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lunes, 5 de agosto de 2013

Capítulo 15: Princesa de Acero, Jaula de Cristal





Capítulo 15: Princesa de Acero, Jaula de Cristal

Con toda la energía que me quedaba, levanté el sable para bloquear el ataque que terminaría por hacerme desfallecer. Hice el intento de ponerme de pie, pero otra patada me devolvió al suelo. Desde ahí, me las apañé para golpear la rodilla del capitán con mi talón. Aquello casi le hace caer, pero también le encolerizó.
Tuve que rodar a través del suelo para prevenir su siguiente estocada. No obstante, la hoja tocó mi rostro, haciéndome un corte profundo en la barbilla. Sentí que las lágrimas comenzaban a picar en mis ojos.
No podía quedarme ahí, sabiendo que cualquier cosa que le sucediera a Nico, o a Sebastián, sería mi culpa. No podía pensar en ellos siendo torturados al igual que el resto de los condenados. Debía ganar el duelo. Tenía que hacerlo.
Me puse de pie, limpiándome la sangre de la cara con el brazo. La fricción áspera de la tela de mi camisa contra la incisión de mi mentón me produjo aun más ardor. Siseé, sosteniendo un arma en cada una de mis manos. Mi adversario me contempló serenamente, esperando a que realizara un movimiento.
Me abalancé sobre él, hundiendo el sable en su brazo. Mientras lo rodeaba para colocarme a sus espaldas, le escuché gritarme un obsceno insulto. Antes de que pudiera girarse, clavé mi bardiche en la parte trasera de su pierna, derribándolo. Pateé su columna para después aplastarlo contra la arena. Puse mi pie sobre su nuca, asegurándome de que su cara fuese arrastrada por el suelo.
Apunté a su corazón con su propia espada y sonreí.
–Eso es una victoria.
Gimió bajo mi peso.
–No creo –impugnó.
Se dio la vuelta para atrapar mi pie, lanzándome a su lado. Coloqué mis dos armas delante de mí, deteniendo sus furiosas patadas. Arrojó su espada y cogió mis muñecas con fuerza, tratando de obligarme a soltar mi armamento.
Forcejeé, pero sentía que su fuerza me quebraría los huesos en cualquier momento. Tuve que abrir mis puños, dejando caer las espadas. Antes de que pudiera levantarme, me pateó en las costillas, las mismas que tenía fracturadas desde hacía días. Lancé un feroz grito. Él me agarró de los hombros y me alzó hasta que estuve de pie. Permanecer en esa posición me costó un esfuerzo sobrehumano. Me tambaleé de un lado a otro.
–Te mataré, cabrón –respingó, impeliéndome contra las celdas de los prisioneros.
Los barrotes gruesos golpearon con fuerza todo mi cuerpo, mis débiles huesos parecieron crujir. Todo estaba dando vueltas... Sus manos apretaron mis brazos hasta dejar moretones por toda mi piel. Chillé, revolviéndome bajo su agarre. El tipo se reía.
–Gritas como un marica.
La rabia estaba haciendo que mi rostro se encendiera.
Me dio un puñetazo en el estómago, arrancándome el aire del cuerpo. Luché para respirar, pero nada parecía funcionar. Mi visión comenzó a nublarse de nuevo. Entonces el hombre me escupió en la cara y sentí, por primera vez en mi vida, deseos de asesinar a alguien con mis manos desnudas.
Me lancé hacia adelante y mordí su nariz. Oí sus gritos mientras mi cuerpo temblaba por la presión que ejercía mi mandíbula en el mordisco. Sentí su sangre en mi boca, su piel hendiéndose entre mis dientes. Sentí satisfacción pura.
Metí una pierna entre las suyas a fin de derribarlo. Cuando lo logré, le arrojé una potente patada en la entrepierna y levanté el sable del suelo para apoyarlo contra la palpitante vena en su garganta. Quien ahora lloriqueaba como nena, era él.
–Te mueves y te mato. Lo juro.
–¡Arréstenlo! –vociferó a sus guardias.
Mi rostro se descoloró cuando sus hombres comenzaron a arremeter contra mí, inmovilizándome.
–¿Qué creen que están haciendo? ¡He ganado el duelo! –lancé una última patada al capitán–. ¡Le exijo que me suelte! ¡También a lord Nicodemus y al ladrón de Cortona! ¡Se lo exijo!
Quería gritar a los cuatro vientos que estaban tratando con la princesa de Etruria, futura reina. Pero recordé que ellos me estarían buscando para acabar con mi vida, de modo que toda mi autoridad serviría para una mierda en este instante.
–¿Qué significa esto? ¡¿Teníamos un trato, maldito infeliz!
–Sobre eso... Yo no pacto con delincuentes –me contestó de forma descarada entre risotadas mordaces. Tenía una mano en su nariz, como si la sujetara en su lugar para evitar que la piel se desprendiera.
–¿Delincuente? –clamé–. Tú todavía no sabes lo que eso significa. ¡La próxima vez que te vea, te arrancaré los ojos y los tragaré! ¡Te arrepentirás de haber nacido! ¡Lo harás!
–Quiero que lo interroguen –le dijo a sus guardias–. Podría ser un brujo o un rebelde. No dejen que escape.
Fui arrastrada hacia una cámara cerrada, sin ninguna ventana, solamente iluminada por las antorchas de los hombres. Continué berreando e insultando, a pesar de que sentía tanto dolor en el cuerpo que todo lo que deseaba hacer era tumbarme a llorar.
A la fuerza, me ataron en una silla. Mis manos estaban apresadas en los soportes de madera que ésta tenía para inmovilizar a los interrogados. A la habitación entró un inquisidor y un verdugo. Los fulminé con una mirada de odio. Con un escalofrío, noté que las paredes de piedra se encontraban cubiertas de instrumentos de tortura.
–¿Cuál es tu nombre? –fue lo primero que dijo el inquisidor. No contesté, mantuve mi mirada de desprecio sobre sus ojos–. ¿Eres sordo? ¿No has escuchado que te hice una pregunta? –cuando se acercó para sujetar el cuello de mi camisa, tuve ganas de escupirle–. Quítale toda la ropa –le ordenó al verdugo–. Si lo azotamos, quiero que duela en su carne desnuda.
Comencé a sacudirme en la silla, pateando, empujando mi peso hacia adelante. El verdugo puso la punta de una espada sobre mi clavícula.
–Si te mueves, te rebano la piel a tiras, ¿me oíste?
Cerré los ojos con fuerza para que no notasen mis lágrimas. Me quedé quieta, respirando con pesadez. Quería rogarles que me dejaran en paz, pero no iba rebajarme. Mantendría mi orgullo.
Nicodemus había tenido razón. A pesar de que había ganado el duelo, ellos no habían cumplido con su palabra. Me las pagarían. Iban a pagármelas con sangre. Nadie podía hacerle daño a Sebastián o a mi esposo. No sin sufrir de mi ira.
Juro, por cada dios de los cielos, que mataré a esos hombres con mis uñas y dientes.
Sentí que la tela de mi ropa se desgarraba y tirité. Escuché que todos en aquella habitación comenzaban a hacer una baraúnda de carcajadas victoriosas.
–Pero si eres mujer... –me susurró el inquisidor, jalándome del cabello para tirar de mi cabeza hacia atrás–. Vamos a divertirnos tanto –se dirigió al verdugo–. ¿Alguna vez has visto algo como esto? ¡Una mujer infiltrada entre soldados! –le hizo una seña–. Quítale los pantalones y amarra sus pies.
Moví mis piernas salvajemente, chillando. Lancé un potente alarido cuando la hoja de la espada del verdugo me cortó en el muslo. Decidí dejar de moverme y apreté duramente mis dientes para impedir que se me escaparan los sollozos. Hicieron jirones de mi vestuario, despojándome incluso de la ropa interior.
Tan pronto como estuve enteramente desnuda, ataron mis tobillos a las patas de madera de la silla. Había tres heridas sangrantes sobre mi cuerpo, una en mi brazo, otra a lo largo de mi mandíbula y aquella reciente en mi muslo. Además de unos cuantos moretones por todos aquellos golpes que había recibido.
–Ya que te gusta ocultar tu identidad... –empezó a departir el inquisidor–. Dime, ¿eres una bruja?
Cuando no dije una palabra, vaciaron un balde de agua sobre mí. Agua con sal. Grité con desesperación, sintiendo cómo las cortaduras en mi piel ardían. Temblé y, aunque deseaba acurrucarme en la silla, no podía. Mi columna estaba tan firme que dolía. Las lágrimas no paraban de derramarse sobre mi rostro.
El inquisidor me jaló el pelo otra vez.
–Quieres que te ahoguemos en un pozo, ¿verdad, putita? ¿Eres una perra bruja o no? –le mostré mis dientes manchados con la sangre del capitán de la prisión–. ¿Cómo te llamas? ¡Contesta! ¿Estás planeando una rebelión?
Mi cuerpo daba sacudidas por el dolor, mi piel continuaba escurriendo agua, sudor, sangre y lágrimas.
–Mi nombre es Luciana Winterborough, tu puta reina –gruñí desde mi garganta.
Sabía que estaba cometiendo un error, pero no podía seguir permitiendo que me humillara de esa manera. El hombre pareció sorprendido, luego incrédulo, como si fuera a largarse a reír. Después comprendió mi identidad.
–¡Ésta es la mujercita que se ha escapado del castillo! –informó al resto de sus vasallos antes de largarse a reír de forma estrepitosa–. Alteza –murmuró cerca de mi rostro–, tu padre está ofreciendo una formidable recompensa si le entregamos tu carne pútrida en un frasco. Parece que acabas de hacerme millonario...
Hice un intento de morderlo, pero reaccionó de manera veloz, retrocediendo.
–Cuéntame, ¿cómo viniste a parar aquí, princesa? –el sonido de mi respiración era entrecortado, mi pecho ascendía y descendía pesadamente–. ¿Sabes lo que les hago a las personas a las que no les gusta hablar? –desenfundó una daga, situándola cerca de mi rostro–. Les corto la lengua.
Con sus dedos, quiso forzarme a abrir la boca. Moví la cabeza de un lado a otro hasta que me obligó a inmovilizarla, sujetándome con una mano.
–Saca la lengua, maldita zorra –cuando metió sus dedos en mi boca, los mordí–. ¡Ah, perra! –se quejó antes de abofetearme el rostro con un fuerte impacto. Mi mejilla se resentía como si tuviera una quemadura en ese lugar–. ¡Azótala! –le gritó al verdugo–. ¡Córtale un dedo! ¡Arráncale las uñas!
Un sollozo ahogado se escapó de mi boca.
–Te ordeno... –respiré–, que me liberes, sucio bastardo.
Despidió una risa satírica y cruel.
–Y después podría enterrarme un puñal en el pecho para tu sádica satisfacción personal, ¿no? –le disparó una mirada al verdugo–. ¿Qué estás esperando? ¡Azótala!
El verdugo comenzó a golpearme en las piernas con un pesado barrote repleto de púas. Mis intentos por moverme en la silla terminaron por desgarrar la piel de mis tobillos y muñecas. Sin embargo, no podía evitarlo, el dolor me hacía retorcerme. Las espinas de metal atravesaban mi carne, dejando marcas por todo mi cuerpo.
–¡Confiesa! –me presionó el inquisidor–. Tú y tu amiguito planean liberar a los presos para comandar un alzamiento, ¿cierto?
–¡Basta, basta! –bañada en llanto, le rogué al verdugo para que se detuviera–. Sólo quería liberar a... –dejé escapar un alarido al sentir que la vara de plata me quebraba un hueso del brazo–. Por favor –musité sin aliento–, basta. Déjenme en paz, se los ruego.
–Eso es... ya empiezas a comportarte –el inquisidor miró al verdugo–. Libérala, daremos un paseo con la princesa. Querrá hablar cuando vea cómo trabajan los prisioneros en el exterior.
–Va a aterrarse, está acostumbrada a los lujos –se burló el verdugo al tiempo que liberaba mis manos–. ¿Debería colocarle pesas?
–Sí, hazlo.
El alivio que sentí fue rápidamente sustituido por más miedo y dolor. El castigador colocó aros pesados de plomo alrededor de mis tobillos y en mis antebrazos. No puso uno, sino varios de ellos en cada extremidad. El peso no me dejaba ponerme de pie, ni siquiera alzar un centímetro los brazos.
–Levántate –demandó el inquisidor con una sonrisa déspota en el rostro.
Aunque lo intenté, las pesas me estaban paralizando.
–¡Que te levantes! –reiteró el verdugo, vapuleándome con aquel barrote.
Lloré desconsoladamente.
–No puedo –admití con la voz quebrada.
Ellos se rieron como si jamás se hubieran reído en sus vidas. Un ruido ensordecedor y maligno salía de sus bocas.
–No puedes –repitió el inquisidor–. ¡Qué linda! –el verdugo volvió a atacarme. Prensé la mandíbula, gritando para mis adentros–. ¿No querías ser libre? ¡Huye entonces!
–Por favor...
–¡Cállate!
Agarrándome por el cabello, consiguió pararme sobre mis pies. Creí que mis hombros se separarían de mi torso debido al excesivo peso que llevaba en las muñecas. Dolía como el infierno.
–Voy a sostenerte así –me susurró el inquisidor al oído mientras enlazaba un brazo alrededor de mi cintura, desde atrás–. Te exhibiré ante los presos, desnuda –con su otra mano me agarraba del cabello para mantener mi cabeza contra su hombro–. Y te haré preguntas que deberás responder correctamente, ¿de acuerdo? –asentí con la cabeza, aterrorizada–. Ya sabes lo que sucede cuando los reos contestan de manera incorrecta. ¡Camina!
Se burló cuando no me moví, pero comenzó a empujar mis pies con los suyos, haciendo que avanzara lentamente. Atravesamos una serie de túneles y escalones hasta salir al exterior, donde, al igual que en las mazmorras, los hombres y mujeres se quejaban entre gemidos fantasmales. Ellos también estaban desnutridos y mutilados. Repletos de cicatrices y quemaduras graves hechas por el ardiente sol.
–Hay dos tipos de condenados –me explicó el inquisidor–. Aquellos que residen en los calabozos, sin ver nunca la luz del sol, siendo torturados día y noche por demonios Charontes, sin recibir una pizca de agua o comida. Hasta que mueren –hizo una pausa–. O aquellos que trabajan debajo del implacable sol, o sometidos al congelante frío nocturno, sin recibir agua o comida. Hasta que también mueren. ¿A dónde prefieres ir después de tu juicio?
Ninguno de los prisioneros se detuvo para mirarme desfilar desnuda. Ellos eran maltratados si se distraían de su trabajo. Todos llevaban las mismas pesas que yo en sus pies y manos, solo que estos eran obligados a levantar rocas que superaban su tamaño con ellas puestas.
Mi pecho se apretó al descubrir que incluso había niños condenados. Pero estos se encargaban de trabajos menos forzados, como levantar baldes de agua o hacer añicos rocas con una pica. Eran tratados peor que mulas de carga.
Era igual de terrible morir aquí o allá abajo.
Mi cuerpo fallaba, queriendo derrumbarse en el suelo y jamás volver a moverse. Todo lo que anhelaba en este momento era morir, rápido. Sabía que las cárceles eran malas, pero jamás había imaginado esa magnitud de sufrimiento. Mi mente ni siquiera había sido capaz de visualizar una cosa tan perversa.
Había estado tan ciega. En realidad no conocía a mis hermanas, o a mi tirano padre. O al mundo exterior fuera de las paredes lujosas del castillo. Había vivido tantos años encerrada en una burbuja, metida en una jaula de cristal. No conocía el dolor verdadero, o el hambre, o la agonía.
Mis ojos habían dejado de llorar, parecía que no me quedaban lágrimas en el cuerpo. Mi espina dorsal ardía por el esfuerzo que hacía para mantenerme erguida. Continuamos avanzando y procuré cerrar mis ojos para evitar ver los horrores que me rodeaban.
Escuché que unos prisioneros eran obligados a cantar el himno etrusco, seguido de un enunciado de amor y lealtad al monarca. En Etruria se practicaba el culto imperial, obligatoriamente.
–Repite después de mí –me decía el inquisidor–. Juro lealtad y adoración eterna a Lord Vittorio el Grande, Majestad Real e Imperial –hice lo que me pedía–. Y soy una maldita puta.
–Malnacido –le insulté entre sollozos.
–¿Qué? –puso su oreja más cerca de mis labios–. ¿He escuchado mal o no has dicho lo que te ordené?
–No diré una mierda, desgraciado.
–Ah, no dirás una mierda –me empujó, arrojándome sobre la arena. Las pesas me impedían levantarme–. ¿Estás segura de que no dirás una mierda? –me pateó por todas partes–. ¿Estás segura?
Desde el suelo, a través de mi visión empañada, reconocí a uno de los presos. Tuve que mirar varias veces para creerlo.
Sebastián.
Llevaba su torso desnudo y sus pantalones de cuero, desgastados por el sol y los azotes. Tenía los pies descalzos, sangrantes. Al igual que yo, llevaba aros de plomo en sus tobillos y sobre sus antebrazos, además de uno en el cuello, solo que éste tenía púas de hierro oxidado que se le clavaban en la piel y una larga cadena pesada, la cual sostenía uno de sus verdugos.
Era tirado del cuello igual que un perro. Pero eso no era todo. Él se encontraba arrastrando una carroza en la que dos hombres regordetes estaban sentados, regodeándose mientras bebían vino y comían frutas o pan. Cuando cayó de rodillas, incapaz de seguir soportando el peso, fue flagelado.
–¡Levántate, perro! –voceaban los hombres.
No obstante, había algo que era aún más impresionante en la escena. Sebastián tenía un par de alas mutiladas sobre su espalda. Eran un montón de plumas ensangrentadas encima de la carne desgarrada de su dorso. Cada una tenía aproximadamente un metro de largo, pero, quizás en su estado normal, habrían medido dos metros enteros y espléndidos.
Mi respiración comenzó a fallar. Las bocanadas de aire que intentaba tomar eran inútiles, porque mis pulmones parecían negarse a funcionar. Iba a morir ahora, ¿verdad? Ésta era la muerte que mis visiones me habían sugerido.
De pronto, se escuchó un aquelarre de gritos y sonidos tumultuosos. Mi inquisidor había dejado de patearme, pero yo seguía tumbada, sin poder moverme. Levanté la mirada, sintiéndome cegada por los calurosos rayos solares del atardecer. En alguna parte, la voz de Nicodemus exclamaba órdenes.
–¡Libérenlos a todos! ¡Suelten a todos los presos!
Habían llegado sus soldados.

Cuando me desperté, seguía doliendo cada parte de mi complexión. Cada músculo, cada hueso, cada pequeña laceración palpitaba. Tenía miedo de abrir los ojos y encontrarme con las tinieblas absolutas de los calabozos. Tenía miedo de descubrir que delante de mí habría un demonio sujetando una fusta, esperando para hacerme más daño.
Comencé a llorar, tal vez de dolor, tal vez de miedo. Unos silenciosos gimoteos se escaparon de mi garganta cuando sentí la suavidad de un tacto. Tuve el impulso de moverme hacia atrás, porque esperaba ser lastimada, salvo que no fui capaz de mover un solo dedo. Sin embargo, cada uno de mis músculos se puso rígido por la tensión.
Ahora lo entendía. La renuencia de Sebastián a ser tocado por mí.
–Tranquila –esa voz provocó que me relajara–. Calma, soy yo.
Nicodemus me apartó de la frente algunos mechones de cabello. Abrí los ojos, deseando verlo sano y salvo. La luz hizo arder mis retinas, por lo que parpadeé varias veces antes de acostumbrarme a ésta. Paulatinamente, su imagen se fue aclarando. Comencé a vislumbrar el color azul de sus ojos, sus preciosos rasgos.
Ignoré el dolor que sentía para arrojarme en sus brazos, sollozando igual que una pequeña. Besé sus mejillas una y otra vez, deleitándome con la sensación de su cara sobre mis labios. Había pensado que no lo volvería a ver, que jamás podría sentirlo de nuevo. Estaba tan sorprendida de haber despertado incluso.
Con una mano me abrazó mientras con la otra acariciaba mi cabello corto.
–Está bien, todo está bien –me susurró–. Estoy a tu lado y no dejaré que nada malo te pase nunca más. Te lo prometo –se alejó para ver mi rostro lloroso–. Espero que algún día me perdones, porque lo lamento tanto...
Rodeé sus hombros con mis brazos, atrayéndolo más cerca.
–No es tu culpa –balbuceé. Era yo la que había insistido en participar en el rescate de... Me enderecé–. ¿Dónde está Sebastián?
Observé mi entorno, dándome cuenta de que nos encontrábamos en una tienda de campaña. Lo que significaba que estábamos en el campamento, a salvo. Pero ¿y Sebastián?
Nico me dedicó una sonrisa.
–Él está... –vaciló–, está bien. Lo logró, lo logramos.
Había una nota extraña en su tono de voz.
–¿Y tú? –sujeté su rostro en mis manos.
Toqué con un dedo su boca rota. Aparte de eso, había un moretón sobre una de sus cejas y otro más pequeño en su pómulo, el cual estaba comenzando a tomar colores amarillos y verdes. El resto de su cuerpo estaba cubierto bajo su ropa y armadura.
–Estoy bien.
Le miré con ojos de súplica.
–¿Estás seguro?
–Sí –me confirmó–. Eres tú quien debería recostarse y tomar esta medicina –cogió una taza de la pequeña mesa a su lado–. Es un té de hierbas que alivia las peores dolencias.
Noté que mis heridas estaban todas envueltas en vendajes, o cubiertas por pomadas. Además de eso, estaba vestida con una de sus camisas, la cual me cubría desde el cuello hasta la mitad de mis muslos. No pude evitar que mis ojos se abrieran un poco más al tiempo que mi rostro se sonrojaba. Bebí un par de tragos del brebaje amargo que me ofrecía.
–¿Puedo verlo? –murmuré.
Él sabía que hablaba de Sebastián.
–No –negó sin dilación–. No creo que ninguno de los dos esté preparado para eso.
–¿Por qué no? –le cuestioné, consternada.
–Hazme caso, ¿sí? –me besó en la frente–. Tengo que partir ahora, la masacre de tu padre ha comenzado. Y también el ataque al castillo. Prométeme que tendrás cuidado.
–Yo...
–Prométemelo.
–Lo prometo –dije–. ¿Dónde está él?
Me dio una mirada de reproche.
–Luciana...
–Por favor.
–No te muevas –empujó mis hombros hacia la cama–. Debes reposar.
Se puso de pie para marcharse.
–Nico –se volvió–. Cuida de mis hermanas.
Su breve pausa me asustó.
–Te prometí que lo haría. Siempre cumplo lo que prometo.
Cuando salió de la tienda, me percaté de que cojeaba.
No esperé siquiera dos minutos antes de empezar a vestirme. Me puse la ropa que Nicodemus guardaba en su baúl. Todo me quedaba grande, pero serviría. El peor de los impactos lo sufrí cuando me miré en un espejo. Estaba tan delgada, tan pálida. Había cicatrices en mi piel y manchas oscuras bajo mis ojos.
No parecía esa joven que iba a bailes cada noche en vestidos elegantes, intentando impresionar a algún joven príncipe. No parecía aquella apasionada al arte y a la poesía, que todo lo que esperaba de la vida era que un caballero sensible se enamorase de ella. Fue tan duro no reconocerme en mi propio reflejo.
Levanté mi camisa, reparando en que todas mis costillas eran visibles debajo de una fina capa de piel blanca. Mi abdomen parecía hundido, los huesos de mis caderas eran más protuberantes. Había rasguños y moretones en cada pedazo de mi cuerpo. Todos dolían.
–¿Tienes hambre? –interpeló alguien.
Al girarme, hallé a Galeo, que sostenía en sus manos un plato con estofado de arenque. El olor cálido hizo que mi estómago protestara. Estaba famélica.
–¿Has visto a Sebastián? –le pregunté.
–¿Von Däniken? –asentí–. Está en su tienda.
–Ya vuelvo.
Pasé junto a él con prisa, dejando la carpa.
El campamento estaba instalado más cerca del pueblo que la última vez. Había sanadores y comerciantes por doquier, vendiendo medicinas o curando a los soldados respectivamente.
–¿Dónde duerme Sebastián Von Däniken? –pregunté a una persona al azar–. El ladrón de Cortona –expliqué.
Para mi sorpresa, la joven me señaló una de las tiendas situada cerca del bosque. Prácticamente corrí hacia ese lugar, dando traspiés. Me sentía absolutamente ansiosa y temerosa al mismo tiempo. Lo había extrañado tanto, había pensado tantas veces en él. Estaba desesperada por verlo, por tocarlo, por abrazarlo, por olerlo.
No sabía, ni imaginaba, lo que me esperaba dentro de esa tienda,  tan solo deseaba que no fuese tan malo. Esperaba que estuviera bien, que me recibiera en sus brazos, que me consolara, tal como su mejor amigo lo había hecho. No obstante, lo que encontré fue peor.
Él estaba sentado en su cama, utilizando únicamente unos pantalones. Estaba limpio, pero sus heridas seguían sangrando. No estaban siquiera cubiertas. No se veía nada bien. Sus alas habían desaparecido, pero su espalda estaba hecha un desastre. La piel se hallaba atrozmente desgarrada por la fustigación.
En su cuello había terribles surcos que comenzaban a infectarse, las magulladuras le cubrían cada pedazo de piel. Tragué grueso, porque me dolía demasiado verlo de esa forma. El lugar estaba atestado de un humo espeso de aroma extraño, debido a que él estaba fumando de una pipa.
–¿Tú quién eres? –dijo sin prestarme atención mientras dejaba la pipa sobre un tronco de madera que le servía de mesa.
Esa frase me quebró el corazón.
¿Tan distinta estaba? Ni siquiera me había reconocido. Nicodemus me había mentido. Ya no era hermosa, ni era la misma.
–Soy Lucius –terminé de entrar en la carpa–. Soy el nuevo escudero del Sr. D' Volci.
Se hizo un incómodo silencio.
–¿Te ha enviado a ti para joderme un poco más?
–No...
–Escucha, vete –me miró fijamente, sin sospechar de mi identidad–. No quiero hablar con él, o con nadie. Y tampoco quiero a ningún puto médico.
Tragué el nudo en mi garganta.
–Yo...
–Mira, si quieres hacer algo por mí, tráeme un trago fuerte, cualquier cosa con alcohol. Pero no se lo digas a tu capitán, ¿de acuerdo?
El pecho me estaba doliendo con fuerza.
–Sebastián –fue todo lo que conseguí balbucear de manera trémula.
Lo vi fruncir el ceño.
–¿Qué?
¿Es que me había borrado de su memoria? ¿Por qué no reconocía mi voz? A él le gustaba que pronunciara su nombre.
–¿Te encuentras bien? –inquirió, contemplando mi rostro con detenimiento–. Eso debe doler –señaló su barbilla, indicando la abertura en mi mentón–. ¿Quieres? –me ofreció su pipa–. Es opio.
Me senté en la silla que había frente a su cama y tomé la pipa.
–¿Opio?
–Ya sabes, la planta adormidera. Ayuda con el dolor.
Advertí que sus pupilas estaban pequeñas, contraídas, y me pregunté cuán drogado estaba. Había sombras profundas bajo sus ojos. Inhalé de la boquilla de la pipa al tiempo que el ácido humo inundaba mi boca, extendiéndose por todo mi organismo. El efecto fue un inmediato mareo que me causó náuseas. Comencé a toser.
–Esto... esto es fuerte –me quejé.
–¿Estás bien? –Sebastián se quedó mirando mis ojos de manera curiosa–. No debes excederte, es peligroso. Esto es morfina en estado puro.
–¿No crees que deberías dejar que te vea un médico?
Extendí mi brazo para tocar los agujeros que había dejado el collar de púas sobre su cuello. Él capturó mi lastimada muñeca con su mano.
–No me toques.
Gemí porque su agarre estaba hiriéndome.
–Bien, no voy a tocarte.
Froté los enrojecidos surcos que habían quedado marcados en mi piel debido a los pesados brazaletes de plomo. Sebastián tenía unos iguales, pero más profundos. Lo vi apagar la pipa de opio, apartándola de mi vista.
–¿Sabes algo? –masculló–. Eres agradable, más que Nico.
–¿Están peleados?
–Lo odio –refunfuñó–. A él y a esa princesa.
Sentí que mi corazón se hacía pedazos.
–¿Quién? –jadeé sin aliento.
–Su nombre es Luciana, pero prefiere que la llamen señorita Winterborough. Por su culpa pasé por ese infierno. Era como... como revivirlo todo de nuevo. Nicodemus, la princesa y su padre son los jodidos responsables. Los desprecio.
¿Cómo podía hablar de esa manera? Estaba haciéndome daño. Mi cabeza emitió una pujante punzada de dolor.
–Estoy seguro de que no fue así...
–Si viniste aquí para defenderlos, vete.
–No –sacudí la cabeza–. Quiero decir, tal vez tienes razón.
En ese momento quería huir de ahí para ponerme a llorar. Pero al mismo tiempo quería permanecer a su lado, cerca, sin que me odiase. No podía decirle que estaba hablando con la princesa en persona. Quizás era capaz de matarme si se enteraba. Había tanto resentimiento en sus ojos, tanto fuego.
–Tengo razón –me corrigió mientras cogía dos cervezas que se encontraban ocultas en el fondo de un baúl. Destapó una botella, ofreciéndomela.
–¿Cómo... –tragué saliva–, cómo es ella?
–Oh –bebió un trago de su cerveza antes de esbozar una pequeña sonrisa pícara–. Es una mujer preciosa, de esas a las que te imaginas desnuda desde el primer momento en que la miras –sentí el calor ascendiendo a mi cara a través de mis venas–. Tiene pecas. Ocho, para ser exactos, repartidas sobre su nariz.
¿Sabía cuántas pecas tenía? ¿Las había descubierto en la cara de Lucius? Tuve que resistir el impulso de cubrirme las mejillas o esconder mi rostro en alguna parte. Por suerte, él miraba hacia otra parte, como si estuviera tratando de formar la imagen en su mente.
–Sus ojos –continuó–, son del color verde oliva más intenso que podrías imaginar. Suelen parecer gemas. Hay fuego en su interior. Pero al mismo tiempo es tan delicada, tan frágil. Tiene los sueños que una niña tendría. Cree en el amor y en un montón de mierdas bonitas que no existen –estacionó su mirada en la mía–. Se sonroja por cualquier cosa. Y eso me gusta. Escuchar mi nombre en sus labios es como acariciar el cielo. Tiene una boca astuta.
Observé sus labios, los cuales tenían un pequeño rasguño que bien lo podrían haber hecho mis dientes. En mi mente, me imaginé moviéndome hacia adelante, aplastando mi boca contra la suya, lamiendo esa apetecible carne rosada.
Mi piel se estaba quemando, la sangre en mi cuerpo hervía.
–¿Qué más? –jadeé sin aliento.
–Tiene el cuerpo de una diosa. Tantas veces soñé acariciarlo por completo...
No pude soportarlo otro segundo. Me moví hacia adelante y besé sus labios.

30 comentarios:

LittleMonster dijo...

MAGNIFICOO! ASOMBROSO! ESTOY DEMASIADO EMOCIONADA! SIGUE ASI STEPH!!!!

Noelia dijo...

Pensé que la tortura no acabaría!!
Oh dios mio, no me agusanto a ver la reacción de Sebastian pensando que le está besando un chico!jajajajaj
Me ENCANTÓ el capitulo.
Publica pronto! ^.^

Compases Rotos dijo...

Hola, nos encanta tu historia.
Aquí tienes nuestro blog por si quieres pasarte y dar tu opinión:
http://compasesrotosips.blogspot.com.es/

Daniela dijo...

dioooos este fue uno de mis capitulos favoritos , fue increibleeee.
y como puede ser que sebastien no reconozca a luciana , si sigue asi la va a perder porque nico esta ganando muchooo terreno

Ainhoa dijo...

Buenas!!
Como ves me he fijado en el comentario que me dejaste y me he pasado a echar un vistazo.
Tiene muy buena pinta el blog y tengo intención de mirarlo a fondo, pero la verdad he visto que es muchísimo con lo que tengo que ponerme al día y a mí este verano por desgracia me toca estudiar para las recuperaciones de la uni de septiembre, así que cuando ande menos liada prometo ir leyendo las historias :D
Un saludo, te sigo.

Virialt dijo...

Hola :D muchísimas gracias por comentar (:
Me leí este capítulo *_* y a pesar de que no conozco nada de la novela JHAJAHAHA este capítulo si que esta muy genial *_* me gustaría saber cuantos libros son(? XD la verdad si me gustaría leerme toda la novela porque me llamo mucho el capítulo :3
Creo que me esta empezando a gustar más Sebastián xD JAHAJAHAJA y eso que a penas llevo este cap :3 bueno e.erecomendaria si quieres tener más seguidores hacer como un resumen de cada libro :D porque también desanima cuando ya van demasiados :( xD bueno, es sólo una recomendación :D así más lectores nuevos llegarán con ganas y no estarán retrasados :3
En fin, un saludo y sigue escribiendo :D que lo haces muy bien. Un saludo!

Egnia dijo...

Que bonitooo!! Me encanta como escribes, me encanta tu novelaaa!! jeje Y por eso mismo TE SIGO!! jeje Vi que te pasaste por mi blog para avisarme, por lo que te agradezco jeje Así que ya sabes que mi blog es este:
http://elmundodeegnia.blogspot.com.es/
Te gustaría seguirme y así nos seguimos y comentamos las dos mutuamente?? jeje Espero que sea un sí y verte por allí!! jeje Muchos MuakiSs.. xD

Steph dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Anónimo dijo...

de verdad qe me ha encantado el capitulo! sige asi
sebastian! ya qiero ver como reacciono!

Anónimo dijo...

dios1 qe capitulo! sige si?

Mayley_Lizzi dijo...

Muy bonita novela... ya te sigo :)

Un abrazo.

Samanta Rose Owen dijo...

Hola guapa vengo desde mi blog passionporlalectura, como te dije aquí estoy. Tienes un talento increíble y eres muy joven. Te animo a que sigas escribiendo y no lo dejes. ¿Has probado a que te lea alguna editorial?
Veo que eres exigente así que tendrás éxito;). Si necesitas algo no dudes en escribirme. Un beso

Te quiero entre nubes de algodon dijo...

Holaa!! Muchismas gracias por pasarte por mi blog, me alegra que te guste!
En cuanto puedaa me pongo al dia con tu novela vale? Ya mismo te sigo!
un beso enormee! =)
http://tequieroentrealgodones.blogspot.com.es

mientrasleo dijo...

Acabo de aterrizar. Vas por el 15, me tengoq ue poner al día... cada cuánto publicas?

sophie dijo...

hola, gracias por pasar por mi blog, me gusta mucho leer y escribir, lastima q ya hayas empezado la novela, cuando pueda la leo desde el principio pq sino no la entenderé jaja besos

Terelú dijo...

OH POR DIOS!!!!

QUE CAPITULO ME HAZ HECHO LLORAR TANTO.

Si tan solo Sebastian supiera todo lo que Luciana ha hecho por Él... No Steph, me enamoré de los dos Sebastian y Nico son perfectamente imperfectos... *UN FINAL COMO CP2 PLS*

Me es imposible no pensar en Christian G. como Sebastian... sé que no te agrada y lamento la comparación, pero es que Sebastian tiene una gran dolor interno, esta lleno de demonios igual que Grey- Los dos estan tan rotos por dentro que al parecer sólo el amor les cambiará y les hará creer otra vez.

Y ver como Luciana cambia y que se de cuenta de todo lo que pasaba fuera de su burbuja. Pienso que es genial y que todas tenemos una Luciana en el interior, una guerrera.

--
Ya quiero leer el siguiente capítulo, sube pronto por favor.

Besos y Abrazos.
Terelú.

Susy dijo...

El capitulo me ha dejado en shock.
Amo a Nico.
Es triste lo que le pasa a Sebastian pero prefiero a nico.

Anónimo dijo...

Genial,Amo a Nico, el es tan bello que estoy enamorada de el.
Este capitulo estuvo muy intense.

Anónimo dijo...

Steph te ODIO
Pobre Nico,
Pobre Sebastian,
Luciana me da igual.
Ya los proximos capitulos estaran muy brutales.
amo como escribes.

Anónimo dijo...

Que tal tu editorial??
El capitulo muy bueno.
Estoy sin palabras.

Anónimo dijo...

No se si matar a Luciana por besar a Sebastian o no se si reirme por lo que debe estar pensando el. Luciana es una tonta, mientras Nico se arriesga por salvar a sus hermanas ella de lo mas feliz besando a Sebastian. La odio.

Anónimo dijo...

Te matare por los capitulos tan desesperantes.
Amo esta novela.

Anónimo dijo...

Estoy muerta y no comentare

Anónimo dijo...

Steph, ya te curastes de la varicella???
Como va tu editorial??
El capitulo muy bueno

lili dijo...

me matas!! ya qieo saber qe pasa:S sebastian♥lo amo

Alma Viajera dijo...

Estoy en busca de Nicodemus.
Por lo visto una escritora muy cruel quiere hacerlo sufrir y no le lo permitire.
Stephanie, te tengo figilada. Me han contado que tu preferencia por Joe y Damien tienen muy enojado a tu adorado Jerry que se desvive por ti.
El capitulo de hoy estuvo shockeante.

Anónimo dijo...

Stephhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh
Quiere que te ahorqueeeeeeeeeeeeeeeeeeeee????????????????
odio a Lucianaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
Porque lo besaaaaaaaaaaaaaaa????????????

Anónimo dijo...

No quiero leer mas.
Es muy estresante.
Cada vez se pone major.

Anónimo dijo...

Debes hacer una pregunta que sea
A quien prefieres a Nicodemus o Sebastian
Yo seria la primera en contester
NICODEMUS
Estoy enamorada de el.
El capitulo genial. Senti el dolor de Luciana de los golpes.

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo muy interesante.

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