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viernes, 3 de mayo de 2013

Capítulo 5: Noches Negras






Capítulo 5: Noches Negras

Caí en mis rodillas junto al sillón de Sebastián al mismo tiempo que largaba un alarido de sorpresa, pánico y dolor. Él me cubrió la boca rudamente bajo su mano.
–Adelante –me dijo con los dientes apretados–. Acaricia al gatito grande para que pueda domesticarse. ¿No es eso en lo que estás pensando? –negué con la cabeza–. ¿Sabes que una bestia como yo podría devorarte a pedazos? –su rostro se aproximó peligrosamente al mío. Sentí su nariz rozando la mía–. Puedo morder, nena. Duro.
–¡Suélteme! Me hace daño –refunfuñé tan pronto como dejó de cubrirme la boca con su mano.
Sus dedos se aflojaron en torno a mi brazo, pero no me soltaron.
–Que pase buena noche, lady Luciana.
Me soltó.
–Descanse en paz, Sr. Von Däniken –rumié en tono inicuo.
–Espero que sueñes conmigo.
–Sería una pesadilla.
–Oh sí –me guiñó un ojo.
Me obligué a dedicarle una reverencia antes de volver al dormitorio. Mis hermanas estaban metiéndose en sus camas con los rostros preocupados. Dolabella estaba colocándose su camisola para dormir cuando acudí a ella.
–No importa si nos deshacemos de los vestidos –mascullé al tiempo que me quitaba el mío–. Estamos atrapadas, Bella.
Mi hermana me despidió una mirada de soslayo.
–¿De qué hablas?
Deshice los broches de mi corsé.
–El Sr. Von Däniken lo sabe todo –Dolabella abrió ampliamente sus ojos–. Shh –le advertí para que no se pusiese a hablar en voz alta–. Quiere que tenga una visión a cambio de su silencio.
Ella sacudió la cabeza.
–No puedes hacer eso, Lucy.
–Lo hice –admití.
–¿Qué?
–Mi visión fue inútil. No era lo que estaba buscando.
Dolabella tragó.
–¿Y qué viste?
Sentí que el color se esfumaba de mi rostro.
–Eso no importa. Necesitamos que Sebastián no nos delate.
–¿Quién?
–El Sr. Von Däniken.
Ella me observó con recelo.
–¿Qué has visto, hermana?
Por Tinia, Bella era sagaz e inteligente.
Tragué grueso.
–Era... –me coloqué mi camisón para dormir después de haberme desnudado. Le lancé una mirada a Micaela–. Pude ver la transformación de Mica en un vampiro.
Los músculos de Bella se relajaron.
Cuando me metí en la cama, no pude evitar ponerme a pensar en mi visión. En mi cuerpo frígido y muerto tras el cristal. Tenía que tratarse de una visión a largo plazo. Y sin embargo...
La única manera de que un inmortal muriese era que fuese asesinado. Cuando pensaba en la palabra asesinato, la imagen de Sebastián regresaba a mi mente, instalándose en la parte de atrás de mis párpados. Él era ese hombre al que temía en mis noches más negras. Y ahora se presentaba ante mi padre, irrumpía en mi castillo. Estaba aquí para hacerme daño.

El aire gélido traspasó el rojo de mi vestido, hecho con pétalos de enormes rosas y adornado con otras más pequeñas que embellecían mi cuello, cabello y brazos. El aroma perfumado de las flores intoxicaba mi oxígeno.
Varios espejos flotaban alrededor de mí, en medio de los bosques etruscos, como colgados en paredes invisibles, mostrándome la imagen de mi reflejo. Era difícil, inclusive para mí misma, reconocerme en ese cristal.
Mi piel parecía demasiado pálida en contraste con el matiz escarlata que teñía mi vestido y mis labios. Mi cabello agregaba una exótica tonalidad naranja a los perfectos colores del retrato. Yo estaba tan quieta que cada uno de los espejos parecía ser una pintura enmarcada con un borde ovalado de oro.
La luz provenía de pequeños relámpagos pálidos que se filtraban a través de las copas de los verdes árboles. Pude sentir cálidos roces de irradiación solar. Una calidez que atravesaba el viento helado, brindándome confort. Hacía tanto frío que cada fulgor caliente relajaba mis músculos. Perseguí la luz, que se movía lejos de mí, esquivándome. ¿Estaría huyendo?
Repentinamente, el suelo cedió bajo mis pies y caí hacia las profundidades. Hacia la oscuridad. Intenté gritar, pero la voz se negaba a salir de mi garganta. Mientras descendía, mi piel era rasgada por punzantes objetos. Me parecía que se trataba de espinas sobre las ramas de los árboles que crecían encorvados sobre las paredes del agujero.
De la nada, un centenar de brazos brotaron desde las penumbras e intentaron atraparme. Salvo que en lugar de evitar mi caída, se robaban partes de mi vestido. Hasta que alguien logró capturar mi brazo, deteniéndome.
Observé mis pies colgando hacia el vacío antes de levantar la mirada para hallar un par de ojos con iris violetas y pupilas plateadas resplandeciendo entre las sombras. Una andanada de energía barrió mi cuerpo, atravesándome tan potentemente que me hizo soltar la mano que me sostenía.
Aunque no logré verlo, sabía que Sebastián estaba ahí. Se mantuvo sosteniéndome, asiendo mi brazo. Las descargas que manaban de su piel eran tan intensas que resultaban dolorosas. Tiró de mí hacia la pequeña plataforma de piedra en la que él se hallaba de pie. Había una cueva resguardándolo de la más diminuta luz, aunque a estas profundidades era poco probable que cualquier destello lo alcanzara.
Respiré con agitación tan pronto como caí de rodillas encima del suelo rocoso. Sebastián me había soltado, pero continuaba de hinojos delante de mí, confundiéndose con una sombra entre las penumbras.
Su cercanía, al igual que su silencio, era inquietante. El desasosiego viajaba a través de mis venas, enfriando mi sangre, helando mis huesos. No sabía si temía más a caer hacia el vacío, o hacia Sebastián. No estaba segura de qué era más nocivo para mi salud.
Algo traspasó la negrura de la oscuridad, un destello similar al de un metal del color del bronce oxidado. Parecía ser que Sebastián estaba empuñando un arma mortal, curvada. Hasta que me percaté de que no era así. En realidad, su propia mano era un sucio garfio con un deletéreo filo.
Una sensación álgida recorrió suavemente la piel de mi rostro. Su punzante garfio estaba acariciando mi mejilla lentamente al tiempo que yo temblaba por el terror instalado en mi pecho. A pesar de que mi corazón martillaba a toda velocidad contra mis costillas, hice todo lo posible para evitar moverme. Porque si lo hacía, mi cara sería lacerada por la encorvada cuchilla.
–Hola –oí decir a Sebastián en una tonalidad profunda, sensual.
Escucharlo produjo el más inexplicable raudal de calor en el interior de mi cuerpo. Había algo tan provocativo en su tono de voz que, secretamente, me hacía querer gemir.
La luz se abrió paso a través del cielo, iluminándolo igual que los destellos de la luna que cruzan las rendijas de las puertas en habitaciones umbrosas. Su cara fue recortada por las sombras, sus perfectas facciones eran duras, su expresión ecuánime.
Después reparé en sus andrajosas ropas, la camisa abierta, las pesadas botas sucias, los anillos de oro que envolvían sus dedos, los brazaletes de cuero sobre sus antebrazos. Su cabello estaba desordenado, ocultando, a medias, esa penetrante mirada. Lucía como un verdadero pirata.
–Hola –contesté en un hilillo de voz–. Eres un pirata.
Puse mi mano encima de su antebrazo cubierto de brazaletes. Toqué la fascinante tensión que endurecía cada uno de sus músculos rígidos. Las puntas de mis dedos estaban apenas rozándolo, pero aun así podía sentir como se convertía en una roca por la tensión que le provocaba mi tacto.
Su semblante se oscureció, como si las sombras lo hubiesen arrastrado hacia las tinieblas. A cada segundo, su expresión se volvía más aterradora. Era como si el ser tocado por mí le estuviera causando tanto dolor que quisiera arrancarme la cabeza.
Sus ojos me susurraban una promesa de muerte, el garfio que sustituía su mano se presionaba más fuerte contra mi piel. Deslicé mi mano hasta su muñeca, que no era otra cosa sino un disco de madera gruesa sobre la cual reposaba el gancho filoso de hierro que estaba a punto de surcar mi carne.
Despacio, recorrí el garfio con mis dedos temblorosos. Jadeé mientras intentaba aferrarlo para alejarlo de mi cara.
–Así es como tú me ves –Sebastián gruñó–. Como un pirata. Por lo tanto, soy uno –sentí que su garfio empezaba rasguñarme–. Podría haber sido más humillante –dijo con una nota de humor–. Podrías haberme traído hasta aquí vestido de bailarina. O usando tangas.
De no haber estado aterrada, me habría reído.
–No me hagas daño –musité.
Una pequeña sonrisa macabra apareció curvando su hermosa boca.
–Siempre me pides lo mismo.
De súbito, rodeó mi nuca con su garfio, atrayéndome más cerca de su rostro.
–Dame la maldita visión que necesito, niñita, o lo último que verás será mi rostro de satisfacción salpicado con sublimes gotas de tu sangre.
Tragué grueso.
–Suélteme –refunfuñé. El pánico teñía mi entonación.
El garfio cortó levemente la piel sobre mi nuca debido a mis movimientos bruscos. Nuevamente me quedé quieta al tiempo que Sebastián ponía un dedo sobre mis labios.
–Shh. Eso es, no te muevas –la sangre caliente se deslizó a través de mi espalda, manchando mi vestido hecho con pétalos de rosas–. Cuéntame el futuro. Hazlo –decía en un cándido susurro–. Dime lo que quiero oír.
–No puedo –me quejé con contrariedad, las lágrimas estaban comenzando a inundar mi visión.
–Esto es un sueño. Sé que puedes tener visiones en sueños.
–No sucede cuando quiero.
La rabia deformó el semblante de Sebastián, sus ojos se transformaron, igual que los de un furibundo lobo.
–Nunca me das lo que quiero. ¡Nunca!
Grité, puesto que el garfio estaba cortándome el cuello, seccionando mi garganta, rebanando mis huesos.
Y lo último que conseguí ver fue aquella cara diabólica manchada con diminutas gotas de mi sangre roja.

Por centésima vez, desperté gritando. El sudor humedecía mi rostro y las palmas de mis manos. Mis hermanas ya estaban fuera de la habitación, probablemente preparándose para el almuerzo. Salvo Micaela, que se encontraba sentada en su cama, abrazando sus rodillas, observando el vacío. Todavía estaba metida en su ropa de dormir, su piel lucía blanca como la de una muñeca de porcelana.
Contemplé las figuras grabadas en relieve en el techo, pinturas repletas de color que representaban criaturas etruscas, o dioses. Los matices rojos y amarillos dominaban la enorme pieza, simbolizando de forma intencionada la riqueza y los lujos. El oro y el terciopelo.
No obstante, todo lo que el color rojo me recordaba era aquel vestido hecho con delicados y perfumados pétalos de rosas. O, en el peor de los casos, mi sangre sobre el rostro de bronce de Sebastián.
Al lamer mis resecos labios, probé los restos de mis lágrimas saladas. Ése era el sabor del recuerdo de las tormentosas noches en las que aquel caballero oscuro me atosigaba.
–¿Te encuentras bien? –Mica logró susurrar de forma ronca. Todavía no me miraba. Asentí antes de secar mis mejillas con un dedo–. También piensas en sangre, ¿no?
La miré.
–¿Por qué piensas una cosa así?
–Porque te mordí. Has de estar aterrorizada. Por mi parte, sangre es en todo lo que consigo pensar, y me pone enferma. No quiero hacer daño a nadie, me siento como basura. No puedo creer siquiera que me dejaran sola contigo.
Había olvidado su mordida. Toqué las magulladuras sobre mi cuello con languidez.
–Ni siquiera me duele tu mordida. No eres un monstruo.
–Eso lo dices porque no sabes lo que pasa por mi mente ahora –aseveró luego de un extenso silencio. Sacudió su cabeza–. Será mejor que vayas a almorzar. Las chicas irán a nadar después. Ahí están tus nuevas zapatillas –señaló hacia la cómoda con un dedo.
–¿No vienes? –interrogué con nerviosismo.
–El sol me hiere –me explicó.
–¿No vas comer?
–En este momento la comida humana me causa náuseas.
Sin discutir mucho más, me vestí antes de reunirme en la mesa con mis hermanas. Observé atentamente los diseños de los platos y cubiertos mientras esperaba por nuestros alimentos. Bebí hipocrás distraídamente, estaba tan ensimismada que casi había olvidado que el resto de mis hermanas se encontraban allí conmigo. Sus voces eran como lejanos murmullos.
Hasta que Dolabella sacudió mi brazo.
–¡Lucy! ¿Te encuentras bien? ¿No piensas probar un bocado?
Cuando vi mi plato, noté que tenía encima carne de jabalí asada con salsa de vegetales. Parpadeé y comencé a comerla.

El paseo al lago terminó por levantar mi ánimo, salí de mis pensamientos y retocé junto a mis hermanas durante todo el camino. Íbamos de cuatro en cuatro en cada carruaje. Los cocheros tendrían que dejarnos y recogernos a mitad de la tarde.
Mis hermanas mayores se despidieron de manera coqueta de los caballeros, lo cual era un comportamiento enteramente inapropiado. Tan pronto como ellos nos dejaron a solas, comenzamos a desnudarnos. Entretanto, vislumbré las cristalinas aguas azules que se manchaban con la sombra de los árboles y el reflejo del sol.
Sentí el césped bajo mis pies descalzos, la brisa fresca contra mis despojados pechos, el fulgor del sol tostando mis pálidos hombros. Cada vez que me bronceaba, nuevas pecas aparecían para espolvorear mis hombros y nariz.
Fui la última en zambullirme al agua, la cual estaba más fría de lo que esperaba. Por eso me sumergí con rapidez, a fin de que mi cuerpo se acostumbrara a la temperatura. Luego de nadar un minuto, mis músculos agarrotados empezaron a relajarse.
Era maravillosa la sensación tibia del sol, el viento sobre mi cara y el agua envolviendo mi cuerpo. Todo al mismo tiempo. Los peces pequeños que nadaban en enjambres se alejaban cuando intentaba atraparlos, los cines nos rodeaban cautelosamente, a cierta distancia, con miedo de que pudiésemos dañar a sus crías.
Al igual que cada semana, mis hermanas y yo convertíamos este momento en una juerga. Nuestros gritos de alegría se escuchaban incluso en las instalaciones del castillo. Aquellos malintencionados rumoraban que nos encontrábamos con amantes tan pronto como los cocheros nos dejaban a orillas del lago.
El tiempo pasó más rápido de lo que creímos. Seguíamos sumergidas en el lago cuando oímos el ruido de los caballos y las ruedas de los carruajes acercarse. Gritamos, salimos del agua, cogimos nuestros vestidos y corrimos a ocultarnos entre los árboles.
Me separé del grupo para esconderme detrás de un roble. Yo era demasiado pudorosa como para permitir que cualquier hombre me mirara desnuda. Inclusive a veces sentía vergüenza frente a mis hermanas.
Me vestí a la velocidad de un rayo, lanzando mi vestido por encima de mi cuerpo húmedo. Todavía respiraba audiblemente después de haber corrido. Estaba segura de que estaba sola. Hasta que levanté mi mirada y alguien apareció súbitamente delante de mí. Una silueta alta se materializó ante mis ojos. Mis labios se separaron para emitir un sonido de terror o sorpresa. Apenas conseguí jadear.
Sebastián se movió igual que una sigilosa sombra antes de envolver mi cintura entre sus brazos. Empujó mi cuerpo contra el suyo, apretándome con fuerza. Exhalé un frío aliento sobre su lisa barbilla.
–Hola –me saludó, al igual que en mi sueño.
Glaciales gotas de agua rodaban desde mi cabello hasta mi rostro. Mi cuerpo entero había empezado a tiritar. Pestañeé varias veces, asimilando la imagen angelical del Sr. Von Däniken. Tenía un rostro de facciones inocentes, pero con expresiones macabras.
¿Desde cuándo había estado ahí?
Una sensación tórrida endureció mis pechos. Nunca en mi vida había sentido nada semejante. Todo mi cuerpo se calentó, sonrosándose. ¿Cómo es que Sebastián podía hacerme perder el control sobre mi cuerpo?
Me enfurecí.
–¿Estaba usted espiándonos, Sr. Von Däniken? –prorrumpí con alteración.
–No –negó de inmediato–. Te espiaba a ti.
Mis mejillas ardieron.
–¿Está usted diciéndome que me ha visto desnuda? –sus labios temblaron como si estuviera intentando reprimir su sonrisa. No contestó–. ¡Respóndame, Sr. Von Däniken!
–Di mi nombre y pronunciaré todo lo que quieras escuchar.
–No diré su nombre, bestia salvaje. ¡No me toque! –sus brazos me aferraron con más fuerza, como muestra de su renuencia y rebeldía–. ¡Serás fustigado por esto! ¡Espía! ¡Criminal! ¡Ladrón!
–Qué apasionadas palabras salen de su boca, milady. Me excitan.
–Es suficiente, hablaré con mi padre.
Logré quitarme sus manos de encima, pero él atrapó mis brazos una vez más.
–Sí, tu padre tiene que enterarse de algunas cosas.
–Deje de manipularme.
–Deja de amenazarme.
Me soltó. Cuando se echó hacia atrás, me percaté de que mi sombrero estaba en su mano. Lo puso sobre mi cabeza.
–Proteja sus ojos del sol, señorita.
Sus acciones me desconcertaron. Medité sobre su comportamiento.
–¿Qué quiere de mí ahora?
Esbozó una sonrisa bastante distinta a las que guardaba en su colección de malignas sonrisas. Ésta era una encantadora y juguetona.
–Simplemente he venido a admirar su inmaculada belleza. He escuchado que las diosas más sensuales de los cielos envidian su hermosura.
Si Sebastián me hubiera abofeteado, habría estado menos confusa. En ese instante comprendí que mentía. Le dediqué una sonrisa astuta.
–Apuesto a que sí –entrecerré mis ojos al verlo. Levanté mis faldas hasta mis tobillos para permitirme caminar mejor a su alrededor–. Yo no soy una princesa tonta e ingenua, Sr. Von Däniken. ¿Qué ha venido a robarme esta vez?
Él observó con atención cada uno de mis movimientos.
–Bonitos tobillos –comentó.
Mi rostro se calentó de ira. Eso sencillamente era un cumplido vulgar.
–¡Usted es un bruto!
Reprimió una risita.
–Si supieras lo que pienso acerca de tus pechos...
Fue suficiente. Levanté mi mano y abofeteé su rostro con toda la fuerza que tenía. Un salvaje instinto hizo que Sebastián reaccionara violentamente a eso. De un momento a otro, mi espalda estaba contra un árbol mientras que su antebrazo presionaba mi cuello hasta dificultar mi respiración.
–Escúchame bien, Luciana –pronunció lentamente cada palabra–. Desde que tengo uso de razón aprendí a devolver los golpes de las personas que me patean. Tienes que saber que aprendí a hacer daño antes de saber incluso hablar. La próxima vez que me golpees, no seré tan compasivo contigo. ¿Me has oído?
–No... –tosí–. No me lastimes.
Sonrió.
–Siempre me pides lo mismo.
Sus palabras hicieron eco dentro de mi cabeza. Regresé al sueño que tuve esa mañana. ¿Habría sido una premonición? Él retrocedió. Algo sombrío acababa de oscurecer su expresión. Por un momento creí que era miedo. Pero sus ojos eran herméticos. Ocultaban la más insignificante emoción.
Después de lo que parecía una lucha interna consigo mismo, descansó su espalda contra un árbol, puso sus manos sobre sus sienes y dejó escapar lentamente aire por la boca. Pensé de manera enfermiza en ese aliento tibio que rozaba sus labios. Recordé lo placentero que era sentirlo sobre mi cara. Un cosquilleo feroz consumió mis entrañas.
Sebastián parecía vulnerable en su estado actual. Tal vez así se veía cuando estaba a solas, cuando no había nadie a quien pudiera demostrarle su bravuconería.
–¿Se encuentra bien, Sr. Von Däniken?
Me aproximé, pero no lo toqué, a pesar de las ganas que tenía de acariciar su cuadrada mandíbula, o de pasar mis dedos por encima de sus labios. Los cuales imaginaba suaves al tacto, en conflicto con esas muecas duras que normalmente hacía.
Tenía que admitir que Sebastián era un exótico espécimen atractivo como el infierno. Deseable.
Me sonrojé con solo pensar en ello. En el cuerpo debajo de esa chaqueta de cuero. Él no traía camisa esta vez, simplemente la prenda negra abrochada hasta la mitad de su pecho, mostrando unos bronceados pectorales cuadrados.
¡Madre mía! ¡Que los dioses perdonaran mis impúdicos pensamientos!
–Llámame Sebastián –me pidió. Esta vez su voz era un leve jadeo. No había exigencia en su tono. Era más bien como una súplica–. Por favor –culminó, clavando esos grandes ojos en los míos.
–Sebastián –accedí–. ¿Es tu herida? ¿Te duele?
–No –largó con brusquedad.
¿Por qué era tan hosco? ¿Tan cerrado?
–Pagaría un penique por tus pensamientos.
Su expresión iracunda se suavizó.
–Eso es curioso. Yo también pagaría para saber tus pensamientos.
Mis mejillas ardieron. Nunca antes había tenido pensamientos lujuriosos, hubiera muerto de vergüenza si alguien los descifrara.
–¿De verdad? –pregunté.
–No tienes idea.
Le sonreí.
–Te diré un secreto, a cambio de otro.
Un destello malintencionado iluminó su mirada violeta.
–Ése es un buen juego.
Me aclaré la garganta.
–Mi secreto es... –vacilé–. Anoche tuve un sueño. Contigo.
Me ruboricé.
–Oh –largó Sebastián con severidad. Luego de un par de segundos, una de sus cejas se elevó con ironía–. ¿De veras? ¿Qué has soñado?
–Un secreto a la vez, caballero. Su turno.
Él tenía una sonrisa que me debilitaba.
–He robado algo tuyo.
Parpadeé, perpleja por un instante. Sonreí.
–Oh, te refieres a algo más.
Puso los ojos en blanco.
–Sí, sí, algo más.
–¿Se puede saber qué es aquello que me robó?
Algún brillo malévolo cruzó su semblante de manera furtiva. Silenciosa. Tal como una estrella fugaz atravesando el oscuro cielo azul marino que destellaba plata.
–Un secreto a la vez, señorita Winterborough.
La luz del sol besaba su precioso rostro de bronce. Y me sentí molesta por ello. Era incomprensible. ¿Acaso no podía soportar que fuese tan agraciado bajo el calor de oro que se derramaba sobre su piel?
¿O acaso estás celosa del sol? Me interrogó una voz interna. Ese sol que es capaz de besar, o abrazar, cada centímetro de su piel acaramelada. Probablemente tan dulce como la misma miel.
Sacudí a la odiosa voz en mi interior cuando el sonido del galope de los caballos se apoderó de mi cabeza. Los cocheros estaban cerca, cada vez más. Mis hermanas estarían buscándome.
Di un paso hacia atrás, poniendo distancia entre este mortífero rufián y yo. Pero quien apareció a continuación no fue un cochero, ni tampoco ninguna de mis hermanas. Se trataba de otro caballero que se aproximaba a un galope veloz, como si alguien le estuviese persiguiendo. Vestía una armadura roja, traía una espada, un escudo y un casco, igual que un soldado de nuestro ejército.
Escuché que Sebastián escupía una maldición en voz baja. Me aplastó contra un árbol, encerrándome entre sus poderosos brazos.
–Luciana, necesito salir de aquí ahora. Ven conmigo –murmuró cerca de mi rostro.
Sentí mi pulso acelerarse.
–No –me opuse.
Él largó un sonido de frustración.
Abruptamente, una lanza aterrizó en el tronco del árbol, clavándose a escasos centímetros por encima de mi cabeza. Grité al tiempo que me encogía de miedo igual que una niña pequeña. Mis piernas comenzaron a temblar por el temor.
–¡Ese hombre quiere matarte, ¿verdad?! –chillé de manera temerosa.
–No, por supuesto que no. Él solamente arroja lanzas muy cerca de mi cabeza. ¿Qué te hizo pensar algo así?
Le miré de forma fulminante. Era grosero ser sarcástico con una dama, aun más si se trataba de la princesa de Etruria.
–Déjame ir.
–No –insistió–. Sígueme, por favor.
–¿Por qué iba a hacer eso?
Sin previo aviso, sujetó mis brazos antes de empujarme contra otro árbol cercano. Otra lanza, más larga que la anterior, se enterró en el lugar en el que habíamos estado hacía un segundo.
–¿Me tienes miedo? –me preguntó. Era difícil saber si estaba desesperado o sencillamente agitado.
No le contesté. La respuesta era evidente.
–¡Vamos, contéstame! ¡No tengo mucho tiempo!
Aparté mi mirada de sus ojos. Estos eran demasiado intensos para ser soportados por mucho tiempo. Cuando veía sus iris incandescentes me parecía que estos perforaban muy hondo en mi alma.
–Sí –musité sin aliento.
Sebastián retrocedió con violencia, como si le hubiese golpeado.
–¿Por qué? –masculló con suavidad–. ¿Acaso te he hecho daño?
Cerré los ojos con fuerza, intentando no concentrarme en la espontánea e inevitable sensualidad que segregaba esa voz herida.
–Se ha encargado usted de aterrorizarme, Sr. Von Däniken –le respondí con sinceridad–. Además, es incorrecto que permanezca a solas con cualquier caballero. Si me disculpa...
–Luciana, tengo que mostrarte algo, es importante –me agarró con rudeza–. Te traeré de vuelta antes del anochecer. No voy a hacerte daño. Te lo prometo.
Por descabellada que la idea fuese, Sebastián lucía honesto. Tan desarmado como jamás lo había visto.
No puedes creerle. Me decía a mí misma.
Entonces la voz molesta que atormentaba mis pensamientos regresaba para presionarme. ¿Luciana Winterborough es una princesa cobarde?
–¿Por qué un soldado te persigue? –cuestioné.
Él suspiró a forma de rendición.
–Un secreto a la vez, señorita, uno a la vez –su mano capturó la mía en una suave presión que terminó por hacerme tiritar–. Si vienes conmigo, te contaré en el camino.
–¡Desenvaina, Von Däniken! –la voz del soldado se elevó sobre nosotros cuando éste se acercó en su blanco corcel–. A no ser que desees morir como un cobarde.
Tres soldados aparecieron tras el primero, todos montados en sus caballos. Sebastián tiró de mi brazo, obligándome a seguirlo.
–Corre –me dijo tranquilamente–. Siempre que estés a mi lado, estarás en peligro.
Por un momento aquella frase me dejó petrificada en mi sitio. ¿Me estaba pidiendo que corriera lejos de él o que lo siguiera? No lo supe jamás. Sebastián me liberó de su sujeción, permitiendo que me alejara y regresara con mis hermanas.
Pero mis pies vacilaron y, antes de que pudiese darme cuenta, estaba corriendo a sus espaldas. Mi sombrero cayó hacia atrás, pero la cinta de raso lo mantuvo atado en mi cuello. Los bordes de la falda de mi vestido se estaban manchando de tierra, al igual que mis nuevas zapatillas.
Los soldados nos adelantaron en sus caballos, rodeándonos. Sebastián tuvo que detenerse cuando tres gruesas espadas apuntaron a su cuello. Hizo un vertiginoso movimiento, desenvainando una daga corta al mismo tiempo que pateaba la espada de uno de sus perseguidores.
–Para mí será un completo placer librar batalla con ustedes, chicos. Pero, no sé si notaron que tengo un acompañante. Quien, por cierto, es una de las princesas.
Los soldados me miraron por primera vez, como si acabaran de percatarse de que estaba ahí.
–Será mejor que bajen sus armas –continuó Sebastián–. Trabajo para los dioses y soy un huésped en el Castillo Real. No pueden matarme mientras sea un invitado de lord Vittorio.
Sin dejar de observarme, uno de los hombres me habló.
–¿Es eso cierto?
Tragué con fuerza antes de asentir.
–El Sr. Von Däniken realiza una misión para mi padre. No puede ser ejecutado hasta que no acabe con ella.
Ellos devolvieron sus armas a sus fundas.
–De ser así, pediré una audiencia con lord Vittorio para hablarle de tus crímenes. De modo que te ejecute por sí mismo, o le dé de comer a la brujas con tu carne. Por los dioses no me preocupo, sé que no se alarmarán por un insignificante bandido como tú.
Los hombres comenzaron a retirarse con calma hacia los confines del bosque, donde iniciaban los jardines del castillo, cuando, de improviso, uno de ellos se volvió para escupir a Sebastián, quien retrocedió de un salto antes de que la desagradable saliva atañera su rostro.
Su cara se deformó con la ira, enrojeciendo. Empuñó su daga una vez más, apretujándola con fuerza en un puño. Si lo conociera mejor, no dudaría en pensar que lo único que deseaba era lanzarla en medio de la espalda del soldado. Pero tal vez su dignidad u orgullo se lo impedían.
–Anda, cabrón, salta de ese caballo y desenvaina. Te despedazaré hasta que tus huesos sangren.
El hombre hizo aquello que le pedía sin vacilar. Sus rasgos, más que enfadados, eran una máscara de odio.
–Eso será lo que haré contigo, asesino.
Aquella última palabra la escupió con desprecio. Como si tuviera una poderosa razón para hacer aquella atroz acusación. Me llevé las manos a la boca, atónita.
–¿A quién ha matado el Sr. Von Däniken? –prorrumpí.
El soldado me observó con una expresión de oscuro humor.
–A mi hermano Rómulo.
Me volví hacia Sebastián.
–¿Lo hiciste?
Para mi horror, él sonrió diabólicamente. Parecía disfrutar de su propia, secreta broma privada.
–No lo sé, puede ser. No puedo recordarlo. No llevo la cuenta de todos a los que mato.
Rememoré aquella visión de mi cuerpo en un ataúd de cristal...
Si Sebastián era un asesino...
Me sentí repentinamente mareada. El suelo comenzó a girar bajo mis pies. Mi rostro se tornó pálido, el color abandonó mis mejillas.
–No te hagas el idiota. Tú recuerdas perfectamente a mi hermano. No lo olvidarías. Nunca olvidarás la noche en la que murió bajo tu oxidada espada forjada por los demonios de la muerte.
Se hizo un eterno minuto de tensión, todos los rostros que me rodeaban eran como la piedra. Duros, pungidos. Como el mármol blanquecino. O, en el caso de Sebastián, como una piedra de bronce, bordeada con plata. Había un silencio que era sepulcral, fúnebre.
Nada más se escuchaban los relajantes sonidos de la naturaleza, que daban el matiz equivocado a esta escena. Podía oír el graznido de los cisnes mientras salpicaban en el agua, los pájaros emitiendo silbidos agudos, el viento revoloteando entre los árboles.
–Oh, ese Rómulo –dijo el Sr. Von Däniken despacio–. Por supuesto, ¿cómo olvidar al bastardo que se acostó con mi esposa?

30 comentarios:

Susy dijo...

El capitulo ha estado genial. Ese
final me ha dejado en shock.
Sebastian estuvo casado???
No se si pensar que quizas esto es una broma de el o es verdad.
Estoy empezando a creer que Luciana es tonta de haberlo perseguido.
Sebastian es extra~o.
Porque odian que lo toquen?? O porque cuando entra en trance le pide a la princesa que diga su nombre??? Son preguntas sin respuestas.
Sin contar que me parecio tonto por su parte que Sebastian le preguntara a luciana si tenia miedo de el. Eso era mas que obvio.
Esta historia esta muy buena. Me encanta.
Cada vez se pone mejor.

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo genial.
No puedo creer que Sebastian estuvo casado eso si que no me lo esperaba.
Tu siempre me sorprendes

Anónimo dijo...

El capitulo me encanto y mas el final.
Eso si que no me lo esperaba

Anónimo dijo...

Muy buen capitulo. No puedo creer que este casado Sebastian. De el puedo creer cualquier cosa menos que hubiera estado casado. Me pregunto que paso con su esposa.

Anónimo dijo...

este capitulo si tuvo muchas sorpresas

Anónimo dijo...

¿Como que el estuvo o esta casado?
Esta novela me esta volviendo loca. Me encanta cada capitulo.
Steph eres cruel con ese final

Anónimo dijo...

El capitulo estuvo genial.
El final me dejo con la boca abierta.
No puedo creer que el estuvo casado o lo esta.
Sebastian me resulta tan incomprensible.
Ya yo sabia que cuando ellas estuvieran en el lago el las iba a ver.
Tambien me sorprendio su pregunta a luciana. Es un poco obvio que el da miedo.
Ademas me da pena su hermana Mica, es una lastima que vaya a ser vampiro.
el capitulo estuvo genial.

Anónimo dijo...

Steph ese fue mi comentario
No pensé que te hiba a gustar.
Pues si es la verdad como tu lo dices.
Sebastian es una persona bastante despreciable pero LO AMO
Es inevitable no hacerlo.
Me encanto el final
¿Es casado?

Alba Maestre dijo...

El final me ha dejado en estado de shock pero solo te puedo decir una cosa ¿Por que lo paras ahí? ¿porque no sigues? ¿porque nos dejas con la intriga, juegas con nosotros, nos torturas sin saber que pasará?¿ Y si la gente no comenta y no lo puedo saber hasta no se NUNCA? me ha pasado antes y si pudiese hacer algo no lo consistiría pero no puedo así que me tendré que aguantar.

En mis comentarios nunca hablo de los capítulos pero bueno me tendrás que querer así(si quieres).

Anónimo dijo...

Me encanto el capitulo estuvo genial como siempre

Anónimo dijo...

Steph ha estado genial.
Sin duda el final me ha dejado en shock total

Anónimo dijo...

¿Como que Sebastian esa casado?

Anónimo dijo...

Tu siempre me sorprendes con cada capitulo.
Como es eso de que Sebastian esta casado
Siento que me volveré loca

Anónimo dijo...

sin comentarios

Anónimo dijo...

¿Sebastian es casado?
No lo creo
apuesto a que mato la esposa también
de el espero cualquier cosa

Anónimo dijo...

Ok no voy a pensar que eso ultimo es verdad.
Tu historia es fabulosa
es tan diferente que me encanta
Aunque todas tus novelas me encantan

Anónimo dijo...

Estoy segura que Sebastian no es malo -miro disimuladamente al lado- Estoy segura que me retracto. Comienzo a dudar de que esta novela Luciana termine con Sebastian.

Anónimo dijo...

Steph Creo que eres un genio

Be dijo...

Estoy segura que esta novela será un exito. Perdona que pregunte esto ya que he visto que varias veces lo han preguntado y no has contestado.
¿Porque no vendes tus novelas por Amazon?

Anónimo dijo...

Creo que esta novela es fantástica

Susy dijo...

Steph, se me había olvidado pedirte un favor.
Me gustaría que recomendaras mi novela. Te dejare el link del blog que es ahí donde tengo el link de la pagina en donde la publico. Si no es mucha molestia claro.
http://oneinamillonovela.blogspot.com/?m=1
Si el link no funciona me avisas para arreglarlo.

Susy dijo...

http://oneinamillonovela.blogspot.com/

Aqui te dejo el link por siacaso el otro no funciona.

Eunicess dijo...

Me encanto
Sin duda no me esperaba ese final.
Ya estoy loca por saber que pasara.
Tu novela me tiene obsesionada.
Es fantástica
Sebastian es hermoso A su estilo claro pero es hemoso
Todavía quiero saber de donde se conocen Sebastian y Nico

Anónimo dijo...

Estoy shockeada
No me esperaba el final de este capitulo.
Me encanto Sebastian es ÚNICO
lo amo

Anónimo dijo...

Genial ahora estoy en la oficina de mi escuela porque por ser el ultimo día están tirando bombas de agua.
Bueno el capitulo me encanto

Anónimo dijo...

Me encanto el capitulo
estuvo genial
muy divertido

Anónimo dijo...

Ya estoy loca por leer el próximo capitulo

Anónimo dijo...

Ya quiero leer el siguiente CAP.
Estoy deseosa por saber que pasara.

Anónimo dijo...

Capitulo Genial
me encanto
Estoy enamorada de Sebastian es tan atractivo.

Anónimo dijo...

Me encanto
Me encanta
Esta novela es la mejor.

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