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miércoles, 14 de agosto de 2013

Capítulo 16: Gran Sacrificio a los Dioses





Capítulo 16: Gran Sacrificio a los Dioses

Al principio, sentí la renuencia en el cuerpo de Sebastián. Había intentado echarse hacia atrás, pero luego se quedó quieto, aunque tenso. Yo no estaba pensando cuando decidí poner mis dedos en su nuca y entrelazarlos en su sedoso cabello.
Su boca era suave e inflexible a la vez. No estaba respondiendo a la presión de mis labios. Aun así, se sintió tan bien. Era como... tal como acariciar el cielo. Calmaba el ardor de mis labios, los saciaba.
Fue un toque efímero, porque la rigidez de sus hombros me hizo recordar que él pensaba que yo era un chico. Un chico que lo besaba en la boca a la fuerza. Con mi enrojecida cara ardiendo, me alejé. Abrí los ojos como dos platos, asustada de lo que pudiera hacerme.
Él tenía una expresión de abundante confusión.
–¿Qué diablos...? –departió.
No parecía enojado, sino azorado.
Entonces fue como si me mirara por primera vez. Sus ojos me estudiaron de una forma distinta, siguiendo las líneas de mis rasgos, rozando mis labios, deteniéndose en las pecas espolvoreadas sobre mis mejillas. Me puse de pie, decidida a salir corriendo.
Su mano asió mi brazo.
–¿Luciana? –me atrajo hacia sí, colocando las manos sobre mis caderas–. Mierda.
Cuando se levantó, la distancia que nos separaba se redujo.
Sus ojos hicieron un repaso de mi cuerpo. Deslizó un dedo sobre la cicatriz de mi barbilla, que todavía estaba abierta. No era una marca tan pequeña. Alcanzaba al menos siete centímetros a lo largo de mi barbilla, curvándose al final hacia mi cuello. Su tacto me quemaba. Atrapó un mechón de mi cabello entre su dedo índice y su pulgar, examinando el nuevo largo.
–Estás tan distinta...
Me besó.
Su boca arremetió contra mí, sus labios prácticamente golpearon los míos, con fuerza, separándolos. Gemí en su boca, extasiada, mientras sentía sus manos sobre mi cara, sujetándome con urgencia. Su lengua lamió mi labio inferior, humedeciéndolo, preparándolo para la posterior mordida. Sus dientes lo aferraron con fuerza antes de que su boca realizara una leve succión sobre el mismo.
En mi pecho, mi corazón saltaba como si quisiera salirse de mi cuerpo. Latía con tanta prisa que dolía. Cuando hundí mis dedos en su pelo, él hizo bajar sus manos hacia mi estrecha cintura al tiempo que juntaba nuestros pechos. Su abdomen desnudo rozaba el mío a través de la delgada tela de mi camisa. Su lengua penetró en mi boca abierta, invadiéndome, moviéndose tan apasionadamente... Mis dedos se curvaron, cerrándose entre los mechones de su cabello de plata.
Un sonido entrecortado brotó de mi garganta, un potente temblor asaltó mi pecho. Su lengua acarició mi paladar, enloqueciéndome. Sus manos descendieron para empujar mis caderas contra las suyas. Sentí sus dedos aferrados a la cinturilla de mi pantalón, moviéndose hacia la parte trasera, empujando mis muslos hacia arriba.
¿Era posible sentir tanto placer en un solo cuerpo? No estaba pensando, únicamente estaba sintiendo. Estaba perdiendo toda razón.
Salté para enredar mis piernas alrededor de sus caderas y... ¡Oh! Él gimió también, ocasionando una vibración en mi garganta que me hizo estremecerme de pies a cabeza. Una sensación caliente viajó desde la boca de mi estómago hasta mi vientre, los músculos de mis muslos se tensaron. Mis pechos ardían y palpitaban.
Pero todavía el picor en mis labios no se desvanecía. Siguiendo el patrón que acababa de aprender, introduje mi lengua en su boca, saboreándola. Dioses, era exquisito. Libidinoso, prohibido. Hacía que mis labios se inflamaran incluso más. Lo sentí succionando mi legua, enseñándome la manera en la que debía moverla.
Se separó de mí durante un fugaz instante. Cuando me miró, advertí que sus plateadas pupilas eran grandes. Éstas parecían opacar aquel violeta de su iris. Un jadeo entrecortado se escapó de sus labios, los cuales mordí desesperadamente en mi siguiente acometida. No obstante, sus brazos comenzaron a aflojar su agarre.
Me dejó en el suelo al tiempo que apartaba mis manos de su cuello.
–No –masculló sin aliento. Pero se inclinó para chupar mi labio superior, dejando que lamiera su labio inferior–. No –dijo por segunda vez, alejándose–. Luciana... –se hizo atrás, respirando pesadamente–. Luciana, yo te odio.
Su mirada evidenció su rabia. Se llevó las manos a la cabeza, haciéndolas descender lentamente hacia su nuca mientras largaba un suspiro de irritación. Sentí un dolor agudo en todo el cuerpo que esta vez no tenía nada que ver con mis heridas físicas.
–Si me odias... –rezongué en un tono medio herido, medio ofendido–, ¿por qué me besaste?
–Porque soy un idiota, por eso –me respondió bruscamente–. Me costó mucha sangre aprender a odiarte, así que deja de joderme.
–Sebastián –noté que su cuerpo se puso rígido cuando pronuncié su nombre–. Fui hasta Populonia para participar en tu rescate, me convertí en un soldado, aprendí a pelear como un hombre. Cada cicatriz que tengo la recibí por ti, para sacarte de ese infierno. Y no me digas que no sé por lo que has pasado, porque lo vi con mis propios ojos, lo sentí en mi propia carne. No entiendo cómo puedes odiarme.
Él permaneció en silencio durante bastante tiempo, únicamente repasando con la mirada cada moretón o magulladura que estropeaba mi piel.
–Eso no evitó que pasara días queriendo morirme –refutó finalmente–. Y no intentes culparme de lo que te pasó, porque ha sido solamente tu culpa. Fuiste tú la que me puso en ese calabozo en primer lugar.
–¡No fui yo! –alcé la voz–. ¡Lo hizo mi padre!
–¡Es lo mismo! Tú ni siquiera protestaste.
–¡Por supuesto que lo hice!
–No me importa –gruñó–. Estoy bien odiándote, déjame en paz.
Exhalé aire por la boca, frustrada.
–Vete a la mierda.
Dejó escapar una risa oscura.
–Parece que has aprendido nuevo vocabulario –farfulló–. ¿Quién diría que podrías soltar palabras sucias desde esa pequeña boca que acaba de besar a un hombre casado?
Se cruzó de brazos en una postura arrogante.
Tuve tantas ganas de abofetearlo... Respiré pausadamente, intentando contener mi ira mientras le despedía una furibunda mirada.
–Ahora recuerdas que estás casado.
Soltó un resoplido.
–Siempre lo recuerdo.
–No lo haces. Tú y yo somos buenos olvidando que estamos casados.
–Espera, ¿qué? –preguntó–. ¿Tú qué? –le miré con confusión. Sonrió de la manera pérfida en la que sonreiría un criminal antes de descuartizar a su víctima–. Ahora resulta que estás casada...
–Por supuesto que lo estoy.
Sus ojos perforaron los míos, destilando llamaradas violetas.
–¿Desde cuándo, maldita sea, eso es tan obvio?
Estreché mi mirada, recelosa.
–¿De qué estás hablando?
Cogió mi mano y descubrió mi anillo dorado, ése que parecía estar tatuado en mi piel. De repente el oro se sentía demasiado pesado.
–¿Quién es el cabrón afortunado? –sus dientes estaban bien apretados cuando habló.
Fue entonces cuando me di cuenta de que él realmente no lo sabía. Nunca lo supo.
Oh, esto es malo.
–Oh por Dios –susurré, apartando la mirada al tiempo que alejaba mi mano de la suya–. Creí que lo sabías.
–¡¿Cómo mierda iba a saberlo?! ¿Acaso alguna vez me lo dijiste?
–Pensé que Nicodemus te lo diría, no imaginé que...
Me interrumpió con una risotada satírica.
–Claro, mi mejor amigo lo sabía. Pero yo no.
Separé los labios, tratando de encontrar las palabras adecuadas para enunciar la siguiente frase.
–Nicodemus es mi esposo.
Su semblante dejó de tener alguna expresión, su silencio fue de puro asombro. Hasta que comenzó a reír como un psicópata.
–Joder, uno esperaría ser el padrino de boda de su mejor amigo, ¿no? –el músculo de su mandíbula había empezado a palpitar–. En lugar de eso, ni siquiera recibo una invitación. Apuesto a que se perdió en el correo, ¿cierto?
–¿Por qué tanto drama? –discutí–. ¡Tú estás casado!
–¡Nunca te lo oculté! Y ese bastardo hijo de perra... ¿Por qué no me dijo una maldita cosa? Voy a matarlo. Los dos son exactamente iguales.
–Sebastián –lo corté.
–Ustedes estuvieron juntos, ¿no es así? Él te enseñó a hacer esos movimientos salvajes...
La rabia me hizo enrojecer. Contuve la respiración y apreté los puños para evitar lanzarle un golpe en su bonita cara. Me estaba lastimando tanto. No dije otra palabra antes de darme la vuelta para salir de la tienda. Cuando su mano quiso atrapar mi brazo, me zafé, echando a correr hacia el campamento.
Luché para conseguir aire mientras me tumbaba sobre un trozo de tronco junto al resto de los soldados que descansaban frente a la fogata. Parecía como si hubiera demorado horas dentro de la tienda de Sebastián, inclusive el cielo estaba empezando a oscurecerse.
–Luciana –me llamó Galeo–. Debes comer, de verdad. Nicodemus va a matarme si no te obligo a tragarte este estofado –agarré el plato que me ofrecía–. ¿Te encuentras bien? Estás temblando.
Es un monstruo, pensaba, Sebastián es un monstruo. Llevé a mi boca dos cucharadas de estofado.
–Estoy bien.
Pasé largos minutos fingiendo comer, pensando en aquella acalorada discusión, recordando con furia el modo en que me había besado, la manera en la que me había tocado con urgencia. Si no lo supiera mejor, pensaría que me necesitaba, que me había extrañado de la misma manera en la que yo lo había hecho. Pero de hecho me odiaba.
Y yo a él.
Cuando recordaba sus manos sobre mi piel, o su boca atacando la mía, mi cuerpo se sentía tan avergonzado como caliente. Y había algo en mi pecho que parecía muerto de miedo con respecto a eso. Algo se sentía incorrecto, erróneo. De alguna manera, estaba aterrada. Al mismo tiempo, mi corazón estallaba de felicidad, palpitando con premura, produciendo un hormigueo que se deslizaba desde lo alto de mi tórax hasta lo más profundo de mi vientre.
A continuación, alcé la vista y lo encontré sentado en la lejanía. Estaba comiendo un trozo de pan viejo y se había colocado una camiseta limpia de mangas cortas. La tela se adhería a la perfección a los músculos de su abdomen, de su pecho, de sus hombros. Tuve la necesidad de humedecer mis labios.
Los suyos... todavía se veían enrojecidos e hinchados, como si las marcas de nuestros besos permanecieran en ellos. No estaba solo, había otros dos soldados sentados a una distancia prudente y una joven mujer, quizá con un año más que yo, que trataba de ponerle vendas encima de las heridas de sus muñecas o de envolver aquellas en su cuello.
Él ignoraba a todo el mundo, concentrándose en el trozo de pan que tenía en las manos. Probablemente había pasado días enteros sin comer. Se le veía más delgado, sus mejillas se mostraban más hundidas, sus costillas más visibles. Demonios si no las había sentido sobre las mías hacía un instante.
Tan pronto como terminó de comer, levantó la mirada, encontrándose con la mía. Un escalofrío blandió mi cuerpo debido a la potencia de ese contacto visual.
Se giró, atrapando el brazo de la sanadora para tirar de ella. La hizo subir a horcajadas sobre su regazo al tiempo que le sonreía de manera seductora. Y la besó.
Sí, de forma lasciva.
Me puse de pie de un salto, dejando caer mi plato de comida. Mis ojos no podían creer que las manos que acababan de acariciarme estuviesen paseándose pecaminosamente por encima de los pechos de otra mujer.
Emprendí una carrera precipitada hacia el bosque, adentrándome en la oscuridad. Cuando tropecé contra un árbol, me aferré a éste para evitar caerme de bruces. Mi respiración fallaba, todo estaba dando vueltas.
De pronto sentí náuseas, caí de rodillas y vomité.
Lo poco que acababa de comer ahora estaba fuera de mi organismo. Incluso cuando no tenía nada más que expulsar, las arcadas continuaban sacudiendo mi cuerpo. Tal vez el opio me había enfermado, porque no conseguía siquiera aclarar mi visión borrosa.
¿Por qué estaba llorando?
No podía ser por él, no podía ser por Sebastián.
Alguien puso una mano sobre mi espalda y deseé que fuese Nicodemus. ¿Dónde estaba cuando lo necesitaba? Sabía que era Galeo el que había corrido a perseguirme. El único.
–Vamos, Luciana –me cogió en sus brazos, como si no pudiese caminar por mi cuenta–. Debes descansar.
Envolví mis brazos alrededor de su cuello y hundí mi cara en su pecho, deseando con todas mis fuerzas que Sebastián nos viera pasar a través del campamento. Lo cual era poco probable, puesto que él estaría revolcándose con esa mujer en estos momentos.
Galeo me dejó en mi cama con delicadeza y me arropó. Recordé a Dolabella, cuidándome de la misma forma, y sonreí al pensar que este chico podría ser un buen esposo para ella. Antes de marcharse silenciosamente, dejó un té de hierbas en la mesita.
Un minuto después, mientras intentaba cerrar los ojos para sacar la imagen de Sebastián de mi cabeza, Nicodemus entró a la tienda, con su amigo pisándole los talones. Los dos discutían, medio susurrando, medio gritando.
–No seas enfermo, jamás la he tocado –protestaba Nico.
Fingí estar dormida.
–¡Podías habérmelo dicho! Y ¿qué demonios le hiciste? Ella no es la misma. La cambiaste, la... La dañaste.
¿Dañada? ¿Así era como me veía? Cerré mis ojos con más fuerza.
–No le he hecho nada. Ella cambió por sí misma.
–Porque no la has protegido lo suficiente.
–¿Qué querías que hiciera? ¿Seguir cubriéndole los ojos con la venda que ha llevado toda su vida? Ella quería esto, quería cambiar. La realidad es dura, pero no puedes eludirla todo el tiempo –lanzó un suspiro–. Mira, sé que te gustaba por su inocencia y pureza...
–Deja de joder, ella no me gusta.
Nicodemus puso una mano sobre mi hombro, deslizándola hacia mi brazo.
–Luciana –me llamó en voz baja. Abrí los ojos, esperando que no fuese tan evidente que estaban hinchados y enrojecidos por las lágrimas–. Escucha, levántate. Tienes que irte.
Me incorporé, parpadeando.
–¿A dónde?
–Tengo que sacarte de este lugar antes de que tu padre consiga que alguien te mate.
–Envíala a Somersault –propuso Sebastián, cruzando los brazos sobre su pecho.
Nico sacudió la cabeza.
–No puedo hacer eso. La encontrará. Por toda Etruria hay portales, correrá peligro ahí. Estaba pensando en enviarla más lejos.
–¿Qué tanto? –pregunté.
–Te irás a New York con Sebastián.
Hice una mueca de preocupación, moviendo mis ojos hacia su amigo.
–Debes estar bromeando –se burló éste.
–Hablo muy en serio, Sebastián. Los dos se irán a la ciudad.
–Ja, no iré a ninguna parte con ella. Deja que se vaya sola.
–Sabes que no sobreviviría un solo día en ese lugar. Además, también te conviene salir de aquí. Y podrías llevar a Timandra contigo.
El pensamiento de encontrarme en una ciudad desconocida, de mortales, junto a Sebastián y a su esposa, en realidad me aterraba.
–Sebastián tiene razón –balbucí–. Eso no es una buena idea en ninguna dimensión.
–No será por mucho tiempo –insistió Nico–. Luego del alzamiento, iré a buscarte y podrás regresar. Podrás ponerte la corona que te pertenece. Yo... yo creo que serías una grandiosa reina.
Una que conozca el sufrimiento del pueblo –masculló de repente su amigo en esa tonalidad tenebrosa–. Es por eso que aceptaste esa jodida locura de que participara en el rescate. La lastimaste a propósito, ¿no? Estabas preparándola para llevar esa corona.
–¿Qué estás diciendo? No te equivoques.
–Sé lo que estoy diciendo, Nico, te conozco. Sé de tu obsesión por el bienestar de tu pueblo, sacrificarías a cualquiera...
–No seas cínico. Jamás mi intención fue que saliera herida de esto. He querido protegerla tanto como tú.
–Eso no es verdad. Tú quieres ser rey.
Noté que los puños de Nicodemus se habían convertido en puños, las venas de su cuello sobresalían visiblemente. Estaba segura de que en cualquier momento estallaría. Había tanta tensión entre ambos.
–¿Has estado fumando? –gruñó.
Sebastián se rió.
–Si piensas que estoy tratando de provocarte porque he estado fumando, te equivocas. Sabes que lo que digo es cierto.
Los puños de Nico se aflojaron ligeramente.
–Atraviesen el muelle de Populonia, habrá unos piratas esperando para sacarlos de aquí. Y sí, es una orden –nos miró, recordándonos que aquello iba dirigido a los dos.
Sebastián le sonrió.
–Vas a extrañarme. Y, por cierto, deberías echar a ese chico... Galeo. No me gusta.

–Suelta ese maldito baúl –me apremiaba Sebastián, jalando mi brazo–. No necesitaremos esa mierda en el lugar al que vamos.
–¡¿No necesitaremos ropa?! –exclamé, horrorizada.
–No esa ropa.
–¿Y en dónde conseguiremos otra?
Él me miró con los ojos entrecerrados, como si me considerara una tonta por no saber la respuesta.
–Soy un ladrón. ¡Podemos conseguir cualquier cosa!
Escapar de la ciudad iba a ser más difícil de lo que creíamos. Todos los pueblos estaban convertidos en caos. Eran únicamente contenidos por los cientos de militares que conformaban las legiones de mi padre. Había comenzado el Gran Sacrificio a los Dioses.
Solté el baúl, dejándolo caer en medio del desastre. Había mujeres gritando, hombres corriendo, gente huyendo de nosotros. Ellos pensaban que éramos soldados, debido a nuestra vestimenta, es por eso que se aterraban al vernos pasar.
En una plaza pública había una gran congregación de personas enfadadas. Se escuchaba un hombre dando un discurso, quien probablemente era el capitán de una de las legiones.
...El pueblo debe entender que el sacrificio de sangre fue exigido por los dioses. Que estarán ofreciendo su vida y la de sus niños mágicos a cambio de un estado próspero. Etruria nunca ha conocido la paz, ¿por qué no empezar ahora? ¡Es felicidad o muerte! Que nos quiten la vida, antes de hacernos miserables.
Todo era una patraña absurda.
Las personas se habían vuelto locas comprando venenos, o traficándolos ilegalmente. La mayoría de las madres estaban dispuestas a envenenar a toda su familia antes de caer muertos en las manos de un verdugo cruel.
Había rehenes colgados de los árboles en jaulas, tal como piezas de carne exhibiéndose en una carnicería. Todos serían asesinados, uno a uno, frente a sus familiares, frente a todos los aldeanos. Eran elfos, duendes, hadas o hechiceros. Niños, adolescentes, adultos, mujeres. Había gente gritando por ellos, suplicando que fuesen liberados.
–¡Señora, será guillotinada sino se calma! –le advirtió un soldado a una mujer que intentaba llegar desesperadamente hacia los sacrificados.
–¡Máteme entonces! ¡Le cambio mi vida por la de mi hijo! –sollozó ésta con la voz desgarrada–. ¡No viviré sin él, no lo haré!
Se me hizo un nudo en la garganta. Aferré un brazo de Sebastián antes llamarle por su nombre. Él se quedó quieto, observando mi expresión compungida.
–Nicodemus resolverá esto, Luciana. No debes preocuparte.
Seguidamente, una barrera de soldados nos interceptó.
–¿Quiénes son ustedes? ¿A dónde se dirigen?
 –¡No ve que también somos soldados! –contestó Sebastián–. ¡Fuimos enviados al oeste para contener a los rebeldes!
Sin esperar una respuesta, los hizo a un lado.
Cerca de la costa también había una muchedumbre concentrada mientras un líder les hablaba.
Deben entender que el pueblo es mayoría. Ningún monarca puede contra ustedes. Ustedes son más fuertes, más poderosos. Son capaces tomar la decisión que les parezca. ¡No pueden creer en las mentiras del rey! Él piensa que su gente es ciega e ignorante...
Ése era un orador de las tropas rebeldes que Nicodemus comandaba. Había una masa de personas desconcertadas, confusas, recibiendo información opuesta por parte de líderes exactamente iguales. Todos soldados, todos llevando el mismo uniforme, todos con cargos poderosos. Estaba segura de que buscaban la verdad, preguntándose en quién creer.
Pero también estaba segura de que no comprarían las viles mentiras de mi padre por demasiado tiempo. Había un pueblo enojado, sometido al sufrimiento, que no soportaría otro abuso. Mi padre caería de su trono, tarde o temprano.
Había una larga fila de personas en el muelle, todos queriendo desesperadamente huir de la ciudad. Las madres estaban entregando a sus hijos a los grupos de piratas, esperando que fuesen trasladados a cualquier otro lugar, o que al menos vivieran. Había niños llorando, personas alteradas, soldados custodiando. La mayoría eran soldados rebeldes, fingiendo formar parte de las legiones del monarca.
Uno pensaría que al hablar de costas, o muelles, significaría agua u océanos. Sin embargo, no había tal cosa. Todo lo que había era vacío, como si el mundo terminara ahí.
Hacía casi tres mil años, Etruria se encontraba rodeada por el mar Tirreno y el mar Ligure. Hasta que los dioses decidieron ocultar la ciudad en medio de las nubes, entre el cielo y la tierra, con el fin de protegerla de nuestro destructor.
Sebastián tuvo una conversación con unos barbudos hombres desaliñados que llevaban símbolos piratas en su vestuario, anillos de calaveras de oro u otros accesorios similares. Ellos nos condujeron hacia una pequeña barca de madera que tenía alas en los costados, las cuales eran más grandes que las de un Pegaso.
–No pueden ir en el gran barco –manifestó el bárbaro–. Ya saben que si no poseen sangre de dios, podrían quedar atrapados durante toda la eternidad. Esta barca les llevará hasta alguna isla italiana. Luego de desembarcar, habrá un artista ambulante esperándolos en el muelle. Es un Leive, que les mostrará un portal hacia New York. Nicodemus ha pagado por un departamento de una pieza en el que deben quedarse, ¿correcto?
–Correcto –asintió Sebastián, tomando asiento en la barca.
Lo seguí, sentándome en el pequeño espacio de madera. El bote olía a roble, humo y lluvia. La luna plateada parecía enorme en el firmamento, destellando su luz plateada por doquier. En ese contexto, Sebastián lucía como una criatura proveniente de la misma noche. Su silueta estaba recortada por las sombras, sus ojos eran igual que llamas alumbrando en las tinieblas.
–Agárrate fuerte –me avisó antes de que el bote se elevara en medio de la oscuridad.

–Y, ¿qué es eso? –pregunté, fascinada.
New York era una ciudad inmensa, repleta de luces. Nunca había visto algo parecido. Desde que había puesto un pie ahí, había hecho preguntas sin cesar. El departamento era una sala alfombrada con cuatro paredes y una terraza. Olía ligeramente a humedad y no era bonito, pero, aun así, estaba encantada.
–Es un teléfono –refunfuñó Sebastián.
–¿Para qué sirve?
Él tiró de una barra de hierro que había en la pared y, de pronto, una cama se desplegó. Me llevé las manos a la boca, asombrada.
–¡Qué increíble! –expresé antes de señalar a otra parte–. ¿Qué es eso?
–Un microondas.
–¿Y qué hace?
–Luciana, basta –me dijo con amargura–. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no quiero hablar contigo?
Me quedé callada durante un minuto mientras lo seguía al cuarto de baño.
–Eso es injusto –protesté–. Tengo muchas preguntas.
Él se volvió para mirarme de forma odiosa.
–Todo lo que tienes que saber es que estoy a punto de cortarte la lengua –abrió las puertas corredizas de cristal que conducían a la terraza–. ¡Esto es perfecto! –vociferó–. Una terraza, un bar y un jacuzzi. Voy a divertirme como el infierno.
Crucé los brazos sobre mi pecho.
–¿A quién le hablas? ¿No se supone que no quieres conversar conmigo?
Se encogió de hombros.
–¿Quién dice que estoy hablando contigo?
–¿Estás hablando solo?
–Sí.
–Estás loco.
–¿Quién dice que no? –se giró para mirarme–. Escucha, dormirás en la cama. Yo dormiré en el suelo.
–No puedes dormir en el suelo. Es duro.
–Créeme, es suave. He dormido en lugares peores. Además, es alfombrado.
–Si duermes en el suelo, también lo haré yo.
Ahora parecía hastiado mientras empezaba a desenvolver los vendajes de su cuello.
–Haz lo que quieras.
–¿Por qué te quitas las vendas? Podrías contraer una infección.
–Porque quiero.
–Si te quitas las vendas, haré lo mismo.
Cuando se encogió de hombros, empecé a desenrollar las tiras de tela blanca que cubrían mis muñecas.
–¿Qué estás haciendo? –acortó la distancia que nos separaba para detenerme. Sujetó mis antebrazos–. Deja de hacer todo lo que hago. ¿Estás loca? Necesitas curarte.
–¡También tú!
Resopló.
–Si empiezo a desnudarme ahora, ¿lo harás también?
–Sí –asentí con toda naturalidad.
–Está bien.
Comenzó a quitarse los zapatos al mismo tiempo que desabrochaba sus pantalones.
–¡No!
Un acto reflejo me hizo agarrar sus brazos. Me percaté de que éstos eran enormes y musculosos bajo mis dedos. Mi respiración aceleró su ritmo. Él esbozó esa sonrisilla diabólica a la que sus labios estaban acostumbrados. Sentí el calor de su piel quemando mis manos.
–¡Tienes fiebre! –lo solté–. ¿Estás enfermo?
–No –rezongó.
–Sebastián, deja que limpie tus heridas –agarré sus brazos nuevamente–. Deja que te ponga un poco de alcohol y vendas nuevas, por favor. Creo que estás enfermando...
–Déjame en paz –se alejó.
–Por favor –lo sujeté con fuerza, obligándolo a ver mis ojos–. Si dejas que cure tus heridas, no volveré a hablar durante dos días. Te lo prometo.
–Sabes hacer un trato, ¿eh?
Busqué su mirada.
–¿Eso es un sí?
–Está bien, pero cállate ahora.
Corrí hacia el cuarto de baño para buscar algún botiquín de primeros auxilios. Después de hallarlo tras el espejo, regresé a su lado. Lo hallé sentado en el suelo, contra la pared, de modo que me puse de rodillas delante de él.
Comencé limpiando los agujeros y laceraciones que había alrededor de su cuello con un poco de agua y alcohol. Sebastián no estaba quejándose en absoluto, pero parecía tenso. A pesar de que tenía ganas de preguntarle si sentía dolor, me quedé en silencio. Le cubrí la garganta con vendas de gasa. Después hice lo mismo con sus muñecas, en donde las rasgaduras eran inclusive más profundas.
–Lo siento –lo escuché balbucear mientras me observaba cuidarlo–. Perdón por haberte tratado tan mal. Yo... a veces quisiera dejar de ser quien soy. Pero no puedo, ¿sabes?
Asentí sin decir nada. ¿De verdad estaba pidiéndome disculpas?
–No entiendo cómo es que haces estas cosas por mí –continuó–. Sabes que no lo merezco. Fui una basura contigo –sentí que mi corazón se encogía–. Estaba tratando de odiarte, porque todo es más fácil de esa manera. Mientras estaba encerrado en aquel calabozo, llegué a repudiarte demasiado. Te culpaba.
Comencé a desabrochar los botones de su camisa.
–Pero... no puedo creer que hayas pasado por lo mismo que yo. Para rescatarme. Eres una chica valiente.
El torso de Sebastián estaba colmado de cardenales, cortaduras y cicatrices. Apliqué una pomada sobre su piel, sintiendo cada duro músculo en bajo mis dedos. Su respiración era serena, al mismo tiempo que entrecortada. Sentí el movimiento de su pecho, los latidos de su corazón.
–Me molestó mucho... que no me hubiesen contado lo de su matrimonio. Todavía lo hace. No entiendo... nada. Bueno, yo sé que él te gusta...
Dejó de hablar, como si dudara de que lo estuviera escuchando. Levantó mi rostro, empujando ligeramente mi mentón hacia arriba después de atraparlo entre su dedo pulgar y su índice.
–Luciana, dime algo –abrí mis ojos ampliamente al mirar los suyos–. Bien, me cansé. No puedo soportar que no me hables. Pregúntame cualquier cosa –acarició mi labio inferior con un dedo–. Di mi nombre, por favor. No me gusta el silencio –le sonreí, negando con la cabeza–. Te prometo que no me quitaré los vendajes. De hecho, dejaré que me cures cuando quieras.
Sonreí más anchamente. Las cosas que me hacía sentir cuando se comportaba de esa forma tan dulce eran inexplicables. Adoraba a este joven tierno que se arrepentía y pedía disculpas. A ese que me dejaba mirar en su interior.
–No han pasado siquiera dos minutos, Sebastián –hice énfasis en su nombre al hablar.
Él sonrió de felicidad, una sonrisa de esas auténticas. Se inclinó hacia adelante y me besó en la mejilla con suavidad. Mi corazón martilleó a toda prisa dentro de mi pecho, mi cara se ruborizó. Cuando se retiró hacia atrás, me percaté de que el lugar en el que me había besado seguía ardiéndome.
Respiré, luego de darme cuenta de que había dejado de hacerlo. De repente, por alguna extraña razón, estaba mareada. Sebastián extendió una mano para tocar la cicatriz abierta en mi rostro. Me hice hacia atrás bruscamente, a la velocidad de un parpadeo. Incluso jadeé.
Había sido una reacción involuntaria.
Sebastián frunció el ceño.
–¿Creíste que iba a lastimarte?
–No –rápidamente, sujeté sus dos manos–. Yo... fue un reflejo.
Su humor cambió. Un velo oscuro había caído sobre su rostro.
–Supongo que lo fue.
¿Cómo haría para convencerlo?
–Escucha, sé que no ibas a hacerme daño, es sólo... Fue mi cuerpo, he pasado por...
–Sí, te entiendo –me aseveró, su tono triste–. Incluso si perdieras la memoria, tu cuerpo seguiría recordándolo. Me ha pasado lo mismo, cada día de mi vida, cada vez que alguien me toca. Las cicatrices son sabias, ellas guardan el recelo que uno a veces olvida. Y duelen, por el resto de tus años.
Tragué el nudo en mi garganta, deseando tocarlo. Queriendo demostrarle que a veces el tacto significaba consuelo, pese a las cicatrices. No obstante, no me atreví.
Algún día lo haría sanar y curaría sus alas rotas.
Si me dejaba.
–Buenas noches, Luciana –murmuró, tumbándose en la alfombra sobre su costado.
–Buenas noches, Sebastián.
Me senté cerca de él, contemplando su precioso cuerpo bajo esa luz blanca que entraba desde la terraza. Había silencio, pero al mismo tiempo se escuchaba un bullicio constante por lo bajo. Los ruidos de la ciudad. La ciudad en la que él había crecido.
Las noches en Etruria proporcionaban un silencio casi absoluto, interrumpido únicamente por los ruidos del viento, de los grillos o de las ramas de los árboles al crepitar. En cambio en este lugar la noche parecía tener vida. Todo parecía despierto, iluminado, colorido.
Advertí que la respiración de Sebastián tomaba un ritmo más suave y relajado. Lo supe por el movimiento de sus hombros. Se había quedado dormido. Me pregunté si tendría pesadillas, o si incluso soñaba, considerando que era un Visitante Noctámbulo.

30 comentarios:

LittleMonster dijo...

AMAZINGLY PERFECT
no puedo esperar a seguir leyendo, eres asombrosa chica!
Ya miraste This is Gospel?
esta super genial!
Sigue asi y mandale saludos al loquillo de Eustace, quiero mis galletas de chocolate con diamantes de mistela!!!

Susy dijo...

Hola Steph. Bueno para comenzar:::
1. Me siento emocionada con que vendas tus libros en amazon. Es una buena opotunidad de crecer. Podras tener tu libro en papel como tanto deseas. Ademas con una buena promocion tu libro sera un exito en amazon. Conprar por amazon no es dificil. Lo unio que hay que tener es tarjeta de credito, pero pueden hacer lo que hago yo. Busco una persona que sea de confianza y tenga una tarjeta de credito y le pido el favor de que mande a buscar el libro. Hay que agotar todas las posibilidades.
2. Comprare de seguro el libro y si pudiera ya hubiera dado una reseña.
3. ¿Porque no pusistes en la venta la saga de tentacion primero?
4. Un unico consejo es en la portada de el libro. La portada me gusta pero creo que podrias hacer una un poco mas profesional.
5. Estoy emocionada con tener ya el libro en mis manos.
6. El capitulo me gusto y no me gusto.
7. Creo que sabes mi preferencia de los protagonistas masculinos. Se que Sebastian quiere hacerme creer que Nico es malo, pero en realidad creo que el es un tonto.
8. Adoro demasiado a Nico como para creer que es malo.
9. Luciana tiene un no se que que me cae mal. Aunque sea valiente y obstinada sigue no gustandome y esto e raro porque a annia la adore, a miranda la adore y a charity la adore, becca tambien esta y angelique. Por lo que no entiendo porque luciana no le creo nada.
10. Tengo que reconocer que Alas rotas esta cumpliendo con mis espectativas. Esta demasiado buena y creo que la saga the violet city es muy buena y estoy segura que el ultimo libro sera el mejor.
11. No se porque teno el extraño presentimiento que Eustace saldra pronto. Viejo tonto como lo amo.
12. Sebastian no me parece tan malo, pero prefiero a nico.
13. Jajaja Jerry esta loco, mira que culpalte por no ser mas sexy que joe y damien. Aunque quizas si has hecho trampa.
14. Tu sabes que eres la mejor no tengo que decirlo.
15. Me encantaria que pasaras a leer el primer capitulo de mi novela "Doble Personalidad" y si te gusta puedas recomendarla.
16. Http://www.sagadvakrat.blogspot.com
17. ¿Que planes tienes? Me gustaria escucharlos.
18. Creo que ya he dicho todo.
19. Cuando tenga en mis manos El hotel nightmare te publicare una foto en twitter. Recomendare mucho esta novela.
20. Hasta luego steph.

Anónimo dijo...

El capítulo estuvo muy bueno. Pero no me gusta la cercanía que tienen ellos dos. Yo quería que ella se quedara con Nico.

daniela dijo...

me gusto muchooo este cap pero no entiendo como nico no le dijo nada a sebastian de su matrimonio con luciana

DANIELA dijo...

wooow me encanto este cap espero que publiques rapido el proximooooo

Terelú dijo...

SIN DUDA, MI CAPÍTULO FAVORITO, hasta ahora.


Sebastían le esta odiando por razones equivocadas y eso es frustrante. Si supiera, de verdad, todo lo que ha hecho por Él. Luciana es una chica valiente como también es terca como una mula [dos de las cosas que me hace recordar a Clary Fray], pero no podría odiarla, será irritante en sus momentos pero Luciana ha hecho que me identifique con ella. Yo tampoco entiendo como pueden odiarla.


Ay Seabstían, Sebastían, Sebastían. Dedo de admitir que le odié por lo de esa chica[a la que besó] pero sus celos y hasta su forma de ser, me encantan. Y noté que Él les vio a Luciana y Galeo...[I guess] por ese comentario de ''Y, por cierto, deberías echar a ese chico... Galeo. No me gusta''. Me encantó eso.


Sí me gusta Nico, mucho. Y quisiera, como toda chica, que pelee por Luciana hasta el final.

Sabes te confiesa algo, esta novela [de todas tus novelas] se ha convertido es una de mis favoritas, si tuviera que escoger cual de tus libros se hiciera físico [ojala sean todos] pero con mayor énfasis sería ''Alas Rotas''.

Es perfecto. Hasta todo esto me lo imagino como una película. Sería grandioso.


También estoy muy feliz que ves el comienzo de tu sueño. Realmente me emocioné con tus palabras.

<>

Sé que los amas y también yo, así que recuerda ''Have faith, restart, just hold on''.

Es maravilloso que tengas a Dios como tu guía, nunca lo abandones, ÉL te guiará para que llegues a cumplir tu sueño, te lo dice una soñadora que también tiene como guía a Dios.


Aqui estamos apoyándote Steph. En lo que se pueda, cuenta con mi apoyo. :}

*
Sí ese era el punto, en las cicatrices, en su odio a si mismo, en eso me recuerda a Grey. Y gracias por el reply. IT MEANS A LOT. <3
*

Espero con ansías el próximo capítulo.

Terelú.

Terelú dijo...

Steph, don't give up, never.

<3
x

Anónimo dijo...

me gusto mucho este cap y no entiendo como sebastian puedee tener dos personalidades tan diferentes

Ceci García Moyano dijo...

Hola! Recién conozco tu blog y en verdad me gusta muchísimo. Prometo comenzar a leer tu novela en cuanto tenga un tiempo.
Me parece realmente admirable que una escritora de mi edad ya esté publicando sus libros con éxitos, me alegro mucho por tí!
Nos leemos ;)
Un abrazo enorme

Mora dijo...

Genial.. ahora tal vez Luciana y Ania se encuentren.. ¡La extraño tanto! :')

El próximo capitulo sera muuuy bueno, tal vez hayan.. ¿Letras rojas? :O


Una persona mas que te quiere desde algún lugar del mundo.
-Mora

Anónimo dijo...

Esta novela es muy buena. Si que la ame.
Steph lucha por tus sueños. Nunca te rindas.
Si alguna vez piensa que ya se acabo tu tiempo en publicar en el blog entonces dejalo.
Eres muy buena.

Anónimo dijo...

Sigo odiando a luciana. Ella me hace odiarla. Genial capitulo

Anónimo dijo...

Sube cap me muero

Anónimo dijo...

Subee
Ame el capitulo
Nico me tiene conquistada

Anónimo dijo...

Siguela
Esta genial
Escribes estupendo

Anónimo dijo...

meencantooo el cap esñero que subas prnto el proximo

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo bueno,

Anónimo dijo...

Estoy sin comentario.

Anónimo dijo...

Steph, de verdad que admiro como escribes eres la mejor:

Anónimo dijo...

Quiero leer mas

Anónimo dijo...

Nico, nico, nico
¿Seras tonto? Mira que enviar a Luciana a los brazos de Sebastian solo se le ocurre a el. Por mas tierno que sea Sebastian Amare a Nico hasta al final.
Hasta que Luciana diga Sebastian lo seguire querierndo.

Anónimo dijo...

A luciana no la odio
Solo que tiene algo que no me cae bien.
La siento tan arrogante.
Tambien es bueno ser masoquista, pero no al extremo.
Buen cap.

Anónimo dijo...

Me encanto el capitulo
Estuvo genial

Anónimo dijo...

Sebastian es mil veces mejor que Christian Grey. No se de donde sacan esa comparacion.

Anónimo dijo...

El cap estuvo muy bueno

danire dijo...

me gusto muchooo gracias por publicar , espero que el proximo lo publiques pronto

Anónimo dijo...

Muy buen capítulo. Me encanto.
Nico se está comportando como tonto.

Jennifer. dijo...

Hola, estoy un poco enredada con el orden de las sagas y los libros jaja. Me llaman mucho la atención tus novelas, pero ahora mismo, tengo un montón de libros por leer, así que en cuanto se hagan menos me pondré a leer tus libros. Has escrito muchas novelas, ¿eh?, y se ve que tienes imaginación.
PD: Gracias por visitar mi pequeño blog.
Besos.

Anónimo dijo...

Ya deseó leer más y más

Anónimo dijo...

Me encanto el capítulo
eres genial escribiendo:

VISITAS

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