estaba enfurecido, a punto de abrir su boca para tragarme en vida.
Cerré los ojos cuando advertí sus intenciones de embestirme. Y recordé lo que mi madre siempre decía acerca de la música. Yo era demasiado joven cuando murió, no obstante, todavía mi mente albergaba una única imagen de ella acunándome en sus brazos, cantándome. Porque la música ahuyenta a los demonios y calma a las bestias.
Comencé a tararear mi nana favorita, esa que siempre tocaba en el piano, la que ella me había enseñado. Después de su muerte, era mi hermana Dolabella quien me la cantaba en aquellos momentos en los que ambas teníamos miedo. En los que nos preguntábamos por qué había tenido que irse tan pronto, por qué había dejado solas a un montón de niñas que la necesitaban.
Respiré hondo, lo suficiente como para empezar a cantar las palabras en voz baja. Su letra era triste y melancólica. Se trataba de cómo decir adiós cuando todo lo que querías era nunca marcharte.
La canción estaba funcionando. El dragón parecía atontado por la melodía. Se había quedado quieto, con su cabeza ladeada, escuchándome balbucear. Le oí dar un gimoteo, como si llorara. Me empujó con cuidado con su hocico.
Si se tratara de un cachorro, habría sido dulce. Pero ese gesto me había lastimado, sin mencionar que su respiración ardiente casi derrite mi armadura.
Y estaré... –canté–, a tu lado por siempre. Guardándote en mi corazón.
La criatura soltó un bufido cuando me detuve. Entumecida, me incorporé. Cada uno de mis huesos y músculos rabiaban por el dolor que los agobiaba. Envainé mi espada nuevamente, colocándola en mi cintura. Me aclaré la garganta.
–Soy la princesa Luciana –susurré. A pesar de que toda la escena había sido menos que silenciosa, esperaba no seguir causando escándalos, en caso de que no se hubiesen percatado del reciente desastre. Me reí suavemente–. Normalmente es el caballero quien rescata a la princesa del dragón, pero creo que este es el caso contrario –la bestia aproximó su formidable rostro hacia mí. Una sola de sus escamas era del tamaño de toda mi cara. Le acaricié con cuidado–. ¿Me dejarías entrar?
El dragón se tumbó, cerrando los ojos para continuar durmiendo. Me levanté, cantando otra estrofa de la nana. Caminar era un proceso tortuoso. Besé el rostro de la bestia antes de comenzar a escalar sobre su cuerpo. Rogaba para que no moviera las alas y me lanzara por los aires.
Nicodemus me había enseñado a escalar árboles, edificios y montañas. Nunca dragones. La única diferencia era que éstos eran más calientes que cualquier otra superficie. Cuando llegué hasta el otro lado, oí ruidos. Pasos, chillidos metálicos, jadeos, respiraciones, golpes.
Eché a correr hacia la despótica negrura, escuchando los más terribles lamentos inhumanos que había oído en mi vida. Sabía que estaba rodeada por celdas en las que habría hombres encerrados pidiendo piedad. Aun así me atemorizaba mirar, no quería encender otro cerillo. Aquello que se oía no era nada parecido a ruidos de personas.
Había un sonido que me era familiar. El sonido de los látigos al estrellarse contra la carne de un hombre. Me estremecí. ¿Estaban siendo azotados en ese instante? A juzgar por los gritos, era probable. ¿Podría ser Sebastián el que gritaba?
Si quería encontrarlo, necesitaba ver. Encendí un fósforo. Hubo gruñidos de protesta.
Estos presos habían estado tanto tiempo sin ver la luz que aquella nimia luminosidad les hería las retinas. Mis ojos se adaptaron a la escasa irradiación del fuego, reconociendo formas, rejas, paredes.
Santa mierda.
En muchas de las celdas había demonios Charontes que torturaban a los condenados. Eran bestias de gran tamaño, con pieles de colores, dientes filosos y cuernos sobresaliendo de sus cabezas. Ellos también estaban encerrados, con el único propósito de servir como verdugos castigadores. Algunos sostenían látigos, con los cuales flagelaban a los hombres. Otros llevaban hachas para mutilarlos.
En algunas de las celdas se amontonaban hasta veinte personas, todos desnudos, apretujados, hambrientos, sedientos, sucios, heridos o ciegos. Inclusive había mujeres, algunas embarazadas. Tragué grueso, temblando. Jamás había visto algo tan horrendo o cruel.
¿Dónde estaría Sebastián?
Mientras daba rápidas ojeadas a las celdas, en su búsqueda, los presos estiraban sus manos a través de los barrotes, llamándome, rogándome, berreando. Algunos gemían la palabra "agua", o "comida". Otros simplemente emitían sonidos, pues sus lenguas habían sido cortadas o arrancadas.
No podía mirarlos por demasiado tiempo, se me encogía el corazón y me daban arcadas. Recé en voz baja a los dioses para no encontrar a Sebastián en esas condiciones. Sentí el fuego de la cerilla quemándome los dedos y la solté para encender una nueva. De repente salté cuando alguien me tocó el hombro, apretándolo ligeramente. Me di la vuelta, con la espada en mano.
–Luciana, soy yo.
No pude ver absolutamente nada, pero distinguí la voz de Nicodemus. Envainé mi arma.
–¿Qué haces aquí?
Encendí otro fósforo, contemplé la tétrica imagen de su pálido rostro entre las sombras.
–¿Estás bien?
Sentí sus manos sobre mi cuerpo, examinándome. Me tocaron las piernas, las caderas, el abdomen, la cintura, ascendiendo sobre mis brazos y hombros hasta detenerse en mi rostro.
–¿No te ha hecho daño el dragón? Lo siento, yo no tenía idea de que había un... –jadeó–. Tenemos que irnos, debemos abandonar la misión.
–¿Por qué? –interpelé, consternada.
–Cuando eché a Nero, informó a los guardias del lugar sobre nuestros posibles infiltrados. Ellos nos están buscando para capturarnos. Hay una salida oculta en alguna parte…
Me liberé de su agarre.
–No me iré a ninguna parte sin Sebastián.
–Luciana, no es el momento. Si nos arriesgamos ahora, caeremos todos.
Me enfurecí.
–No podemos dejarlo más tiempo en este lugar. ¡Esto es el infierno!
Hubo estrepitosos sonidos, pisadas, destellos de colores iluminando los pasillos.
–Ahí vienen, corre.
Su mano atrapó la mía, halándome. Por encima de mi hombro, lancé miradas hacia atrás, donde unos veinte hombres nos perseguían con antorchas de fuego mágico en sus manos.
–¡Nico! –le grité a modo de advertencia.
Cuando se dio la vuelta, una lanza penetró en su escudo.
–Maldición –se quejó mientras trataba de arrancarla. La punta era curva, lo que impedía que la retirase, de modo que la vara se arrastraba por el suelo–. Tendré que deshacerme de esto.
Arrojó el escudo antes de coger una flecha del carcaj para dispararla a nuestros adversarios. Disparó una tras otra, haciendo que varios hombres cayeran. No obstante, eran demasiados. Y también estaban armados. En un abrir y cerrar de ojos, Nicodemus estaba tendido en el suelo, con una lanza en medio del estómago. Grité, arrojándome a su lado.
–¡Vete, corre!
Negué.
–No te dejaré aquí.
–Luciana... –respiró con dificultad–, vete, estaré bien.
Tomé su mano.
–Nico...
–Saca la lanza –gimió. Dudé–. ¡Hazlo ahora!
Retiré el arma de su cuerpo cuidadosamente, cerrando los ojos para evitar mirar. Había un charco de sangre a su alrededor. Apreté su mano con fuerza mientras él daba respiro profundo, invocando su poder para sanar sus propias heridas.
Esos pocos segundos bastaron para que los guardias de las mazmorras nos rodearan de cerca. Una decena de armas apuntaron hacia nuestras cabezas. Estábamos perdidos. Mi sangre se sentía gélida y espesa en mis venas, como el hielo, mi respiración salió entrecortada de mi boca.
Trastabillando, me levanté para arrojar uno de mis guantes a modo de desafío. Desenfundé la hoja de mi espada y me puse en guardia. Luché contra el temblor de mis manos mientras sostenía la empuñadura con fuerza. Nadie atacaba, todavía.
–Quiero tener un duelo con su capitán –jadeé en voz alta para ser escuchada por todos–. Si gano, nos liberarán. Y a Sebastián Von Däniken, el ladrón de Cortona. Si pierdo, pueden colgarme si así lo desean.
Los hombres murmuraron gruñidos, otros largaron carcajadas. Un soldado, con el casco bajo su brazo, se abrió paso entre los demás, poniéndose delante del grupo. Era atractivo, un poco más alto que yo, con sutiles pecas por toda su bronceada cara. Me miró de arriba abajo con una sonrisa maliciosa.
–Luciana –Nicodemus me susurró en el oído, halando mi brazo para que retrocediera.
–A eso le llamo buen negocio –reconoció aquel muchacho joven que parecía tener el liderazgo de un capitán.
Uno de los guardias protestó.
–Capitán, no hay forma de que les liberemos.
Me sacudí para desasir el agarre de Nicodemus antes de que el capitán contestara. Su sonrisa se iba haciendo cada vez un poco más amplia mientras me escudriñaba.
–No hay forma de que me gane. Es un niño escuálido.
Nico tiró con fuerza de mí, arrastrándome más lejos de los guardias.
–¿Estás loca? ¿Quieres que te hagan pedazos?
Me zafé una vez más de sus manos.
–Estaré bien. ¿Es que no me has entrenado correctamente?
Maldijo entre dientes.
–Dejen que tome su lugar –se opuso ante los guardias.
El capitán se rió.
–No debes retractarte una vez que has movido al peón. ¿Qué pasa? ¿Te has dado cuenta de que tu alfil podría haberse comido a mi torre?
Nicodemus se adelantó un paso.
–Si aceptas combatir conmigo, te ofrezco un duelo a muerte.
Una risa perversa brotó del soldado.
–El chiquillo ya me ha ofrecido su cabeza, sin esa posibilidad de perder la mía. ¿Qué más puedo pedir?
Una distancia corta separaba a los dos capitanes, Nicodemus cada vez se ponía más cerca, haciendo notar el desafío.
–¿Eres un marica cobarde? –empujó su pecho, obligándolo a retroceder–. ¿Me tienes miedo?
El guardia largó un gruñido desde su garganta.
–¡Póngalo en una celda!
Los hombres se abalanzaron sobre él, quien comenzó a dar una batalla ardua mientras vociferaba insultos. Intenté abrirme paso entre los guardias.
–¡Nico! –le llamé–. Todo va a estar bien, ganaré el duelo, lo haré por ti.
–No puedes, Lucia... No puedes –sacudió la cabeza al tiempo que sujetaban sus brazos para esposarlo–. No dejaré que lo hagas.
Aun debajo de la espesa lobreguez, sus ojos brillaban al igual que dos zafiros. Cuando capturé su mirada, el tiempo pareció detenerse.
–¿Acaso no confías en mí? –protesté en voz alta–. ¿No fuiste tú el que me entrenó? ¿No eres tú aquel que piensa con la cabeza fría?
Por primera vez su temperamento calmado se había salido de control.
–¡Confío en ti! ¡Es en ellos en los que no confío!
–Te prometo que estaré bien –le grité mientras se lo llevaban lejos de mí–. ¡Voy a sacarlos de aquí a los dos, lo juro!
–Yo... –comenzó a balbucear–. Escucha, si algo sucede –jadeó–. Yo te...
–¡Cállate!
Un guardia le asestó un golpe en el estómago con una vara de hierro que terminaba en una bola pesada repleta de púas. Nicodemus largó un grito, doblándose. Pronto lo vi desaparecer en medio de la oscuridad y sus alaridos fueron opacados por los de los presos.
–Desenvaina –me apuró el capitán de los guardias.
Su afilado sable ya estaba en su mano, la hoja parecía letal y ligera, al contrario de la mía, que era pesada y menos poderosa. En eso, estaba en desventaja. Pero yo era más delgada, más veloz.
Tomé una posición defensiva, aguardando su ataque desesperado. Tan pronto como se lanzó hacia mí, eludí su movimiento, interponiendo mi propia arma. El sonido de los metales al estrellarse fue estridente. De inmediato, intentó dirigirme una segunda estocada, la cual desvié de una patada.
Si yo no mostraba señales de ataque, él lo haría incesablemente. Pero terminaría agotado, su resistencia se disiparía. Eso lo había aprendido luchando contra Nico. Debido a que su fuerza me superaba, había ideado aquella estrategia. Claro que él no había tardado en descubrir mi coartada. Al final de la batalla, me había felicitado, recordándome que actuaría mejor en el próximo duelo.
Mi oponente actual probó hacer un corte en mi pierna, pero di un raudo salto en retroceso. Sus intentos constantes de ataques le dejaban bastante desprotegido, sobre todo en su costado izquierdo. En su siguiente embestida, empujé la hoja filosa con el pie.
Una sonrisa burlona estaba esbozada en su cara. Casi pude leer sus pensamientos al advertirla, dibujada con el resplandor colorido del fuego de las antorchas. Él creía que estaba perdida, que únicamente me defendía porque era incapaz de atacar.
Tuve que reprimir una sonrisa de triunfo.
–Algún día te cansarás de evitarme –me susurró en un tono cínico.
–Algún día te cansarás de atacarme –repuse.
Sentí que la punta de su arma me rozaba el brazo, un escozor ardiente hizo flamear mi piel. Ahogué un grito justo antes de interponer mi bardiche entre su espada y mi cuerpo. Sin dejar la posición de guardia, me moví hacia adelante para darle un golpe recto en la muñeca, el cual causó que su bonito sable cayera.
Observé el arma en el suelo, pensando en la posibilidad de atraparla. Uno de los guardias le tendió otra espada al capitán y, en menos de un segundo, estaba atacándome nuevamente. Hice una finta, a fin de que mi adversario lanzara un contraataque, el cual bloqueé.
El hombre maldijo entre dientes. Pude ver el sudor abrillantando su cara debajo del casco. Estaba conteniendo los jadeos. Se estaba fatigando. Sus siguientes ataques fueron más urgentes y torpes. Estaba siendo más fácil de lo que pensaba que sería.
–¿Sabes qué? –mascullé–. Tienes razón, me he cansado de defenderme.
Lancé un golpe al costado que tenía desprotegido, pero él se movió con gran velocidad, eludiéndome. Intenté otro movimiento y volví a fallar. Su risa reverberó entre las paredes de aquella cueva subterránea donde escasamente había aire para respirar.
Mi brazo herido estaba sangrando, podía sentir el líquido caliente manchando las telas de mi ropa. De una gran patada al pecho, le hice retroceder. Utilicé esos segundos para caminar hacia la derecha, hacia el lugar en el cual había caído su anterior sable. Si tenía suerte, no se percataría de mis intenciones.
Me agaché para atacarle en la pierna, pero la ventaja de altura le permitió golpearme en el cuello con su pie. El dolor explotó en mi nuca, extendiéndose por toda mi espalda. Cogí el sable del suelo justo cuando mi visión empezó a llenarse de manchas oscuras.
Lentamente, me desplomé sobre la arena roja, de rodillas. Mis músculos se negaban a responder a mis órdenes. ¿Por qué pesaban tanto mis brazos y piernas? ¿Por qué mis ojos no veían más que negrura si estaban abiertos? La desesperación se estaba apoderando de mí.
¡No! No podía desmayarme. No ahora.

30 comentarios:

Susy dijo...

Tu siempre sorprendiendome con cada capítulo.
Estuvo muy bueno.
Pobre de Luciana.
Espero que no le pasen nada a sus hermanas.
Nicodemus es un amor.
Lamento no comentar más, pero tengo que irme

Anónimo dijo...

¡¡¡¡¡¡¡¡que emoción!!!!!!!+me encanta y me muero de ganas de saber que sigue, creo que el capitulo catorce ha sido un poco corto :(

Mora dijo...

¡Si! :D
Creo que no podremos competir contra Susy. Ella es un guerrera._.
Bueno, no tenia ni idea de el pacto de paz, también se aprende historia contigo, eh ^-^ Me pregunto que mas esconde tu cabeza..
Como siempre, no has dejado con ganas de mas, eso no es justo. ¿Que pasara con el soldado escuálido? O_O
Creo que tendré pesadillas, esas horrendas cárceles.. No quisiera que ellos se quedaran allí y fueran torturados :c En realidad no creo que nadie quisiera quedarse allí.

Bueno, recuperate pronto.

Anónimo dijo...

no sabia qe ya habias subido cap! dios tarde tanto en leerlo!:S creo qe definitivamente esa es la razon porqe no hay tantos comments! se juntaron bastante rapido:D ahora el cap...
me dejaste con el corazon en la boca! nico!D: qe paso con nico??? no lo pueden tener tmbn a el! nooo porfavor a nico nooo!
y luciana! qe le paso!? dime qe no se desmaya! tiene qe vencerlo!
...yyy cap 14 y nisiqiera le han dado una besito a luciana? en tus novelas para el cap.14 ya van mas alla del besito!:P no me qejo sinceramente no soy la mas grande fan de la letras rojas pero soy unacursi total y me encanta cuando haces la parejita*.*

espero ansiosa el sigiente cap! espero qe se junten pronto los 30 comments!:D
-brenda(:

alice;) dijo...

nunca fallas de hacer emocionantes los capitulos! ya kiero el sigiente

LittleMonster dijo...

Steph, you let me spechless, so speechless!!!
Estuvo increible el capitulo!!!
Quiero seguir leyendo T.T
Me encanta la cancion de Miss Jackson! <3__<3 es perfecta!
Sebastian en un imbecil Goddamn! But I love him anyway!!! Mr. Von Däniken
Jajaja :D
Tengo una pregunta para ti! Que opinas de Lady Gaga? mire que la sigues en Twitter y me dio curiosidad xD

Anónimo dijo...

Hey steph el capitulo estuvo AAAMAZIIING!!!! Y los lectores no comentaaan!!!! y yo queriendo leer mas :S
Hey! Quisiera saber si antes de que dejes de publicar en el blog sabremos que paso con Josephine y Aita, con charity y jerry, con damien y ania, etcetera. Por que si no...me mataras T.T
Y realmete quiero saber las respuestas de Eustace a mis preguntas! D:

Eunicess dijo...

Steph te advierto que sí Nicodemus se queda sólo al final de la historia cogeré un vuelo a Venezuela para ahorcarte. (no olvides lo anterior)
Nico le hiba a decir que la amaba. Estoy muy segura de eso. Dios me estoy muriendo con esta novela. Sólo esperó que no le pase nada a Nico. Estoy enamorada de ese hombre jajaja.
Vale me a encantado un montón el CAP.

Anónimo dijo...

Estoy en trauma total.
Por eso amo a Nico.
El es bello de pies a cabeza y hasta del corazón.
Iba a decir que la amaba. (tenía que ser eso)

Anónimo dijo...

Sin comentarios.
Estoy muerta

Susana dijo...

Estoy super desesperada por saber que era eso que Luciana no le dejo decir a nico. Es que nico me hace suspirar. Por extra~o que paresca quiero que Sebastian regrese. Pero eso no significa que comience a quererlo mas que a nico. Nico me gusta mas que Sebastian. Este capitulo estuvo muy bueno y Lucy tiene muy mala suerte.

Anónimo dijo...

Creeme que no pude dormer despues de leerlo. Este cap estuvo en sobre nivel.

LittleMonster dijo...

Se que esto no tiene nada que ver con el capitulo....
Donde esta el novio de Joey? AI TA!
jajajajaj entendiste? xd
ok necesito una vida :/ jaja
Hey ya no he visto a Joseph Blade twitear. Dile que queremos saber como esta? jaja

Anónimo dijo...

un dragonnn!!! bien ya puedes considerar tu historia de princesa completa:D a ninguna historia de princesas le falta dragon;)
muuy emocionante el capitulo! ya qiero saber ke pasa
~por alguna razon amo los dragones*.*

Lú dijo...

qe iba a decir nico???D:
tengo qe saber! sigela plis?

Daniela.M.B dijo...

muuuy bueno este capitulo , pero me dejo muuuuy intrigada....!!

Anónimo dijo...

Necesito a Nico fuera de la prisión. Luciana siempre se desmaya en el peor momento.
Más le vale salvar a todos.
El capítulo me encanto

brenda(: dijo...

steph te tengo una peqeña anecdota qe contar...resulta qe mi mama insiste en llevarme a hacer ejercicio con ella y esta bien y todo, el punto esqe ayer no me estaba sintiendo muy bien en la clase de spinning(es con bicicletas:P) a la qe me llevo y al final ya sentia qe se me doblaban las piernas y tenia muy revuelto el estomago pero como terca qe soy termine la clase...al final en los ultimos estiramientos se mi me nublo horrible la vista y las piernitas se me doblaban, ahora cualqier persona normal hubiese pensado "me debo sentar" pero no! yo lo qe pense fue "ha! asi qe asi es como se sentia luciana al final del capitulo!"
bien solo era para hacerte saber lo traumada qe estoy con tu historia:D
sube pronto! cuidate bye(: -brenda

Anónimo dijo...

La novela se pone cada vez mejor

Anónimo dijo...

Vale, vale
Cada vez me estoy volviendo más loca.
Nico mi vida resiste. Luciana tiene que sacarte de ahí.

Terelú dijo...

Realmente me encanta este libro.
Primero me disculpo por el tiempo en que no te leí. Muchas cosas.
Pero sin duda me ha encantado. Está genial.
Debo de Admitir que me gusta mucho Nico aunque Sebastían también.

Yo sólo espero un final como CP2. Hahahaha I WILL BE GREAT.

Muchos saludos y besos espero que este mejor, Sé que la varicela es lo peor. Pero no dejes que te venza. ¡No te rasques!

haha

Terelú xx.

Anónimo dijo...

venga que ha estado buenisismo el capitulo y que ya me quiero leer el siguiente

Anónimo dijo...

Me encanto el capitulo

Anónimo dijo...

Este capítulo me ha dejado con la mandíbula en el piso.
Ha estado estupendo.

Anónimo dijo...

Excelente capítulo
Nico es tan aksjaksjajsk Lo amo

Anónimo dijo...

I love Nicco but I've choosen Sebastian <3

Anónimo dijo...

Nico es mi amor platónico
El es hermoso.
Pobre liciana

Anónimo dijo...

Espero que pronto estés bien de la varicela
El capítulo genial
Luciana es bien testadura y dan ganas de ahorcarla

Anónimo dijo...

No puedo creer que esta novela sea tan buena

Anónimo dijo...

Me ha encantado
Liciana siempre se desmaya cuando no debe.

VISITAS

.

.