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jueves, 4 de abril de 2013

Capítulo 3: Cien Años de Perdón






Capítulo 3: Cien Años de Perdón

Largué un alarido de pánico mientras mi garganta ardía debido al ceñido agarre firme sobre mi cuello.
–¡Dabra! –oí decir a Sebastián en tono de reprimenda–. ¡Suéltala, no es comida!
Seguidamente, la presión sobre mi cuello se aflojó. El señor Von Däniken apareció delante de mí y sostuvo mis hombros con sus manos.
–¿Estás bien? –inquirió. Traté de contestar, pero era doloroso. Tosí mientras daba un corto asentimiento con la cabeza–. Creo que ya conociste a Dabra –él señaló a una criatura que se hallaba de pie a su lado.
Era una Doxy, o hada maligna, con desnuda piel azul, varios pares de alas moviéndose tras su espalda, una fila de dientes tan afilados como cuchillas, largo pelo negro descendiendo sobre sus pechos y al menos un par de metros de altura.
–Eres una mala chica –amonestó Sebastián a la Doxy–. ¿Qué te he dicho sobre comerte a las mujeres guapas?
El hada puso una mirada de disculpa.
–Que luego podrías necesitarlas para llevártelas a la cama –contestó en un tono dulce e infantil, como si hubiera memorizado la oración para recitarla.
Las cejas de Sebastián se arquearon.
–Bueno, eso es cierto –se encogió de hombros–. ¿Qué te he dicho sobre decir imprudencias en frente de las mujeres guapas?
Dabra frunció el ceño como si tratara de recordar.
–¿Las imprudencias se comen?
Sebastián puso los ojos en blanco.
–De vez en cuando, deberías tragártelas.
El hada sonrió.
–¿Dónde están? ¡Nunca las he probado! ¿Están hechas de carne?
–Nena, tienes suerte de ser linda.
Dabra mostró todos sus dientes.
–¡No uses ese tono conmigo! –esta vez, su voz era igual a la de un atemorizante hombre.
–Tú no uses ese tono conmigo –se quejó el Sr. Von Däniken–. Suenas como un demonio vomitando, lo cual es repugnante.
Dabra era un poco más alta que Sebastián, de modo que se agachó ligeramente para frotarse contra su cuerpo igual que un gatito en busca de cariño.
–Me harás llorar si sigues hablándome de esa forma. Tú no quieres que llore, ¿verdad?
Él suspiró.
–Créeme, nadie quiere.
Ella movió una mano hasta su pecho y comenzó a rasgar con una de sus garras el cuello de la camisa de Sebastián. Él dio un paso atrás.
–¿Qué te he dicho sobre desnudarme?
–Que no soy Liptaura.
–Ni yo soy Eustace –Sebastián buscó mi mirada con la suya–. Vamos, Lady Luciana.
Él le entregó el par de boletos a Dabra, quien los metió en su boca con un gesto de éxtasis. El Sr. Von Däniken saltó a través de la ventana circular de la casa al revés y me ayudó sentarme sobre el alféizar. Tiró de mí hacia el interior de la estancia, forzándome a entrar.
Dentro del lugar, el ambiente era pesado y caluroso. Había humo, luces y oscuridad. Era difícil moverse, o respirar. En el techo había numerosos muebles de cabeza, adheridos a la superficie como si hiciera falta el principio de la gravedad. Había mesas, sillas o armarios, con sus patas apuntando hacia arriba. En cambio, donde yo estaba de pie, era un espacio libre de objetos, salvo por una lámpara en medio de la pista de baile, que parecía colgar hacia arriba en una extraña forma e iluminaba todo el salón con relámpagos coloridos de fuego mágico.
Las personas atiborraban todo el lugar, estaban apretujadas unas contra otras mientras danzaban obscenamente o hacían movimientos pecaminosos. A donde sea que mirara, la lujuria aparecía. A lo lejos se podía vislumbrar un bar de licores y un pequeño escenario de tablas negras, donde una banda de instrumentos flotantes hacía música.
Una trompeta se movía sobre el aire, emitiendo sonidos, un saxofón la acompañaba, al igual que tres violines al fondo. Las teclas del piano se hundían por sí mismas, mandando vibraciones al suelo que hacían sacudir mi pecho.
Parecía tratarse de una banda de espíritus, o seres invisibles, mas no estaba demasiado segura de si era aquello o eran objetos que habían cobrado vida. Alrededor de mí se hallaban los seres más insólitos que jamás había visto. Una mujer rubia con un vestido de rayas tomaba de la mano a un joven de cabello negro. Ambos eran casi normales, salvo por la caja de cristal que encerraba sus cabezas. Ésta estaba llena de agua, acompañada de peces coloridos que nadaban alrededor de sus rostros. Los dos se lanzaron una sonrisa amorosa.
–Si te estás preguntando si aquellos dos se escaparon del video de Panic! At The Disco, tienes razón –me dijo Sebastián.
Le miré con pródiga confusión.
–¿Qué?
Él largó un resoplido.
–Olvídalo, en Etruria ni siquiera existen los televisores.
–¿Los qué?
Me arrojó una sonrisa burlona, esbozada hacia un solo lado de su rostro.
–Suerte que eres bonita.
Abrí mi boca con indignación.
–¡Puedes llamar tonta a todas las bestias azules que quieras, pero no lo intentes nuevamente conmigo! O, créeme, dejaré de ser bonita ante tus ojos.
Se cruzó de brazos.
–Como si esa boca pudiera dejar de ser bonita –objetó al tiempo que observaba mis labios–. Ni siquiera escupiendo amenazas, perdería su encanto –me guiñó un ojo–. Dime, ¿acaso me ejecutarás en la horca? ¿O me atarás a una silla para cortar mis dedos uno por uno? O, mejor, podrías poner mi cabeza en la guillotina, eso sería perversamente divertido.
–Coincido contigo –una voz cantarina brotó desde alguna parte. Era un hombre sin cabeza, que se había aproximado hacia nosotros, sosteniendo su cráneo bajo su brazo. El cuello de su traje todavía tenía sangre seca adherida a la tela–. Aunque después de las primeras cinco veces, te acostumbras.
Junto al hombre había una mujer de apariencia distinguida que usaba un elegante traje, guantes de seda, tocado y chal. Su boca era una delgada línea en forma de labios que iba desde una de sus orejas hasta la siguiente, de un extremo a otro de su cara. Sus rasgos parecían espantosamente deformes, su cabello era una maraña de risos azules grisáceos que sobresalían por debajo de su sombrero. El cual era un nido de abejas. Con abejas dentro. Uno que otro insecto zumbaba alrededor de su cabeza.
Cuando la señora acomodó su sombrero, varias gotas de miel resbalaron sobre su arrugada frente. Ella removió el espeso líquido de su piel, utilizando dos de sus dedos, los cuales lamió con entusiasmo un segundo más tarde.
–Muuuchooo gustooo –continuó cantando el hombre decapitado antes de poner su cabeza torpemente encima de sus hombros para ofrecerme una mano, la cual atisbé con recelo–. Me llamo Augustus. Es mi título de antiguo emperador romano.
Sebastián me cogió de la muñeca para empujar mi mano hacia la suya.
–No seas maleducada, saluda.
En lugar de llevar mi mano hasta su boca, Augustus agarró su cabeza para traerla cerca de mis dedos. Sentí sus mohosos labios besuqueando mis nudillos.
–Ella es mi esposa –señaló a la mujer del sombrero, entre melodiosas notas de canto–. Su nooombre es señorita Lolieput.
No pude evitar soltar una risita divertida, hice una educada reverencia con la cabeza.
–Señorita Lolieput, Lord Augustus, es un placer. Yo soy la señorita Winterbourgh.
Los ojos de Sebastián me escudriñaron sospechosamente.
–¿Puedo comerme tu cabeza? –le preguntó Dabra a Lord Augustus.
La cabeza del hombre hizo un gesto entre el horror y el miedo.
–Sebastián, dile que no lo haga –cantó su boca de forma rítmica.
–Dabra, vete –le ordenó. Con tristeza, la Doxy obedeció. Él me miró–. Luciana, ¿quieres una cerveza?
Parpadeé.
–Me gustaría una cerveza dulce de barril, con abundante miel y manzanas.
Hizo rodar sus ojos.
–Tenemos cervezas embotelladas. Ya sabes, las normales. Rancias, amargas y con mucho alcohol.
Fingí estar de acuerdo mientras seguía a Sebastián hacia la barra del bardo, esquivando a personas con actitud ebria. Varias mujeres, escasamente vestidas, rodearon al señor Von Däniken, haciéndole movimientos insinuantes. Él rodeó la cintura de dos de esas damas con apariencia de prostituta.
–Sarah –dijo después de besar en la boca a una de ellas–. Amanda –mencionó el nombre de la segunda antes de besarla.
Estaba alarmada por el modo en que su lengua entraba en la boca de esa mujer, jugueteando con los bordes de sus labios. ¡Qué calamidad! ¿No enviaban a nadie a la picota por semejantes actos públicos?
Luego de una extensa sesión de compartir saliva, el Sr. Von Däniken tomó una bocanada de aire para recuperar el aliento.
–Las he extrañado, nenas.
Ellas besaron su cuello al mismo tiempo que abrían los botones de su camisa, dejando a la vista una porción pequeña de la piel tostada de su pecho. Sarah mordió los aretes que ascendían a lo largo de la oreja de Sebastián.
Él tocó juguetonamente los pechos de Amanda, quien estalló en risitas coquetas mientras se retorcía bajo su agarre.
–¡Deberían arrestarte! –protesté, mirando furiosamente a Sebastián.
Me arrojó una sonrisa perversa.
–Lo sé, chiquita, pero éste sería el menor de mis delitos.
–¿Qué pasa? ¿Estás celosa? –Amanda me cuestionó.
–Probablemente –aseguró Sebastián, haciendo descender sus manos desde los pechos hasta los glúteos de la mujer.
–Podemos compartirlo –Sarah me dijo, guiñándome un ojo.
Enrojecí de ira.
–¡Sáqueme de aquí, Sr. Von Däniken!
Soltó a las dos mujeres para poner las manos sobre mis hombros.
–Relájate, preciosa –hizo una seña al cantinero–. Hombre, quiero dos cervezas –el gran tabernero, con la cabeza calva y la cara barbuda, puso dos botellas en la mesa. Sebastián me entregó una–. Bebe.
Para enfriar mi rostro del rubor, tomé un largo trago de cerveza. Y lo escupí.
–¡Sabe horrible!
–Princesita, es alcohol, embriaga de todas formas. Cállate y bebe.
–No puedes estar dándome órdenes –gruñí.
Él me lanzó una miradilla astuta.
–Ya lo he hecho.
–¡Guardias! –grité con arrebato–. ¡Llévenselo!
En el tiempo que dura una exhalación, Sebastián me empujó hacia una pared y presionó la frígida hoja metálica de un cuchillo contra mi cuello.
–Dije. Que. Te calles. ¿Me oíste? –asentí rápidamente, adolorida. Él aflojó la presión del cuchillo–. Aprenderás a tenerme miedo, muñequita –su voz era un rasgado susurro amenazante que golpeaba un costado de mi cara.
–Deja en paz a la señorita –me defendió un desconocido hombre ebrio. Era grande, incluso más alto que Sebastián, y varias veces más ancho. Se trataba de aquel rústico tipo calvo que servía las bebidas tras la barra del bar.
Huí del Sr. Von Däniken en una carrera mientras él se volvía hacia el adversario que lo desafiaba.
–¿Qué pasa? ¿Esa pequeña histérica te gusta? –interrogó al hombre.
–Nadie trata a las damas de esa forma en este lugar, pedazo de basura.
–¿Por qué? ¿Nadie les enseña a quién deben temer?
El hombre grande se lanzó hacia adelante para coger a Sebastián por la chaqueta, pero el joven levantó rápidamente una pierna y le pateó en el pecho, enviándolo varios metros más lejos. El rostro del tabernero se tornó del mismo color que la sangre, las venas en sus ojos se brotaron. Sebastián, con una expresión divertida y relajada, robó un vaso de madera que alguien había puesto en una mesa. Y lo bebió de un trago.
–Refrescante, Bob –le dijo al cantinero de manera arrogante–. Al menos preparas buen licor.
Las fosas nasales de Bob se dilataron.
–Te aplastaré el cráneo, niñito.
La gente miró con entretenimiento mientras Bob alzaba una pesada silla sobre su cabeza para arrojarla hacia Sebastián, quien fue ágil al esquivarla. Sin embargo, alguien le arrojó otra silla, que se rompió directamente contra su espalda.
El Sr. Von Däniken gruñó ferozmente de dolor.
De repente, me di cuenta de que no había un solo Bob, sino tres o cuatro de ellos, abriéndose paso hacia Sebastián para golpearlo. Uno de ellos logró darle un puñetazo en la cara, haciéndolo sangrar.
–Me gusta cuando la dificultad aumenta –dijo el señor Von Däniken con una presumida sonrisa bosquejada en sus labios ensangrentados.
Se movió para eludir el siguiente ataque y lanzó un puñetazo en la nariz de uno de los Bobs. El hombre se tambaleó hasta estrellarse contra una mesa. Otro de sus contrincantes consiguió cogerle los brazos desde atrás al tiempo que un tercero lo golpeaba con puñetazos en el pecho. Escuché gemidos de dolor que salían del Sr. Von Däniken. No obstante, pudo mover sus dos pies en el aire a fin de patear al sujeto que lo vapuleaba.
La multitud parecía enloquecida por debajo del ruido de la atronadora música, les vi intercambiar joyas, monedas o papel verde, en apuestas furtivas. Temblé de miedo cuando el tercer Bob levantó a Sebastián del suelo y lo estampó con fuerza contra uno de los muros. La colisión fue tan fuerte que los ladrillos se agrietaron bajo el peso del señor Von Däniken. Parecía que los hombres con barba acabarían con él en cualquier momento, hasta que una grave voz penetró en los oídos de todos.
–Con ustedes... damas y caballeros.... ¡Gerardo Harris!
Durante un segundo, la muchedumbre permaneció en silencio, hasta que estallaron en aplausos, gritos frenéticos o silbidos de emoción. Sobre el escenario apareció un muchacho muy joven, de desordenados cabellos rubios y ojos azules.
Estaba vestido con la sencillez de un campesino, con botas de cuero, un pantalón azul y una camiseta roja, la cual hacía que la piel sobre los músculos de sus brazos pareciera bastante pálida, salvo por las áreas que estaban repletas de tatuajes raros y coloridos. Símbolos de dioses.
No parecía tener nada de especial, incluso se veía como un simple mortal. Era un poco torpe, desaliñado, con un rostro inocente. Y, de todas formas, despertaba desmesurada euforia y deseo, tanto en hombres como en mujeres.
–Hola –dijo hacia un artefacto alargado, metálico. La multitud gritó al unísono. Las mujeres comenzaron a desmayarse al escuchar su voz amplificada–. Espero que no les moleste que haya venido solo, mi banda no pudo estar aquí.
Algunas damas gritaron proposiciones indecentes por encima del bullicio. Éstas hacían sonrojar al pícaro joven. Había un instrumento de cuerdas colgado sobre sus hombros, similar a un laúd, pero con algunas diferencias en la forma.
Entretanto, me abrí paso entre los espectadores para llegar hasta un apaleado Sebastián. Apaleado y furibundo. Se hallaba sentado entre los escombros del muro roto. Todo el mundo había olvidado la pelea, incluso Bob, que ahora no tenía dobles por doquier, sino que había regresado a su habitual lugar detrás de la barra.
Estiré mi mano para apartar el cabello sudoroso de su frente. Él se estremeció, al igual que antes, como si pensara que iba golpearlo. Sus ojos se cerraron con fuerza, al igual que sus puños. Antes de que mis dedos le tocaran, capturó mi muñeca en un apretado agarre.
–Aléjate de mí –rezongó con desplante después de abrir su par de ojos para fulminarme con estos.
Me hice atrás.
–¿Estás herido?
Se levantó.
–¿Qué te importa?
Sarah y Amanda corrieron hacia él para darle arrumacos y consuelos. Las apartó groseramente y se encaminó hacia Bob.
–Dame una botella de whisky.
El hombre calvo le miró con cólera.
–Tendrás que pagar por eso.
Después de largar un resoplido de frustración, Sebastián tanteó sus bolsillos hasta conseguir una delicada cadenilla hecha de oro de la que colgaba una llave cubierta de diamantes. Era mi collar, el que me había robado.
Se giró para darme una mirada al tiempo que las comisuras de sus labios se elevaban en aquella sonrisa endemoniada. A pesar de que le devolví una mirada venenosa, logré sonreírle con la misma cantidad de sarcasmo. No iba a dejar que me impresionara, no permitiría que ese imbécil estafador siguiera viéndome como la tonta princesita buena con la que podía jugar.
El cantinero examinó meticulosamente la cadenilla, con una voraz expresión ensombreciendo su rostro. La tomó y se la llevó a la boca a fin de masticarla, para luego engullirla.
–Hmm... –se regocijó.
Le entregó una botella de cristal a Sebastián, llena de un líquido de un color similar a la miel tostada, o al aceite de maní. El Sr. Von Däniken vaciló antes de coger un vaso para servirse. Al final decidió no usarlo. Destapó la botella y bebió de ella directamente, con prisa.
La sangre que manaba de su boca manchaba su barbilla, su camisa continuaba medio abierta hasta la mitad de su torso, su piel tenía rastros de sudor por el esfuerzo de la pelea. Me recliné de la barra del bar mientras observaba al torrente de personas danzando en la pista. Nunca se me hubiera ocurrido que alguien pudiese bailar de un modo tan vulgar.
Las mujeres se frotaban contra los hombres, quienes movían sus inquietas manos a través de sus curvilíneos cuerpos prácticamente desnudos. Ellas usaban diminutos vestidos brillantes, que tenían menos tela que mi ropa interior. Otras usaban incluso menos ropa, cubriendo escasamente sus partes íntimas con minúsculas faldas, o sus pechos con pequeñísimas prendas.
Parecían alguna secta salvaje de gitanos. Vulgares. Sin pudor, sin decencia, sin delicadeza. Todos sudaban y se movían al estridente ritmo de la música que ese joven rubio cantaba sobre el escenario. Él provocaba furor, excitación. Inclusive amor descabellado e irracional en las masas. Era como si transpirara alguna potente droga capaz de entumecer y encender hormonas que hacían delirar a las personas.
Era difícil no mantenerse hipnotizada por el movimiento de su boca, o de los músculos de sus brazos cuando sostenían el instrumento. De forma inconsciente, sonreí al contemplar su blanca sonrisa perfecta, de labios torcidos.
–¿Quieres? –me preguntó Sebastián, sacándome del ensimismamiento. Sirvió un poco de su bebida en un vaso–. Pareces acalorada. ¿No deberías quitarte ese vestido? –negué–. ¿Rechazas mi whisky o quitarte el vestido?
–Ambas –aseveré con una sonrisa arrogante–. ¿También sabes bailar de esa manera pecaminosa?
Él levantó una ceja.
–Pecami... ¿qué? –interpeló–. Será mejor que eso no sea un insulto. Y sí, sé bailar. Podría enseñarte, también.
Me quedé hechizada al verlo morderse el labio inferior. Mi corazón se aceleró bajo mis costillas, la temperatura en mi cuerpo se elevó. Sentí su mirada ardiendo sobre mí, devorándome. Hice un esfuerzo para evitar jadear.
–No lo creo, no soy una prostituta.
Él bebió otro trago de la botella. Cuando no me dijo otra palabra, regresé mi atención hacia Gerardo Harris.
–Yo... –jadeó el muchacho después de acabar su canción–. Quiero que conozcan a alguien.
Una joven de cabello rubio caminó con aires de superioridad a través del escenario. Era hermosa, con la piel dorada, los ojos azules, el cuerpo esbelto. Igual que una de esas estatuas de diosas etruscas. Estaba usando pantalones blancos y una blusa de un tono rosado sobrio con mangas largas.
La reconocí inmediatamente como una de las mellizas Morte. Aquella era la antigua princesa de Etruria, hasta que su familia había sido exiliada del trono. Porque ella mantenía una relación amorosa con Massimilianus de Velathri, el dios que había destruido nuestro pueblo en dos ocasiones.
Gerardo Harris, el cantante, se sentó en una silla en el escenario, con la finalidad acomodar su instrumento sobre uno de sus muslos.
–Ella es mi amiga Charity –explicó con el semblante iluminado por un sentimiento de anhelo. Su mirada azul resplandecía al verla dirigirse hacia él.
La princesa Charity apartó el instrumento del cantante a un lado para sentarse a horcajadas sobre su regazo. Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó de la manera más apasionada que había visto en mi vida. Había cierta cantidad de urgencia, hambre, romance y desesperación en ese libidinoso beso.
Involuntariamente, pasé mi lengua por encima de mis labios, que se sentían resecos y quebradizos. La muchedumbre parecía sobrexcitada, estupefacta por el acto romántico. Ellos gritaron con arrebato.
–Bastardo suertudo –se quejó Sebastián.
Le miré.
–Es ése Massimilianus, ¿no es así? –el Sr. Von Däniken asintió–. Ahora entiendo por qué exiliaron a la familia Morte. ¿Qué clase de princesa hace semejantes demostraciones públicas de amor?
Sebastián se movió hacia mí con paso depredador. Bruscamente, me encerró entre la barra del bar y su cuerpo, situando sus manos encima de la mesa, a cada lado de mis caderas. Muy despacio, se inclinó sobre mí.
–¿Le tienes miedo a esto?
Sus labios entreabiertos estaban cerca de los míos, casi rozando mi barbilla. Su aliento acariciaba mi piel, suscitándome estremecimientos que agujereaban todo mi cuerpo. Una oleada de calor descendió desde mi pecho hasta mi vientre, provocando deliciosas contracciones dentro de mí.
No podía dejar que me tratara como a una cualquiera. Levanté una mano para abofetearlo. Él capturó mi brazo. Su expresión era ladina, triunfante.
–No se atreva a besarme, Sr. Von Däniken –mi entonación fue casi una amenaza.
Su sonrisa se hizo más oscura y perversa.
–Créeme. Nunca lo haría –puso énfasis en la palabra nunca.
De nuevo, mi subconsciente me traicionó.
–¿Por qué?
Mordió sus apetitosos labios para evitar soltar una carcajada petulante.
–Porque odio a las princesas.
Ahí estaba otra vez ese énfasis hostil, esta vez en la palabra odio. Estreché mis ojos.
–Y yo odio a los piratas.
Sebastián puso distancia entre nosotros.
–Entonces estamos a mano, Lady Luciana.
–Señorita Winterbourgh para usted.
–Como digas.
Sin soltar mi brazo, tiró de mí para arrastrarme a través del auditorio hacia la parte trasera del escenario, donde Massimilianus se había detenido a firmar hojas de papel para sus admiradoras. El cantante elevó una ceja al reconocer a Sebastián.
–Sabía que algún día regresarías a pedirme un beso.
El Sr. Von Däniken hizo rodar sus ojos.
–Si algún día me vuelvo loco, lo haré. Mientras tanto, sigue soñando –haló mi brazo con tosquedad–. Te presento a Luciana Winterbourgh.
Me zafé de su agarre para hacer una reverencia coqueta al cantante.
–Estoy encantada de conocerle –le ofrecí mi mano, además de una sugerente sonrisa–. Usted tiene un formidable talento para la música.
Massimilianus besó mi mano.
–El placer es mío, madame.
–Aprecio sus buenos modales, caballero.
–Creo recordar que hace una hora le llamaste monstruo –comentó despreocupadamente Sebastián.
Le despedí una agria mirada.
–Estaba siendo injusta. Cambié de parecer al conocerle personalmente. Es usted un adorable hombre. La poesía hace a los hombres sensibles. ¿Escribe usted todos esos versos?
No fue capaz de responderme, porque un grupo de jóvenes histéricamente violentas saltaron sobre él. Lo besaban, rasguñaban, tocaban y mordían al mismo tiempo que intentaban arrancarle la ropa a trozos.
Sebastián me estudió con una mirada interrogante.
–¿Qué fue eso?
–¿Qué?
–¿Hombres sensibles?
–Me gustan los hombres sensibles. El caballero que me corteje podrá ganarse mi amor si me dedica apasionados versos románticos.
–Ningún hombre hace eso –cruzó los brazos sobre su pecho–. A menos que sea gay.
–¿Qué significa eso?
–Ya sabes, homosexual...
–¿Quieres decir un hombre que se siente atraído por otros hombres? –Sebastián asintió–. ¿Entonces por qué Massimilianus puede hacer poesía?
–Porque... ya sabes, es gay.
–No se veía gay cuando introdujo su lengua en la boca de la princesa Charity.
Se encogió de hombros.
–Él es un caso... especial.
–No lo es. Tú eres un bruto pirata, incapaz de coger una pluma.
–Sí, sí, como sea. Ahora, terminemos con esto y ten una maldita visión.
–¿Estás impaciente por deshacerte de mí?
–En serio, no puedo esperar.
–No puedo tener una visión ahora. No es tan sencillo.
–No es tan sencillo –repitió–. ¿Eso es todo lo que sabes decir?
–Sebastián, no puedo controlarlas. Vienen cuando quieren.
Esbozó una sonrisa.
–Eres ardiente cuando dices mi nombre –aminoró la distancia que nos separaba–. Hicimos un trato, señorita Winterbourgh, espero que cumplas tu parte –con sus dedos puso algunos de mis cabellos detrás de mi oreja. El leve contacto me hizo tiritar–. No quieres conocer mi lado peligroso, ¿o sí?
Una oleada de miedo hizo retemblar mis rodillas.
–Lléveme de vuelta con mis hermanas, por favor –le supliqué–. Intentaré tener una visión, se lo prometo.
Su sonrisa se borró.
–Será mejor que no me estés mintiendo.
–No lo hago, se lo juro, Sr. Von Däniken.
–Sebastián –me corrigió.
–Sebastián –me corregí.
–Eso es.
Con delicadeza, pasó sus dedos sobre mis mejillas antes de dar un paso atrás. Dejó caer su mano hasta mi hombro, a fin de deslizarla suavemente a través del largo de mi brazo. Comencé a respirar de manera alterada, con cortas inhalaciones apresuradas, mi corazón dio un vuelco dentro de mi pecho, sacudiéndose ante la atormentante sensación de su tacto. Por último, tomó mi mano en la suya.
Atravesamos el lugar de regreso a la salida. El señor sin cabeza nos siguió, cantando despedidas por todo el camino. Su esposa, la mujer del sombrero del panal de abejas, correteaba tras nosotros.
–Mi esposa quiere darle esto, Lady Luciana –manifestó la cabeza del señor Augustus en un acompasado tono.
Me entregó una moneda de color carmesí, la cual lanzaba fulgores esplendentes, como si estuviera hecha de oro o plata, pero con el color de la sangre. Tan pronto como el peso de la moneda reposó en mi palma, una sensación gélida se extendió sobre mis dedos y mi brazo. Era como si mi sangre estuviera volviéndose de hielo dentro de mis venas.

La diosa del amor, Alpan, se hallaba sentada sobre su amplio trono en su cúpula celestial. Su rostro parecía hecho de porcelana, quieto, impasible, iluminado con las antorcha del fuego de los cielos. No había otro color en su cara que no fuese el blanco. Salvo por el agresivo dorado que pintaba sus ojos.
Su cabello era igual a una cascada de un río azul, descendiendo a través de su desnudo cuerpo escultural. Sus gigantes alas permanecieron inmóviles tras su espalda. Ella lucía igual a una estatua de mármol. Frígida como un témpano.
A sus pies había un diminuto hombre arrodillado. En comparación con la diosa, el hombre era del tamaño de un gato. Él estaba tumbado, con la cabeza gacha, cubierto bajo una toga blanca, sucia y desgarrada. No obstante, pude reconocer las marcas en su piel grabadas por los dioses, ese cabello dorado desordenado que rozaba su musculoso cuello.
Era ese destructor. Massimilianus.
Él besó los descalzos pies de su amada diosa. Pude notar que su espalda estaba herida, surcada por laceraciones y magulladuras que eran probablemente hechas por el material divino de un látigo titánico. En su tobillo había una cadena que lo mantenía unido al trono de Alpan.
–¿Cuándo obtendré mi libertad, mi señora? –murmuró Massimilianus en un tono apesadumbrado y rasgado.
Alpan sonrió. Fue como si el hielo se quebrara.
–Jamás, querido, jamás.

Mis entumecidos dedos aflojaron el agarre sobre la moneda que me había entregado la Sra. Lolieput. Advertí que Sebastián estaba sujetando mis brazos con fuerza, su rostro estaba delante del mío con el semblante enfurecido.
–¿Te encuentras bien, Luciana?
Pestañeé.
–Acabo de tener una visión.
El alivio relajó todos los rasgos de la preciosa cara de Sebastián. Pero, en un pestañeo, se había esfumado. Estaba impávido.
–¿Qué viste?
–Fue malo.
–Significa que el futuro será bueno, ¿o no?
Asentí.
–Se trata de ese cantante.
Noté que Sebastián mantenía una lucha tratando de que sus labios no se curvaran hacia arriba en una sonrisa maquiavélica. En un momento, le narré exactamente lo que había visto. Entretanto, su ceño se fruncía.
–¿Qué jodida mierda significa eso?
–No es tan complejo como piensas –declaré con calma–. La interpretación no se maneja por situaciones, sino por semiología. Pude ver esclavitud. Lo cual significa libertad. Pude ver humillación, lo cual significa grandeza, o triunfo sobre el amor. Debido a que Alpan es la diosa del amor.
Sebastián me soltó, largó un bufido, se dio la vuelta y continuó su camino fuera del salón al revés. Su espalda estaba tensa por el enfado.
–¿Para qué es la moneda? –pregunté al Sr. Augustus.
–Tres funciones –su mujer respondió. Era la primera vez que oía su voz. A diferencia de la de su marido, ésta no era cantarina. Pero su lenguaje era el antiguo etrusco, el cual comprendía a la perfección–. La primera, la suerte. Buena, o mala, no lo sé. Depende del estado de ánimo de Tinia. La segunda, las decisiones. Lánzala y el destino te dirá cuál es la decisión que debes tomar. La tercera, un deseo. Arrójala a un pozo y conseguirás que se cumpla cualquier deseo que pidas.
–Pero solo arrójala cuando estés dispuesta a perderla para siempre –cantó la cabeza del Sr. Augustus.
–Gracias –les dije.
–Sebastián –le llamaron ambos.
Él se volvió.
–¿Qué?
–No intentes robar su moneda.
El Sr. Von Däniken puso los ojos en blanco.
–No quiero sus baratijas.
Continué siguiendo a Sebastián fuera del lugar. Mientras cruzábamos el sendero de las carpas de circo, observé algunas funciones que se efectuaban al aire libre. Había hombres de tres metros de altura, lanzando fuego al aire, o haciendo malabares con espadas, o contorsionándose en posiciones extravagantes.
Había fenómenos introduciendo objetos afilados en su piel, o cortando sus extremidades, para que éstas volvieran a crecer. Un hombre delgadísimo, con una lengua del tamaño de una serpiente, se acercó para lamerme. Antes de que eso sucediera, Sebastián cogió una daga de su cintura y le cortó la lengua. El hombre pareció sorprendido, hasta que la misma volvió a crecer.
–Maldita sea, ¿quién robó mi carroza? –se quejó el señor Von Däniken al no hallar nuestro carruaje.
Me encogí de hombros, copiando su gesto.
–Ladrón que roba a ladrón...
La mirada de Sebastián fue tan severa que sentí que me había enterrado bajo la tierra. De la nada, reapareció el Sr. Augustus, junto con su esposa y Dabra. Ésta última tiraba de un hermoso corcel negro que se rehusaba a caminar.
–Vi a un sujeto intentando robar tu carroza, Sebastián –confesó el hada maligna–. Traté de detenerlo, pero huyó con uno de los caballos. Traje éste para ti, a pesar de que parece muy apetitoso.
–Eso fue muy lindo de tu parte –le respondió el muchacho con sinceridad antes de acariciar con ternura su cabellera negra.
El gesto que tuvo con ella me dejó atónita.
En ese momento el pirata malvado parecía haberse convertido en un piadoso caballero, repleto de bondad. ¿Había un buen hombre atado con cadenas dentro de sí, atrapado bajo una coraza impenetrable, que de vez en cuando era liberado para volar?
Hasta que se daba cuenta de que sus alas habían sido cortadas y permanecía tumbado, amarrado a la tierra con amargura.
El caballo rechinó con rebeldía cuando Sebastián se aproximó. Él colocó una mano suavemente sobre el rostro del animal, que de inmediato cerró los ojos e intentó rehuir, como si pensara que iba a ser lastimado.
–Shh –Sebastián lo trajo más cerca, sujetándolo por las riendas–. Tranquilo –le habló en un susurro, con absoluta ternura–. Sé lo que se siente, amigo. Confía en mí.

21 comentarios:

Anónimo dijo...

Merecemos que nos castigues
pero he tenido días tan malos que no he podido hacer nada.
Pero el capitulo estuvo bueno
tu siempre nos sorprendes

Tati Neyra dijo...

hola ,lei tu comentatio , yo tambien escribo ya me uni a tu blog , la verdad es muy interesante lo que escribes.
asi que estare mas seguido por aqui espero que sigas alguno de mis blog
http://tatineyra.blogspot.com/ (en este escribo)
y este http://elblogsitokawaiidetati.blogspot.com/ es el que tu conoces . Saludos !!

Anyi dijo...

holaa!! gracias por pasarte!! yo también me uno al tuyo!! está muy bien!!
yo también espero que alguna editorial llegue a respaldar mis historias..aunque es un poco dificil, pero sé que no es imposible!! ^^
seguiré atenta a tu historia!! :)
Sigue así!!
un besoo

Anyi dijo...

perdona, una cosa que te quiero preguntar... y habiendo subiendo tu historia capitulo a capitulo al blog.. las editoriales tu crees que apostarían a editarlo en formato en papel, o por haberla subido a internet pasarían??

(Es que es mi eterna duda de cada día)

Anónimo dijo...

Que capitulo tan genial y el final me encanto.
Creo que Sebastian oculta algo y que en realidad el no es el hombre peligroso que intenta aparentar y es igual de bueno que Damien, Colin, Joe, Jerry, Dimitri, Jerom y el resto.
La forma en la que le hablo al caballo me izo pensar tantas cosas y una de ellas fue que quizas el ha sufrido demasiado lo cual es algo obvio pero bueno.
Creo que el siente celos de Jerry y lo entiendo. Me preocupa el futuro de Jerry y Charity ellos han sufrido tanto que no merecen mas problemas. Dios amo tu novela es fantastica

Anónimo dijo...

Que es lo que esconderá Sebastian??
Me has dejado picada, Le quedo tan lindo lo que le dijo al caballo.
Amo Alas rotas

Mora dijo...

Wow... sin duda estoy cada vez mas pegada a la historia.
Mis disculpas por no comentar antes, tenia problemas con el Internet :S

¡ANIMO! No te dejes vencer :D

Anónimo dijo...

ME encanta esta historia me tiene super atrapada sobre todo com la última frase que dijo Sebastián!! mmmmmm qué pasará con el? Seguramente es algo relacionado a su obsesión con que Luciana no lo toque, como si le doliese o mejor dicho le quemara, veremos que pasa. Besos

Anónimo dijo...

Wow que capitulos! Esta novela me tiene super enganchada, creo que va a ser mi favorita!! Escribir comedia! Que divertido! Me gustaria leer algo tuyo de ese genero. Sigue escribiendo. Besos

Anónimo dijo...

No sabes cuanto me han gustados estos dos capitulos. De verdad que me facinan.
Porque no los subes a amazon. Tendrian mucho exito.

Anónimo dijo...

Steph, eres una genio.
La verdad de la verdad es que eres una estupenda escritora.
Tus historias son estupendas y tu eres super buena. Siempre lees nuestros comentarios y contestas nuestras dudas y preguntas. De verdad que seras una persona exitosa.

Anónimo dijo...

El capitulo me encanto, eres completamente la mejor escritora del mundo

Anónimo dijo...

Me encanto el capitulo
Esta novela cada vez se pone mejor

Anónimo dijo...

Sube sube sube sube sube sube

Anónimo dijo...

amo tu novela eres la mejor.
Sebastian es mi amor platonico

Anónimo dijo...

Steph
acabo de comentar en el otro capitulo ahora lo hago en este.
Me encanto eres una escritora cool

Anónimo dijo...

Genial este maratón estuvo muy bueno
Sebastian es hermoso
Claro que a su estilo pero hermoso.

Anónimo dijo...

Eso ultimo que le dijo Sebastian al caballo me encanto. Ahora voy entendiendo porque tu historia se titula Alas rotas.
Espero que pronto subas capitulo muero de ganas por saber que pasara.

LittleMonster dijo...

WOOOooW!! que genial estuvo eso :3
Me encanto la gente que salio del video de Panic! at the disco xD
Es bastante interesante...me encanta :D
Y jerry esta con charity :DDDDD SIII!! jaja
sigue asi!!!

Anónimo dijo...

Ame el capitulo
Me alegro mucho que Jerry charity estén juntos amo a esa pareja.
Ya quiero leer el próximo capitulo.

Iveeth Luna Gámez dijo...

Hola Steph.
Oh dios... no se ni por donde empezar, me perdí mucho tiempo ¿no? bueno una explicacion rápida.
Me fui al rededor de 5 meses a vivir a Ensenada, Baja California y no tenia computadora, me la pasaba conectada del celular, es algo muy estresante ya que tu blog no tiene la opción movil y mi teléfono no cargaba la pagina :c pero por fin he vuelto a Guadalajara (no se si sabias de donde era, jaja) y ahora que estoy aquí, estoy de nuevo comentando y pronto espero seguir con mi novela, (espero que la sigas leyendo). Últimamente me desvié un poco como escritora y escribí algunos "one shots" sobre la homosexualidad, lo se, nada que ver con mis antiguas ideas pero, ¿sabes sobre todos esos rumores sobre Louis Tomlinson y Harry Styles? Bueno, yo creo que son ciertos y los apoyo mucho,. Aparte (probablemente no te importe) me declare bisexual, muchas cosas me han pasado en los últimos meses y bueno... creo que cambie y madure demasiado... pero equis, mi vida no es importante aquí jaja.
La novela es, igual que las otras, hermosa y perfecta. Tengo mil dudas respecto a todas estas hermosas y traviesas princesas, Sebastien es realmente el personaje mas sexy y malvado ¿no es así? Bueno, comparándolo con los otros protagonistas, y al igual que todos, me tiene cautivada. ¿Me creerás que no recuerdo sus antiguas apariciones? Me siento una mala lectora por eso :c ¿por que le interesa el futuro de Jerry? ¿Que quiere decir esa vision? Todo es muy confuso y espero entenderlo con los próximos capítulos.
¿Cuanto tiempo ha pasado desde el final de zukunft? (osea, desde Obsesión, bueno, tu entiendes...) Espero con ansias el próximo capitulo.
¿Que paso con los ganadores del concurso? Me siento muy mal por haber llegado tan tarde y no haber podido concursar, en cuanto leí la convocatoria, se me ocurrió una estupenda idea que tal vez escriba aunque sea solo por diversion. Espero que las historias que te mandaron sean muy buenas y felicidades a los ganadores.
Por ultimo, tengo una petición/oferta que hacerte, pero no se si se pueda o si quieras, no se, es una idea muy loca que se me ocurrió... ¿me dejarías crear una cuenta en twitter en tu honor? Ya sabes... una cuenta únicamente sobre tus novelas, personajes, frases de algunos libros, ese tipo de cosas... seria lindo y me encantaría hacerlo pero... no se que pienses tu.
Creo que eso es todo.
Una vez mas, ame tu novela, como todas.
Me tendrás mas seguido por aquí.
Goodbye.

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