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martes, 20 de agosto de 2013

Capítulo 17: Fue un Sueño





Capítulo 17: Fue un Sueño

Sollocé mientras intentaba ponerme siquiera de rodillas con el peso de los brazaletes de plomo que rodeaban mis muñecas y tobillos. El látigo de cuero cortaba mi piel desnuda al mismo tiempo que yo dejaba escapar gritos de agonía.
Gemí, retorciéndome. Desplomándome una y otra vez.
Cuando él llegó, la maldad se esfumó. El dolor se desvaneció, al igual que las cadenas, los grilletes y los látigos. Mis cicatrices se disiparon, tal como si jamás hubiesen estado ahí. Había paz. Una paz extraña.
Un vestido apareció sobre mi cuerpo. Era de color verde y corto, dejaba mis piernas al descubierto. Parecía ser el atavío de un hada. Sebastián me tendió una mano para ayudarme a levantar. Su semblante era inescrutable, impávido, sin ninguna emoción. Su mirada escondía un atisbo de tristeza.
–No eran esos los sueños que solías tener –habló con tranquilidad–. Tu única pesadilla era yo –todo lo que pude hacer fue mirarlo en silencio–. Nunca conocí a alguien con tanta inocencia... Nicodemus te llamó inmadura una vez; yo le dije que estaba equivocado, que tú eras diferente. Mientras que la mayoría de las chicas de tu edad tenían sueños eróticos, tú soñabas con vivir en una pequeña casa cerca del lago, donde pudieses alimentar a los animales a través de la ventana –soltó una risita–. Soñabas que hablabas en su lenguaje y te comunicabas con las aves, silbando. Y un día éstas tejieron un vestido para ti.
Recordé aquel sueño mientras él se acercaba a un paso cauteloso.
–Irías a un baile –continuó su relato–. En donde un príncipe te esperaba. Pero, por supuesto, lo maté –se rió–. Y tú te pusiste a llorar. No entiendo por qué, si era un idiota. Además, ni siquiera lo conocías.
Le fulminé con la mirada.
–Ése no era tu problema.
Tocó mi mejilla con el dorso de su mano.
–La mayoría de las personas se olvida de lo que significa ser un niño cuando crece. Pero tú lo conservabas en tu interior. Y me gustaba, porque jamás supe lo que significaba ser niño. Sin embargo, has cambiado.
–Fue algo que pasó, no pude evitarlo –musité.
–Lo sé, la vida te obliga a cambiar –su mano se instaló sobre mi rostro–. No debes tener miedo. Mientras yo esté cerca de ti, no tendrás jamás otra pesadilla. Prometo cuidarte de ellas, ¿me oíste?
El sol salió, al mismo tiempo que los canarios cantaban las canciones que hacían despertar a las hadas del bosque. Asentí, tomando la mano con la que me acariciaba para rozar sus dedos suavemente con los míos.
Se aproximó para besarme y el contacto fue dulce. Sus labios sabían como las estrellas, como la noche. Su boca se movió lentamente sobre la mía, intentando abrirla. Mordió mi labio con suavidad, después un poco más fuerte, hasta que sus dientes me rasguñaron.

Me desperté, incorporándome bruscamente. Fue como si me levantara de una pesadilla. Mi respiración estaba alterada, mi cuerpo caliente y tembloroso. Me encontraba sobre aquella alfombra de color beige en la que me había tumbado para dormir.
Observé a Sebastián en la distancia, estirándose.
Cuando se giró, le contemplé con mis ojos bien abiertos, sintiéndome culpable y avergonzada por el sueño que acababa de tener. Se sentó para mirarme. Su cabello estaba revuelto, su ceño fruncido.
–¿Qué? –cuestioné.
Largó una risita breve.
–Nada.
Examiné mi cara, tocándola con mis manos.
–¿Qué tengo?
Me puse de pie, corriendo hacia el cuarto de baño para mirarme en el espejo. Aparte de mi cabello desordenado, no encontraba nada extraño. Hasta que puse atención a mis labios, los cuales parecían enrojecidos e hinchados. Estreché los ojos, notando que había un pequeño rasguño encima de mi labio inferior.
–¿Dormiste en el suelo?
La voz de Sebastián me hizo saltar. Cuando me di la vuelta, lo hallé delante de mí, tan cerca que podía distinguir el exquisito olor de su piel.
–Te dije que lo haría –le contesté–. ¿Fue real?
Sonrió.
–¿Qué cosa?
Él sabía que me refería al beso.
–Sabes qué cosa.
–Fue un sueño –me aseguró.
–Pero...
Mordí mi labio.
–Que sea un sueño no lo hace menos real. Tú estuviste ahí, también yo... –se estiró para coger un cepillo de dientes y mis pechos tocaron el suyo. Me escabullí lejos de su cuerpo–. No se lo diré a Nico –me tranquilizó, poniéndole crema dental al cepillo antes de llevárselo a la boca–. Olvidaremos que pasó –siguió hablándome mientras limpiaba sus dientes–. Iré de compras. Necesitaremos ropa, comida y algo de alcohol. No hagas alguna cosa loca mientras no estoy.
–¿Puedo ir contigo?
–No debes salir así vestida.
–¿Cuál es el problema?
Escupió en el lavamanos.
–Que luces... no sé, medieval.

Pensé que me volvería loca cuando me dejó sola en ese minúsculo departamento. Siempre estuve acostumbrada a estar en el castillo, rodeada de naturaleza y jardines que podía recorrer. Ahora estaba aburrida, dando vueltas. Observando por la ventana.
A pesar de la altura, todavía podía ver a los diminutos vehículos abarrotando las calles de asfalto. Sebastián me había explicado que les llamaban automóviles y que podían moverse utilizando combustible. No necesitaban ser tirados por caballos ni nada por el estilo. Aún me parecía una locura. Era cosa de brujas.
Me senté en el suelo, dejando caer mis piernas a través de los barrotes de hierro que cercaban la terraza. La ciudad no dejaba de alucinarme. Era horrible, pero tenía algo encantador. Había humo, suciedad, gente en exceso. ¿Qué era aquello que la hacía bonita?
Escuché que la puerta se abría y prácticamente corrí para recibir a Sebastián con un abrazo. Sentí que había estado días en su ausencia. Lo había extrañado. No estaba acostumbrada a estar sola. Y descubrí que no me gustaba. Yo había nacido rodeada de hermanas, siempre había alguien conmigo.
–¿Qué estás haciendo? –Sebastián puso algunas bolsas sobre la mesa de la cocina, sin corresponder a mi abrazo. No obstante, no pareció molestarle la muestra de afecto.
–No puedo estar aquí encerrada, no me gusta.
Sebastián se llevó a la boca una uva después de arrancarla de un racimo que acababa de comprar.
–¿Tienes hambre? –inquirió, masticando–. He traído algunas cosas deliciosas. Y libros, por si te aburres. Te gusta leer, ¿verdad?
Mis ojos se iluminaron.
–Me encanta leer.
–Esto... creo que es una mierda de Shakespeare, o Austen, no estoy seguro –me entregó un libro–. Oh, también hay algo de Andersen y los hermanos Grimm, apuesto a que los amas.
Abracé la colección contra mi pecho.
–¡Gracias!
–Whisky –sacó una botella de una bolsa de papel–, para mí –me aclaró antes de extraer una segunda botella, de un color más oscuro–. Kalúah, para ti. Lo amarás.
–¿Qué es eso?
–Un licor dulce de café que ocasionalmente ponen en algunos bombones de chocolate. Es delicioso –puso en la mesa un paquete de cigarrillos–. Para mí, obviamente. Tú no fumas.
–¿Y si quisiera fumar?
–No te dejaría.
–¿Por qué?
–Porque no.
Me tendió un extraño artefacto de color negro que cabía a la perfección en la palma de mi mano.
–¿Qué es esto?
–Un teléfono celular –respondió–. Si estamos lejos, podremos hablar a través de esto.
Abrí mis ojos ampliamente.
–¿Cómo? ¿Cómo funciona?
–No lo sé –se encogió de hombros.
–Es hechicería, ¿verdad?
Él largó una risotada estrepitosa.
–Lo dudo –noté que se burlaba de mí–. Si empieza a sonar y mi nombre aparece en la pantalla, presiona el botón verde. Si, de lo contrario, tienes una emergencia y quieres llamarme, deja presionado el número dos.
Comenzó a desenvolver algo que olía delicioso.
–Esto va a encantarte, les llamamos biscuits. Y esto de aquí son waffles, puedes ponerles miel o frutas encima –me entregó un vaso con tapa–. Jugo de naranja. ¿O prefieres probar el Kalúah de inmediato?
Se me hizo agua a la boca cada cosa.
–Quisiera... quisiera probarlo todo. ¿No hay problema?
Él sonrió.
–Claro que no.
Di un bocado primero a los waffles, sintiendo la suavidad dulce en mi boca y el sirope tibio. Un gemido de goce se me escapó. Probé la fruta, que estaba casi tan fresca como la que servían en el castillo, pero un poco más seca. Y los biscuits bañados en chocolate tenían un sabor paradisíaco.
–¿Y? ¿Te gusta?
Mastiqué lentamente para disfrutar del sabor. Aunque deseaba tragar a montones como un mendigo lo haría en un banquete.
–¿No quieres? –le ofrecí–. Dioses, esto es perfecto.
–Ya he comido –me dijo al tiempo que servía un poco de Kalúah en una copa y un vaso de whisky–. Prueba –me tendió la copa.
La sostuve cerca de mi rostro y la meneé, esperando catar su aroma. Olía como el cacao. Esa sola fragancia estaba embriagándome. Probé un sorbo.
–Vaya, podría beber de esto hasta estar completamente ebria.
–Estaba pensando que... –se llevó otra uva a la boca–. Ahora que he traído ropa para ti, podríamos ir al cine esta tarde.
Mis ojos se iluminaron.
–¿Qué es un cine?
–Ya lo sabrás –había un rastro de emoción en su mirada.
–¿Dónde está mi ropa?
–Esa bolsa de ahí.
Dejé la comida para revisarla.
–¿Pantalones? –murmuré, decepcionada.
Me guiñó un ojo.
–Jeans.
Podría matar por verte en unos ajustados jeans, le había oído decir una vez. Impaciente, me encerré en el cuarto de baño para cambiarme.
–Luciana –me llamó–. ¿No terminarás de comer?
Contemplé la imagen que se reflejaba delante de mí en el espejo. Mi cabello había crecido algunos centímetros, estaba desordenado, caía encima de mis ojos, sobre mis mejillas. Sonreí, ansiosa por volver a tener aquella melena pelirroja despampanante. Mi pelo parecía más oscuro estando corto, lucía de un extraño castaño rojizo.
Me senté en el suelo de azulejos para escoger la ropa. Había tres pantalones ajustados, dos camisetas estrechas, un sweater y una blusa que parecía más formal. También había una... tal vez una falda. Si me la ponía, me cubriría desde la cintura hasta la mitad de mis muslos. ¡Qué horror! ¿Y mostrar mis piernas a todo el mundo? ¡Qué va! No era un exhibicionista.
La ropa interior era tan pequeña...
No seas tonta, Luciana, no podrías llevar esta ropa utilizando corsés, medias y enaguas. Me dije.
Mi cara adquirió un tono colorado.
¿Sebastián había elegido mi ropa íntima?
No estaba segura de salir en público con lo que llevaba puesto. Pero, al admirar mi cuerpo, me sentí hermosa. Había elegido los pantalones vaqueros y el sweater, el conjunto más conservador. Salí descalza hacia la estancia principal, modelando con timidez para Sebastián.
Lo vi ponerse rígido tan pronto como me vio.
–Joder –farfulló–. Te ves... sexy.
–¿Sexy?
–Estás... hermosa.
Sonreí.
–¿De verdad te gusta?
–Si no estuvieses casada, seguramente me habría abalanzado sobre ti.
Agarré su brazo, jalándolo hacia la puerta.
–Vamos al cine.
–¿Ahora? Es tan temprano...
–Por favor –le hice pucheros y una mirada suplicante.
Su sonrisa fue seductora.
–¿No te pondrás zapatos?
–No –bromeé–. ¿Para qué?
–Para que tus pies no apesten –fingió contener la respiración.
–¡Oh, idiota!
Le golpeé en el hombro.
–¡Oye, eso me duele! ¡Tengo una herida ahí!
Asombrada, le dediqué una mirada de disculpa.
–¿De verdad?
Otra sonrisilla maligna curvó sus labios hacia arriba.
–No, tonta.
Me pellizcó la nariz antes de entregarme una caja. Al abrirla, hallé unas bonitas botas dentro, hechas de cuero marrón. Poseían un pequeño tacón.
–¿Son para mí?
–No, para mí –bromeó–. Seguramente luzco sensual en ellas.
–Sí, claro –bufé, tumbándome sobre la cama para colocarme los zapatos nuevos.
–¿No? –ahora parecía indignado–. Por favor, luzco sensual con cualquier cosa que me ponga –me eché a reír, verdaderamente divertida–. ¿Te estás burlando de mí? –se aproximó lentamente hacia la cama. Negué rápidamente con la cabeza, conteniendo una carcajada–. Ah, ¿no? ¿Te parezco un bufón?
De repente, estaba a horcajadas encima de mi cuerpo, sosteniéndome las piernas entre sus rodillas al tiempo que sus dedos me hacían cosquillas. Me retorcí bajo su peso, dando patadas al aire mientras trataba de alejar sus inquietas manos de mi cuerpo.
–¡No! –chillé–. ¡Para! ¡Te lo ruego!
Las carcajadas escasamente me dejaban respirar.
–Voy a parar cuando digas mi nombre.
–Déjeme... Sr. Von Däniken.
–¡Sr. Von Däniken! –repitió, levantando las cejas de forma pícara.
Cuando me quedé sin aliento, me dispuse a llamarlo por su nombre. Pero Sebastián me cogió de los brazos para retenerme contra el colchón y terminé dando un verdadero alarido de dolor. Se me escapó un sollozo.
Él se hizo hacia atrás.
–Luciana –balbució–. ¿Estás bien?
Me agarré el brazo, gimiendo.
–Sí, sí –le calmé–. Es solo... me has tocado...
Al comprenderlo, atrapó mi brazo para examinar el corte que me había hecho el capitán de las cárceles durante su rescate. Levantó la manga de mi sweater, notando que mis vendas estaban manchadas de sangre.
–Lo lamento –se disculpó–. No sabía... ¿Estás herida en alguna otra parte? –señalé mi muslo, donde se hallaba el más grande de los surcos, debajo de mi pantalón nuevo–. Deberíamos ir a una clínica para ponerte suturas.
Le miré a los ojos desde muy cerca.
–Sólo si tú vas y haces lo mismo.
Suspiró con irritación.
–Vamos al cine.
En las afueras del departamento, aparcada en la acera, había una especie de máquina con ruedas.
–Te presento a mi nena –Sebastián la señaló con una mano–. Les decimos motocicleta. Acabo de robársela a un tipo.
Estaba impresionada.
–¿Todo lo que trajiste a casa es robado?
–Claro que no –negó–. El dinero era robado, las cosas las compré –le fulminé con la mirada–. No me mires así, tú sabes quién soy –me colocó un casco en la cabeza antes de sentarse en la motocicleta, esperando que le siguiera–. Esto es como montar a caballo –me explicó–. Pero más peligroso.
Aunque no podía ver su cara, podía imaginarme su sonrisa pérfida. Ésa que venía implícita con la palabra peligro. Me senté detrás de él con mesura, teniendo cuidado con las múltiples magulladuras de su espalda. Él cogió mis manos, instalándolas sobre sus costillas.
–Te lo advierto, agárrate muy fuerte.

El cine era un sitio repleto de cómodas butacas en el que al parecer proyectaban una película. Se suponía que estaría atestado de personas, pero era demasiado temprano, por lo que únicamente estábamos Sebastián, yo y un montón de golosinas.
–Y, ¿qué es una película? –pregunté mientras lamía mis dedos pegajosos por el caramelo.
–Es... una especie de historia. Es como mirar una obra de teatro, salvo que los actores estarán encerrados en una pantalla. Es como ver a través de una bola de cristal. Mira.
Señaló hacia la pared delante de nosotros, en donde aparecieron personas de gran tamaño disparando armas de fuego o conduciendo motocicletas a toda velocidad. Abrí mis ojos como dos platos, impresionada. El sonido era estrepitoso, aturdidor.
–La primera película que se transmitió en el mundo mortal –comenzó a narrarme Sebastián–, se trataba acerca de la llegada de un tren. Era un fragmento corto que mostraba tomas de un tren avanzando a través de las vías. Se dice que las personas en el teatro salieron disparadas de sus asientos, porque creyeron que el tren se aproximaba realmente hacia ellos.
Había visto los trenes en Italia, sabía cómo lucían. Y comprendía la emoción de esas personas. Ahora mismo mi corazón estaba palpitando con fuerza dentro de mi pecho. Proyectaron imágenes fugaces de distintas escenas en las que había gritos, sangre o fantasmas.
–No quiero ver esta película –apreté el antebrazo de Sebastián.
–Esos son los trailers. La película todavía no comienza.
Resultó ser que la película era acerca de un mago truculento que aterrizaba por error en una tierra llamada Oz. Era la mejor historia de la que jamás había oído. Había brujas buenas y otras malas. Y escenas verdaderamente hilarantes.
Salí de la sala radiante, pidiendo volver a entrar. Había aprendido acerca de diversas tecnologías modernas y quería continuar adquiriendo conocimientos. Para el final del día, habíamos visto al menos cinco películas. Hasta que Sebastián me había rogado regresar al departamento.
–Escucha, ¿quieres que mi trasero se vuelva plano? –me había interrogado. Por supuesto, yo no quería que eso sucediera–. Llevamos nueve horas sentados.
Entonces había accedido de mala gana.
Ahora nos encontrábamos echados en la terraza, contemplando la luna plateada mientras yo bebía Kalúah y él whisky.
–Aún no puedo verlo –prorrumpió.
–¿Qué cosa? –cuestioné, con los párpados pesados por el sueño.
–El conejo que dices ver en la luna.
Suspiré.
–Es porque todavía no estás enamorado.
–Nunca me dijiste de quién lo estabas tú. Aunque supongo que ahora lo sé.
Rodé mi cabeza a un lado, contemplando su perfil bañado en la luz blanca de la luna llena. Mis cejas se dispararon hacia arriba.
–¿Lo sabes? –casi había gritado.
Se encogió de hombros.
–Es Nico, por supuesto.
Pensé en Nicodemus, mi esposo. El que pronto vendría a buscarme para hacerme reina.
–Hoy me he divertido mucho –confesé–. Con Nico nunca me he reído tanto.
Una risita se le escapó.
–No le digas que te lo dije, pero es bastante aburrido.
Me reí.
–¡No seas malo!
–¡No lo soy!
Nos quedamos callados otro rato, sumergidos en nuestras propias cavilaciones. No era un silencio incómodo sino uno agradable.
–Salgamos a bailar –sugerí.
Lo vi fruncir el ceño.
–¿Bailar?
–Sí, igual que en esa película en la que las mujeres se emborrachan y se quitan la camisa.
Sonrió con malicia.
–Esa idea me gusta –se sentó–. Sí, vamos a un club.
Estaba comenzando a acostumbrarme a la sensación paralizante del viento golpeando mi rostro cuando íbamos a toda velocidad en la motocicleta. Me estaba acostumbrando a sentir la fuerte espalda de Sebastián contra mis pechos mientras me aferraba a su abdomen con los dedos.
Me acostumbraba a su fragancia, a sentir sus caderas entre mis muslos, a su cálida presencia. A él. Era tan fácil sentirse cómoda mientras estaba prendida de su cuerpo, sintiendo el movimiento de su tórax cuando respiraba, escuchando el amortiguado sonido de su corazón. ¿Por qué? ¿Por qué era tan fácil?
El club era exactamente como había esperado que fuera. La estridente música vulgar, las personas bailando apretujadas en la pista, las mujeres semidesnudas danzando sobre las mesas, el alcohol sirviéndose por todas partes. Inclusive había una fuente en medio, que escupía espumosa cerveza. Pero la gente no la bebía, sino que se salpicaban con ella.
Atravesamos la marea de personas para llegar a la barra. Sebastián pidió un ponche dulce para mí. Él sabía que me gustaban las bebidas dulces en las que el sabor del alcohol parecía opacado por el resto de los sabores.
–Salud –me dijo, estrellando su vaso contra mi copa. Sentí su mano sobre mi cintura–. ¿Bailamos?
–¿Me enseñarás a bailar?
Atrajo mis caderas cerca de las suyas.
–Muévete, nena, como si tu vida dependiera de ello.
Recordé los movimientos pecaminosos que realizaban las mujeres fiesteras en la película y los repetí. Había estado bebiendo durante horas, por lo que una chispa de calor me hizo atreverme a danzar de esa forma mientras largaba risitas tontas. La música hacía que todo mi cuerpo vibrara.
Cuando Sebastián me empujó más cerca de su cuerpo, me quedé quieta, admirando la profundidad de sus ojos. Él dejó su bebida en la mesa para atrapar mi rostro en sus manos. Se inclinó, tan cerca que su respiración me hacía cosquillas en la nariz. Cerré los ojos, aspirando el aroma del whisky que se escapaba de su aliento.
Esperaba que sus labios tocaran los míos. Lo deseaba.
Cuando puse las manos en su pecho, aferrando su camiseta, sentí que se retiraba hacia atrás. Abrí los ojos, mi respiración era entrecortada.
–Deja que... –lo escuché tartamudear–. Ya vuelvo.
Se marchó, perdiéndose entre la multitud.
Durante diez minutos enteros, estuve sola, esperándole. Me había bebido mi copa y ahora tomaba sorbos de la bebida de Sebastián, a pesar de que no soportaba su sabor. Suavemente, meneé mis caderas al ritmo de la música, adormitada. Era consciente de que varios hombres parecían rondarme como depredadores, me vigilaban. Inclusive algunos se acercaban para saludarme, compartir palabras conmigo o invitarme a bailar.
–No puedo, vine con alguien –respondí al sujeto que se había sentado cerca de mí.
Le sonreí con timidez.
–Tienes una sonrisa muy bonita –me galanteó.
Me ruboricé.
–Gracias.
Estaba reclinada de la barra, con mis codos apoyados sobre la misma, cuando Sebastián reapareció, acorralándome con su cuerpo.
–¿Quién es ese tipo? –me gruñó en el oído.
Me reí debido al cosquilleo que producía su voz en mi cuello.
–No lo sé, quería bailar.
Él no estaba enfadado, sus ojos seguían brillantes al mirarme.
–¿No puedo dejarte un minuto sola porque todos los lobos comienzan a acecharte?
–Un tipo me preguntó si tenía número de teléfono.
Sebastián alzó sus cejas con diversión.
–Y, ¿qué le dijiste?
–Que no estaba segura, que debía preguntarte.
Su risa en mi oído ocasionó que un escalofrío se filtrara bajo mi piel.
–Cuando un hombre te pregunte eso, la respuesta siempre debe ser no, ¿de acuerdo?
Asentí.
–¿Es ahora cuando debo quitarme la camisa?
Comencé a levantar el borde de mi blusa, hasta que las manos de Sebastián sujetaron las mías.
–Debemos ir a casa, estamos muy ebrios.
En el departamento, me tumbé en la alfombra junto a Sebastián. Estaba tan borracha que veía a las paredes dar vueltas sin cesar.
–No dormirás ahí de nuevo –se opuso él–. Alguien tiene que usar la cama.
Me costaba tanto mantener mis párpados abiertos...
–Hazlo tú –protesté en un inteligible murmullo.
–Tú eres la chica.
Me encogí de hombros.
–No voy a moverme.
Me alzó. Cuando me colocó sobre las mantas, aterrizó encima de mí. Y sentí cada músculo duro de su cuerpo sobre el mío.
–¿Por qué no quieres utilizar la cama? –se quejó–. Tú quieres que duerma contigo, ¿verdad?
Su mirada penetrante estaba ardiendo sobre la mía.
Le sonreí.
–No puedes preguntarme eso ahora, estoy ebria –dije, copiando las líneas que había dicho la protagonista de la película que habíamos visto esa tarde.
Sebastián se rió. Fue un sonido dulce, breve, el cual se disolvió en un gemido tan pronto como sus labios presionaron los míos. A penas había empezado a besarme en serio cuando comenzó a ponerse de pie. Rodeé sus hombros con mis brazos, obligándolo a quedarse.
–No te vayas –gemí.
Dos minutos más tarde, ambos nos habíamos quedado dormidos en la misma posición. Mis brazos rodeándolo, una de sus piernas entre las mías, su cuerpo aplastándome, sus labios presionados contra mi boca. Y, cuando desperté, con la luz del sol entrando desde la terraza, él no estaba.
No se hallaba en la cama, ni en el cuarto de baño, ni en la terraza, ni en la cocina. Ni en ninguna otra parte. Mi corazón estaba bastante acelerado al momento en que encontré una nota sobre la barra de la cocina junto a una bolsa de papel.
No sé cocinar, te compré un sándwich.
No decía nada más. Ni adónde había ido ni cuándo volvía.
Con el corazón hecho un puño, pulsé prolongadamente el número dos en el teléfono celular. Lo llevé a mi oreja, tal como había visto que lo hacían otras personas. Y oí su voz.
–¿Qué sucede?
–¿Sebastián?
–¿Pasa algo? ¿Algo malo?
–No, yo... ¿A dónde has ido?
Luego de una breve pausa, suspiró.
–Tuve que irme, tengo que hacer algunas cosas.
–¿Qué cosas?
–Luciana, te dije que llamaras en caso de emergencia.
–Lo sé. Pensé que era una emergencia.
–Dejé una nota.
–Sí, acerca de un sándwich.
–Escucha, estaré fuera toda la tarde. Pero he llamado a un taxi para que pase a recogerte alrededor de las seis de la tarde. Saldremos a cenar, ¿está bien? En tu teléfono aparece la hora, las llaves cuelgan junto a la puerta. ¿Sabes lo que es un taxi?
–¡Claro que lo sé! Son esos coches amarillos que te llevan a cualquier parte.
–Eso es –parecía orgulloso de que lo supiera–. Si tienes hambre, hay algunas cosas en el refrigerador. Ya sabes, el armario blanco.
–¡Sé lo que es un refrigerador!
Escuché su risa del otro lado del teléfono.
–Bien, adiós.
No esperó a que le respondiera, la llamada se cortó. El teléfono empezó a emitir largos pitidos.
Pasé largas horas tumbada en la cama leyendo algunas novelas. Pero me sentía ansiosa, de modo que no podía poner demasiada atención a las líneas. El tiempo parecía pasar demasiado lento. Cada vez que le echaba un vistazo al reloj, habían pasado cinco minutos, que a mí me habían parecido unas tres horas.
Caminé por el diminuto departamento, me di varias duchas, comí trozos de queso con galletas saladas, me senté en la terraza a admirar el ritmo de la ciudad. Y, cuando volví a encender la pantalla de teléfono, eran las dos. ¡Santo cielo! ¡Todavía faltaban cuatro horas!
Me sentía increíblemente sola y aburrida. Eso era una emergencia, ¿no? Sin poder evitarlo, volví a hacerle una llamada a Sebastián. Pero esta vez no contestó. Continué intentando durante las siguientes horas, hasta que una mujer respondió.
–¿Hola? –le dije.
El número al que usted ha marcado no está disponible en este momento...
–¿Dónde está Sebastián? –le pregunté.
La llamada se terminó.
Me pregunté si también podría hacerle una llamada a Nicodemus. ¿Qué número debía presionar? La próxima vez, se lo preguntaría a Sebastián. Mientras las horas se consumían, me preparé para la cena. Decidí ponerme la falda y aquella bonita blusa. ¿Le gustaría a Sebastián? Después de todo, él había elegido ese atuendo.
A las seis, uno de esos vehículos amarillos me esperaba en las afueras del edificio.
–Luciana, ¿verdad? –me preguntó el conductor.
Asentí antes de entrar en los asientos traseros del automóvil. Más tarde, el hombre aparcó frente a un restaurante pequeño, cuya fachada era acogedora.
–Diga su nombre al portero, habrá una mesa reservada –me indicó el taxista–. El joven Von Däniken llegará en cualquier momento.
El interior del lugar me hizo sonreír. Era un restaurante de comida dulce. Estaba decorado con muchísimos colores. Había mesas marrones, que simulaban ser de chocolate, había conos de helado en el mostrador, junto con una selección estupenda de caramelos. Era como el sueño de cualquier niño.
El portero me condujo hacia una mesa para dos, en la que había una canasta repleta de bombones de chocolate de distintos sabores. El camarero me ofreció una copa de Kalúah mientras me mostraba su selección de postres.
–¿Quiere algo, señorita?
Sacudí la cabeza.
–Aún no, espero a alguien.
Él hombre me sonrió.
–Eso lo sé.

–¿Quiere que llame a un taxi, señorita? –me preguntó el camarero, dos horas más tarde.
Sebastián no se había presentado.
Asentí, conteniendo las lágrimas por la humillación que sentía.
–¿Necesita dinero? –solté, preocupada–. No he traído nada... ya sabe que pensé que...
–No se preocupe –el señor hizo un gesto con la mano para restarle importancia–. Y el transporte es cortesía de la casa, madame.
–¿No sabe dónde vive? –me había preguntado el chofer del vehículo amarillo. Su tono era de sorpresa, al tiempo que de burla.
–Sé que no está muy lejos de aquí. Es un edificio de ladrillos, seguramente lo reconoceré si lo veo.
Pensé en hacerle otra llamada a Sebastián, pero sabía que no contestaría. Había estado intentándolo durante horas, sin resultado. ¿Le habría sucedido algo? ¿Por qué no había asistido a la cena? ¿Cuál era su problema?
Casi una hora más tarde, hallamos el domicilio. Estaba abatida mientras subía por las escaleras de hierro que chirriaban con cada paso que daba. También había sido difícil encontrar el departamento, pero había logrado recordar el número.
Antes de entrar, respiré profundo y parpadeé varias veces para limpiar mis húmedos ojos de las lágrimas que estaban comenzando a acumularse en ellos. Apoyé mi frente en la puerta mientras hacía girar la llave, suspirando.
Después de cerrar la puerta detrás de mí, escuché algunas risas. Lentamente, caminé hacia la terraza. Solo para encontrarme con que Sebastián estaba en el jacuzzi, sentado junto a dos mujeres que besaban todo su cuerpo  libidinosamente.
Cuando me vio, su sonrisa se borró. Nuestros ojos se encontraron durante un segundo, pero no me dijo una sola palabra. Salí corriendo del departamento, dando un portazo detrás de mí. No obstante, no llegué demasiado lejos. ¿A dónde iría, de todos modos?
Mis sollozos resonaron a través del pasillo vacío. Cerré mis puños, golpeando las paredes mientras me derrumbaba sobre mis rodillas. Estaba temblando, me costaba respirar. Debía alejarme de Sebastián, tenía que apartarlo de mi vida para siempre. Me estaba lastimando como nadie lo había hecho jamás.
¿Por qué me dolía de esta manera? ¿Por qué?
–Dios mío, Luciana –alguien murmuró.
Al levantar la mirada, encontré a Nicodemus, de cuclillas delante de mí. Me tomó de las manos, ayudándome a ponerme de pie. Estaba alucinada mirando su rostro.
–¿Qué te hizo? –exigió saber, sosteniendo mi cara con sus manos.
Sacudí la cabeza y me incliné hacia adelante para besar su boca.
Por un momento no respondió a mi beso, pero luego lo hizo de forma dulce, cálida. A pesar de que yo deseaba que fuese más furioso y vehemente. Puse mi mano en su nuca, profundizando nuestro contacto. Pero sentí la rigidez en sus músculos, la renuencia en su agarre.
Se hizo atrás.
–Lo siento, Luciana. No puedo.
Apartó la mirada mientras yo buscaba sus ojos.
–Nicodemus, mírame –demandé, sin aliento–. ¿Por qué no podrías? ¡Eres mi esposo!
Deslizó las manos por su pelo, exasperado.
–No es verdad –refutó–. Seamos sinceros, estás llorando por otro hombre. Tenemos un acuerdo, no un matrimonio.
–¡Eso es porque tú no lo has intentado!
–Creí que no me amabas, pensé que querías espacio. He tratado de que esto sea ameno para los dos –suspiró–. Demonios, tú... tú me confundes tanto.
Le miré, incrédula.
–¿Eso qué significa?
Agarró mis brazos con rudeza.
–Escucha –susurró cerca de mis labios–. Yo amo a alguien más.

30 comentarios:

Noelia dijo...

¿Pere que demonios??!! Como es eso de que la deja plantada por dos calienta bragetas!!!! =O
Sebastian se merece una buena paliza por ello. ¿Voluntarias? \o/ \o/ \o/

Susy dijo...

Vale me tengo que ir a estudiar, pero solo dire qu me encanto.
Luego pasare a dejarte mis comentarios super extra largos.

Terelú dijo...

NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO, POR QUÉ LA DEJASTE AHI.

PUTO SEBASTÍAN.
PUTO NICODEMUS.
PUTOS TODOS.

*SUFRO*


Terelú x.

DANIELA dijo...

dioos sebastian es muuuy cruel con luciana pobreeeeee :/

me encanto el cap espero que plubliques el proximo prontoo :)

Anne S.C. dijo...

Hello :3
Primero que nada, me presento: Me llamo Enna & te leo desde México & déjame decirte que AMO la manera en que escribes; el hecho de como relacionas los personajes & como sabes desarrollar la historia es perfecto... Siempre entro a leer esta novela & solo voto por que continúes con la novela, pero nunca había tenido la oportunidad de comentar así bien extendido & como se debe pero pinky promise que me verás comentando de ahora en adelante :3
En estos momentos lo único que leo es tu novela & "Grandes Esperanzas" de Dickens & OMG! son las mejores novelas... Aunque siempre me quedo con la incertidumbre de saber que más ocurrirá con TU novela.. Please, please, please SIGUELAAA porque de verdad que me tienes enganchada con tu novela... Es mi nueva adicción :3
Por cierto, ya descargué tus novelas & ya estás en mi colección con todos mis autores favoritos...
Ahora si, a comentar sobre el cap... Sebastian es un BITCH! O sea, como pudo hacerle eso a Luciana?! Esta estúpido o que? ARGHH!!! O sea, primero la deja plantada & para colmo está con dos fulanas #InfartoTotalMiCorazónEstáDestrozado
& para colmo el Nico que ahora resulta que está enamorado de otra persona?! Muero, simplemente muero U.U PEROOOOOOOO no moriré sin antes terminar de leer tu novela ^^! Asi que PLEASE SIGUELAAAA porque es tan tan dbsjkfhdjhaf GENIAAAAAAAAAL! #FuckingPerfect
P.D. Seria genial que pudiera encontrar tus libros en alguna librería porque honestamente no me gusta comprar por internet & además de que no tengo tarjeta de crédito ^^! Espero algún día encontrar un libro tuyo en alguna librería, seria increíble (:
Cuídate :3
XOXO

Anónimo dijo...

este cap me matoooo no puedo creer que sebastian sea asiiiii , pobre luciana :(

Anónimo dijo...

Hey espero que no te hallas olvidado de mi....porque a pesar que te deje por mucho tiempo...mas del que me hubiera nunca gustado :'c de verdad lo siento Steph pero pasaron muchas cosas y despues te las cuento creeme dudo muchisimo que no te vallas a cansar de mi porque te voy a ladillar como ninguna....voy a empezar a leer Alas Rotas...y luego te escribire como 10 comentarios con todo lo que te tengo que decir :p
no lo hago ahora porque tengo muuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuucho que leer y es un poco tarde.... son la 12:05 am asi que se me dificulta un pelin pero pronto muy muy muy pronto sabras de mi otra vez no te angusties XD
sabes que de verdad nunca me olvide de ti...si ok te abandone pero no porque yo queria de verdad y mucho menos porque no me guste como escribes sabes de aqui a la luna que AMOADORO tus novelas <3
pero hey estoy de vuelta y vengo repotensiada y lista para hacerte la vida mas feliz...si lo lamento me converti en una mala fan al dejarte asi como si nada pero en serio LO SIEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEEENTO :''''C
bueno ya sabes HE VUELTO *voz de terminator*
amiga mia te escribo mi testamento de por lo menos 10 comentarios mas tarde cuando me actualice en los capitulos :p TE AMO STEPH <3 <3 <3

PD: Eres la mejor XD
PD2: PEACE \/




Isabelle *-*
(tu fan que lamenta mucho haberse ido pero que nunca se olvido de ti, que te quiere mucho,que espera la perdones y que no lo volvera a hacer :* )

LittleMonster dijo...

Este capitulo fue muy divertido!!! ajajjaja ya quiero ver que piensa hacer o decir Sebastian al respecto! Yo creo que Sebastian es gay!! y esta enamorado de Sebastian y por eso lo siguio hasta el castillo!! jajajaja ok no PERO PODRIA SER UNA POSIBILIDAD! jajaja
WONDERFUL WONDERFUL!

danire dijo...

este cap fue uno de miis favoritos :D espero que publiques pronto el proximo

Anónimo dijo...

woow que mal esta vez sebastian se pasoo

Mora dijo...

Hola :D
¡Feliz noche! Ya van nueve días sin un capitulo nuevo :( Ya se que todo depende de nosotras pero aveces no sé que nos pasa :'(
Este capitulo que ah dejado conmocionada, y Nicodemus :O ¿Otra persona en su vida? Wow.. Pero ¿QUIEN? o_o
Sebastián es un Pillo ¬¬

¡Feliz noche!

Anónimo dijo...

sebastian! la primer parte del capitulo lo ame y al final lo odie
porque sebastian? porque? porque? porque?
buenisima la novela

brenda(: dijo...

ok primero qe nada perdon por no haber comentado en los dos capitulos pasados:S es horrible no tener computadora:(
ahora su lso capítulos! Me qieres matar verdad? Porque confundes tanto mi pobre corazoncito!? Yo estaba segura de amar a nico♥ y luego vienes y haces qe sebastian sea tan asdfghjk♥ me confudes mujer! De verdad qe me haces amar tu novela cada dia mas:D
espero qe subas capitulo pronto! Lo espero con ansias*.*
p.d. qe tengas muchísima suerte en tus exámenes(:
-brenda

Anónimo dijo...

sooooo amo tu novela
sii creo que eso lo resume todo:)

Anónimo dijo...

no puedo creer qe falten la mitad de los coments:$ ya quiero leer el proximo cap.

Anónimo dijo...

mi capitulo favorito hasta ahora!
ya quiero leer el siguiente

espero que te haya ido bien en tu examen

Anónimo dijo...

Me ha dejado en shock el final del capítulo. Sebastián es un perro que ya sabía qe haría algo como eso. El intenta ser bueno pero jode todo con lo que hace. Pero Nicodemus me ha sorprendido, pero no me siento molesta con el. Soy sincera puedo molestarme con Sebastián pero no con el. No puedo creer que ame a otra persona, pero al parecer Luciana lo confunde. Pero en caso de que ame a otra persona espero que sea feliz con ella. Luciana es una perra. No ama a su esposo, pero por despecho se acuerda que es su marido. La odio a ella y me alegro que la hayan dejado plantada.

Anónimo dijo...

Estoy frustrada en estos momentos. Nio te sigo amando y se que me amas a mi.

Anónimo dijo...

Sabía que Sebastián era así. Ella no puede enojarse por eso. Además no puede pretender que Nicodemus haga todo lo que ella quería por despecho. Por eso no estoy molesta con el. Aunque tengo curiosidad por saber a quien ama. Aunque al parecer también quiere a Luciana.

Anónimo dijo...

Sabía que Sebastián era así. Ella no puede enojarse por eso. Además no puede pretender que Nicodemus haga todo lo que ella quería por despecho. Por eso no estoy molesta con el. Aunque tengo curiosidad por saber a quien ama. Aunque al parecer también quiere a Luciana.

Anónimo dijo...

Sabastian es un perro.
Nico es hermoso y no lo odio.
Luciana lamentó decirte que no siento lástima.

Anónimo dijo...

Steph, ¿Tienes tu libro El hotel Nigthmare en papel? Deberías subir una foto enseñandolo. Sería tan estupendo verte con el. O verlo. ¿Cómo te sientes de saber que hay personas comprándolo y leyendo lo estupendo que es?
Luciana es un dolor de cabeza.
Sebastián es un estúpido.
Nicodemus es especial. Me alegro que haya alguien más en su vida.

AB dijo...

¿Cómo va la edición del hotel nightmare? ¿Estas editando el libro tu sola o tienes a alguien más ayudándote con la edición? ¿De cada cuanto tiempo planeas publicar los libros en amazon? La portada de el Hotel nightmare me encanta. ¿Pero qué significa la niña? Sabes que eres una excelente escritora. ¿No publicarás el hotel Nigthmare por kindle? Lo digo porque muchos por amazon compran los libros en formato digital.

Anónimo dijo...

Steph cada vez me sorprendes más.
Sebastián siempre ha sido un desgraciado. Por eso es que lo amo y odio tanto. Nicodemus me ha sorprendido y ahora me siento curiosa de el.

Anónimo dijo...

Cada vez se pone mejor esta novela. Sigue así.

Anónimo dijo...

No se sí sentirme triste por Luciana o no sentir nada, pero bueno. Ya sabía que Sebastián no era un buen pan y que ya estaba podrido, pero no entiendo porque se sorprende de haber visto a Luciana. El sabía que ella llegaría al apartamento. Nicodemus no tiene culpa de nada. El tiene derecho de querer a otra persona, porque Luciana quiere a otra persona. No entiendo porque se molestan con el.

Anónimo dijo...

Qué capitulazo
Estoy súper ansiosa por saber más y más.

Aberla dijo...

Steph
¿Tus amigos sabes que estas publicando tus libros por amazon?
¿Qué se siente hacerlo?
Se qué te estas esforzando mucho con tu editorial y se que harás un gran trabajo. Eres joven y eso es importante. Porque tienes muchas energías.
Sebastián me enojo un montón. Nicodemus es tan lindo.

Anónimo dijo...

Me siento tan shokeada. Ame el capítulo, demasiado. Estoy súper ansiosa. SUBE YA Ok no tarda todo lo que quieras. Sólo digo que me siento frustrada.

Anónimo dijo...

Sebastián perro
Nicodemus lindo
Luciana lo siento
El capítulo ha estado emocionante. Aunque Luciana es tan ... no se qué decir.

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